El mundo de la cultura o la cultura-mundo.

27 febrero, 2015 § Deja un comentario

“¿A qué me refiero con la expresión pluralismo interiorizado?

A esa situación (“alejandrina, sin se quiere), en que uno no sólo tolera a los “dioses” de los demás, sino que, de manera más o menos complaciente, los co-reconoce, incluso los co-venera; eso es al menos lo que puede, le está permitido, o incluso quiere o, por razones comerciales, incluso deben. Esto puede parecer absurdo, pero este absurdo no se me debe imputar a mí, sino precisamente a la situación cultural que se denomina “tolerancia” y que consiste precisamente en esa contradicción. Que el habitualmente tolerante ya no trate de resolver esta contradicción (no: que no vea motivo para resolverla) es harina de otro costal. Este co-reconocimiento, sin embargo, no se lleva a cabo tanto en la teocracia, sino sobre todo como un esto y lo otro, como mera simultaneidad o yuxtaposición de contenidos, de visiones o sentimientos del mundo que, a pesar de ser extraños entre sí o incluso a veces contrapuestos, sorprendentemente no parecen estorbarse.

Así, lo que ocurría era esto: el turista protestante escuchaba atentamente y conmovido en San Marcos la misa católica de Gabrieli; el católico admiraba en el Museo Nazionale de Nápoles las más obscenas vasijas de sátiros; el judío reformado obsequiaba a su hijito Barmizwa con El Origen de las Especies de Darwin; el director de ópera de sangre imperial dirigía feliz la ópera antiaristocrática de Mozart Las Bodas de Fígaro, el mecánico cuántico enmudecía conmovido con la música del santo grial de Wagner. Y hoy sigue ocurriendo lo mismo que ayer., O vuelve a ocurrir hoy: Todos participan en todo. La radio sirve no sólo a cada uno, no sólo ofrece a cada uno lo suyo sino todo a todos. Y esto a pesar de que, como hemos dicho, las diferentes ofertas (estilos, credos, contenidos, emociones) son radicalmente diferentes, o incluso se excluyen mutuamente la mayoría de veces. Y, sin embargo, quien se escandaliza por esta promiscuidad cultural es considerado culturalmente mojigato, intransigente, provinciano, cerrado, intolerante, no democrático, inculto y estrecho, incluso en sentido moral. Y quien es incapaz o se resiste a degustar y a venerar a la vez a Wagner y a Palestrina, a Giotto y a Klee, a Nietzsche o a San Francisco queda en ridículo como bárbaro o trivial; y ello a pesar de que sería absolutamente válido examinar si no habría que definir la barbarie y la trivialidad precisamente con esa “simultaneidad” fundamental. La palabra clave, casi sagrada, de la época es “y”. La famosa tesis de Ranke, según la cual todas las épocas de la historia universal, aun siendo diferentes, están igualmente cerca de Dios, resulta pertinente si se invierte, pues lo que entonces vale es que todos los diferentes dioses están, e incluso deben estar, igualmente cerca de cualquier consumidor de cultura, y que cada uno de nosotros debe dejar un sitio libre en la mesa a cada dios como posible invitado. Como se sabe, por las puertas de Hölderlin ya han entrado de la mano Jesús y Dionisos. Los dioses ya no son difíciles de contentar; al contrario, no desean un determinado público especial. Cada dios permite que cualquiera, incluso los más falsos lo adoren, al menos lo respeten, en todo caso lo consuman, pues se ofrecen, toda vez que las ofertas son los mandatos de la época.

Decía: “incluso los más falsos”, cosa que en verdad es poco precisa filosóficamente, pues no puede haber “falsos consumidores”. Y no puede haberlos porque uno se convierte en consumidor verdadero mediante el consumo. Mediante la participación en la compra y en el consumo uno se convierte en socio legítimo de la comunidad de la sociedad pluralista de bienes. Y este hecho, que todo el que se lo pueda permitir respete, crea y disfrute de todo en la misma medida, con idéntica legitimidad, con idéntico gusto y, si es necesario, incluso todo a la vez y, por tanto, participe en la “voracidad omnívora” deseada, ofertada, es decir, ordenada; este faktum se denomina “cultura”.” (Günther Anders)

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