Utilidad o Vitalidad.

25 enero, 2015 § Deja un comentario

Los hombres como nosotros, los modernos, cuya vida ha quedado desprendida de toda tensión vertical, de toda aspiración trascendente, sólo puede avanzar por sus días con el arduo esfuerzo de olvidar la ausencia que padecen, como un hueco en la médula de su constitución, para llegar al final de cada jornada olvidando que no han dado un paso hacia ninguna parte. Son simples navegantes en un infinito y homogéneo espacio no sólo vacío de Dios, sino también post-antropológico.  

Bastará un momento de calma, un leve descuido en la eficacia inquietante de su incesante actividad, una mínima brecha en su afán de utilidad, para recaer en la callada vitalidad que les forzará a ver la potencia real de su carencia. Muchos no toleran la conmoción y buscan modos inmediatos de diversión, de olvido o de descanso.

Por mi parte, esas recaídas son cada vez más frecuentes – casi constantes – y, aunque no he aprendido a medir la dimensión de esos profundos desasimientos, salgo de ellos – pese al daño – poderosamente fortalecido, confortado y más vivo.  En ocasiones me conmueve el tacto de mis manos que evocan de inmediato las frágiles manos de mi madre o, las poderosas de mi padre. Las contemplo como si me presentaran un rostro procedente del  mundo escondido de mi sangre.  Pero ha de ser la sangre de un vínculo espiritual porque veo allí también las manos de otros hombres que me dieron las suyas, regalándome su tiempo en cercana compañía.

Otras veces es el color oscurecido de las hojas de la hiedra en el invierno, el dulce tacto del sol tras el frío. Siempre, siempre el paisaje consanguíneo de mi infancia o mi juventud, o las cosas que fueron de mi abuelos o mis padres. Siempre el juego descuidado de mis hijos. Son constantes las ocasiones que me sacan del trajín cotidiano. Tantas que me hacen parecer una especie de visionario que o no quiere, o no puede, llevar al día la cuenta de sus tareas cotidianas.  Pero esto es signo de mi todavía muy limitada potencia.

No desisto de realizar mis útiles y necesarias tareas con el espíritu extasiado de un místico alucinado.  Entonces no dejaré de afanarme en las ocupaciones diarias y lo haré con una entrega que a muchos pudiera parecer digna de más elevados oficios, esa falsa impresión deriva de cierta ceguera que impide ver el Sentido que esconde fregar los suelos, podar la parra, hacer las camas o mirar el nivel del líquido anticongelante.  Cada gesto ordinario  se dotará  de una paciente tensión trascendente. Eso sería recobrar la fe. Tomaré – si así ha de ser – la figura de un hombre laborioso, adoptaré el gesto del hombre eficaz y seré capaz de afrontar lo necesario con una solvencia admirable, pero sólo será así si Dios quiere. Y, nada más útil, que ir agradeciendo lo que ya me ha sido dado.

Por todo ello empiezo a entender que determinadas formas modernas de ocupación y agitación premeditada, que indecentemente llamamos trabajo, orientadas a ensombrecer el elemento de realidad de la vida humana, son la expresión decantada del mal. En esa situación desoladora sólo podemos rogar que Dios nos ayude.

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