Interés Individual – Valor Personal.

23 marzo, 2015 § Deja un comentario

En el esfuerzo por registrar la podredumbre moderna encuentro un giro o, mejor, una torsión, que ya he hallado en otros contextos. En este caso, en la obra de A. de Tocqueville, vuelve a manifestarse la misma huella de hundimiento de la persona y su estructura internamente comunitaria, y el ascenso paradójico del individuo egoiforme y sin contradicción. Inidividuo no contradictorio porque idealmente no constituye ya una unidad de pluralidad. Pero la idea de simple unidad – que pretende concebir al individuo de la sociedad de masas – es radicalmente metafísica y, por tanto, dicho individuo es un imposible que – pese a todo – ha tratado de llevarse a la existencia durante los largos siglos de la modernidad. Su presencia constituye la rara realización de un fantasma.

La torsión a que me refiero se funda en la defensa del interés público en cuanto que resulta el mejor modo de satisfacer el interés privado o individual. Se trata – siguiendo el modelo de los Estados Unidos de Norte América – de que el interés individual se prolongue en un interés recíproco. Escribe Tocqueville: “Cada uno presta a los otros un apoyo momentáneo que, a su vez, llegado el caso, podrá reclamar para sí”. Se trata de una “sabiduría desengañada” que profesa favores a la espera de ser, a su vez, favorecido. Ahora bien, esta resabiada sabiduría se funda en la consideración del individuo como unidad substancial que – con una importante hipertrofia de la conciencia – atiende a los otros como medio de realización de intereses que se juzgan propios, individuales, substantes.  Y substantes de manera expresa al punto de juzgarlos “único punto inmóvil del corazón humano”, expresión exacta de la naturaleza humana:

“Si, en medio de esta conmoción universal, no conseguís unir la idea de los derechos al interés personal, que es el único punto inmóvil del corazón humano, ¿qué otra cosa os quedará para gobernar el mundo, sino el miedo?”

Creo que ha de distinguirse entre este interés individual y el interés personal pese al uso oscuro y confuso que de esta distinción hace Tocqueville. Semejante distinción tiene evidentemente tras de sí la distinción individuo-persona.

La persona que defiende sus intereses personales, jamás puede hacer de su generosidad un medio de su egoísmo, puesto que la presencia de los otros en el seno de la comunidad es inherente a la propia estructura personal. En la defensa de los otros se defiende uno mismo y en la defensa de sí se sostiene la comunidad. La persona singular nunca es una unidad de simplicidad, una unidad individual substancial. Hay que determinar, en cada caso, quiénes son esos otros que soy yo o qué hay de mí en la matriz plural que me genera y me sostiene.  Hay que establecer y establecerse en el seno de la propia comunidad. Entonces no haremos ya un uso instrumental de nuestra generosidad y al afirmarnos apuntalaremos la propia comunidad. En la anteposición de un ego que defiende su interés individual al defender sus derechos civiles o, en general, el interés público se manifiesta un paso más en la realidad del fantasma del Individuo (moderno). 

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