E. Jünger a caballo

27 mayo, 2015 § Deja un comentario

En una película reciente de David Ayer (Corazones de Acero, 2014) veo un homenaje a la figura de Ernst Jünger. No ya en el título, que en su versión española es patentemente jüngeriano, no así en su original inglés (Fury). El homenaje es menos patente. Tampoco podría serlo más, por muchas razones.

La escena que abre la película muestra a un oficial alemán avanzando en un horizonte poniente, sobre un caballo blanco, a un ritmo pausado. Desde un tanque, el que resultará protagonista se lanza sobre el jinete y le mata, acuchillándole en un ojo.

Cualquiera que entienda el valor de la caballería en la historia de Europa y conozca la acción de Jünger en la segunda guerra, no dejará de encontrar aquí un críptico homenaje. Añádase la ambigua posición del protagonista – que habla un correcto alemán aprendido ya antes de la guerra – y su actitud a lo largo de la cinta. Basta referir a la continua apelación al soldado como trabajador.

El jinete muere por el ojo y Jünger ha sido, sin duda, uno de los pocos que han sido capaces de ver.

Jornada electoral

24 mayo, 2015 § Deja un comentario

Transcurrida en lenta meditación la jornada de ayer, damos hoy en el día en que hemos de ejercer esa reciente y curiosa manía de votar. La ceremonia que envuelve al acto lo maquilla de sagrado: voto, urna, reflexión… pintan como pueden el feo rostro de nuestra democracia. Parafernalia que quiere elevar a una dignidad que no merece el gesto en que se manifiesta una preferencia, que se quisiera arcana y última, como si no estuviera definida por factores sociales. De hecho el voto sanciona esos factores como determinantes últimos de la realidad. Voto: destilado de la constitución social del votante.

Pero esa constitución social del sujeto es doblemente falaz: porque el plantel mismo de lo que hay conduce la subjetividad del que echa el voto. El catálogo de elegibles no reproduce la morfología de esa presunta realidad social que, sin embargo, es de suyo de una extrema simplicidad. La aparente diversidad encubre la miserable polarización socioeconómica que supone la economía política moderna. Votar es cosa de individuos o el voto es individual porque nuestras sociedades de votantes (ciudadanos-consumidores) han alcanzado el extremo de completa descomposición de toda estructura antropológica metasubjetiva, de suerte que – liberados de los vínculos constituyentes que definían al viejo hombre – el voto es atributo de sujetos aislados, solitarios, individuales. Cosa – en fin – de individuos, no de personas. Si la polarización se extrema pasando el juego político de unos medios a otros, más cruentos, desaparecen las urnas y comienza la batalla.

Por otra parte, la incorporación real del estado a plataformas continentales que lo subordinan, es decir, el ocaso del estado con la puesta en cuestión de su soberanía, hace de la ceremonia del voto una especie de juego local de reducido alcance. El radio de esa elección que se dice soberana es cada vez más corto y la elección es así cada vez más vana, por ausencia de contenido, por falta creciente de valor del contenido electo. Sólo quien ha sido engañado por el artificio de la ceremonia puede alegar que no puede lamentarse el que no vota. Yo, desde luego, no me lamentaré, pero no porque me juzgue carente de ese pretendido “derecho” por no haber ejercido el impostado de votar, sino porque prefiero al lamento, en el que a veces recaigo, un verdadero acto de ataque y de defensa, es decir, una auténtica acción política.

Frente a esa costumbre impostada que acuden a realizar las masas de nuestros individuos conciudadanos, encuentro real y decisivo el gesto cotidiano por el que señalamos el perímetro de nuestra resistencia, el punto en que estamos dispuestos a no conceder la injerencia política y a arremeter contra el hocico civil que pretenda establecer su orden en el baluarte de nuestra comunidad. Esperamos que esas comunidades se enlacen, merced a una comunicación real,  constituyendo el frente de mutuo apoyo que resista al democrático gesto del Leviatán.

En fin, que no voto.

 

“¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco?. Pues este lo es de la política: digo, un caos de la razón de Estado. De este modo corren hoy los estadistas al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían que por las huellas les rastreasen sus fines. Señalan a una parte y dan en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no, dicen . Siempre al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento. Para éstos es menester un otro Hércules que, con la maña y la fuerza, averigüe sus pisadas y castigue sus enredos”

(Baltasar Gracián. El Criticón)

Post-mundo

20 mayo, 2015 § Deja un comentario

Paul B. Preciado, antes Beatriz Preciado, se me presenta como el más reciente adalid de un negativo frente modernista, cuya raíz alcanza al pretendido Renacimiento histórico que abre el curso de la modernidad. A este respecto suele citarse el Discurso de la Dignidad del Hombre, que antecede a las 900 tesis de Pico della Mirandola, como modelo de toda negación de una esencia, naturaleza o constitución humana: “No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees”. El nombre que el nuevo Paul B. Preciado daba a esta vieja voluntad desnuda era el de potentia gaudendi. Como corresponde, un término de estirpe espinosista.

En un trabajo lento, arduo y pedregoso he tratado de defender la realidad de una condición humana de carácter no substancial, sino relacional. Condición humana que resultaría constitutivamente plural, una estructura de relación poliádica, decía en ese trabajo, en que se conjugan sujetos y objetos configurando un complejo estructural cuya plasmación antropológica más específica se encontraría en las estructuras básicas de parentesco. Elemento, a su vez, de formaciones comunitarias de escala superior que contarían siempre con ese núcleo plural como unidad de “compleja simplicidad”.

Pero esa célula comunitaria que constituye el fundamento de la persona humana – a su vez, una comunidad en sí misma – puede juzgarse hoy superada y, con ella, la propia condición humana. Por lo que respecta al espacio procedente de la vieja Cristiandad esa superación es la superación misma de la familia, anunciada ya en la forma inviable de la conocida como familia nuclear o burguesa. Un individuo-familia, aislado o exento y, por tanto, condenado a una supresión que se ve realizada de facto en el momento en que se alcanza el efectivo control social de la (re)producción, merced las ingenierías biológicas y las tecnologías de la identidad.

Todo esto requeriría el desarrollo ya recorrido en ese trabajo arduo y pedregoso, al que aludía. Aquí quería únicamente señalar lo intempestivo que resulta el viejo discurso de la antropología, en los tiempos intrascendentes de nuestro post-mundo de absoluta emancipación. Habría que someter a severa crítica buena parte de las afirmaciones de esta antropología pero mi intención es señalar el tono radicalmente anti-moderno de la, sin embargo, intencionalmente moderna ciencia (presunta) de la antropología. No en vano la modernidad ha tratado de ejecutar la perfecta reducción política de la dimensión antropológica de la existencia humana, su consigna reza, en efecto, “Todo es política”.

 “En todo estudio de la sociedad humana tiene suma importancia una gran parte de la herencia del primate: dominio y jerarquía, territorialidad, cooperación en grupo, comportamiento respecto al matrimonio y el apareamiento, comportamiento de vinculación familiar, ritualización etc. Pero los “hechos de la vida” con los que el hombre se ha tenido que enfrentar en el proceso de adaptación, y que tienen un alcance inmediato para estudiar el parentesco y el matrimonio, quizá se puedan reducir a cuatro “principios” básicos:

– Principio 1: las mujeres engendran a los niños.

– Principio 2: los hombres fecundan a las mujeres

– Principio 3: por lo general, mandan los hombres.

– Principio 4: los parientes primarios no se casan entre sí.

En el fondo de toda organización social existen la gestación, la fecundación, el dominio y la evitación del incesto. Los dos primeros pasan inadvertidos, pero son inevitables; y, como veremos, conllevan complicaciones. El tercero se presta a discusión, pero creo que las objeciones que se anticipen pecarán en cierto modo de irreales; en general es cierto, y por muy buenas razones. Ni tan siquiera hace falta recapitular la historia de la evolución del hombre para saber por que: durante la mayor parte de la historia humana las mujeres han desempeñado su función altamente especializada de tener y criar a los niños; fueron los hombres los encargados de cazar animales, luchar contra los enemigos y tomar decisiones. Estoy convencido de que todo esto está muy arraigado en la naturaleza del primate y, aunque las condiciones sociales en el reciente pasado de algunas sociedades avanzadas han brindado a las mujeres la oportunidad de intervenir más en los asuntos, pienso que la mayoría de las mujeres estarán de acuerdo con mi opinión. Esto no quiere decir que, desde el hogar, la mujer no haya ejercido una enorme influencia; por eso precisamente he dicho “por lo general”; sin embargo, los meros hechos fisiológicos de la existencia reducen su papel a un lugar secundario, frente al del varón, a la hora de tomar decisiones de un nivel superior al meramente doméstico.  Las mujeres que no están de acuerdo con esto y tratan de evitar sus consecuencias no tienen más remedio que abandonar el papel femenino, ya sea total o parcialmente. Si una mayoría de mujeres no hubiese cumplido plenamente su función especializada, las consecuencias hubiesen sido desastrosas…”

(Robin Fox. Sistemas de parentesco y familia)

En el tiempo del útero artificial, de la teoría post-queer, de la nueva suerte de ultraísmo de género, en el tiempo de la superación del patriarcalismo y la realización de una completa transgenericidad. En el tiempo de la verdadera emancipación que es el tiempo de Th. Beatie, de Erika Lust o de Paul. B. Preciado, en el más inmediato futuro, casi presente, el viejo discurso de la antropología tendrá que ser abolido, como será abolida cualquier forma de condición humana. Con ella, se hunde, sin embargo, el fundamento de toda felicidad. Pero también esta afirmación requeriría del largo desarrollo ya aludido.

La Católica España. La Clave

19 mayo, 2015 § Deja un comentario

El Viernes Santo de 1985 se hablaba de esto en la televisión española. Gustavo Bueno participaba – entre otros – en el debate que moderaba J. Luis Balbín, acababa de alcanzar su cátedra. Preguntas inexcusables, que hoy se dan por excusadas.

Demolición

14 mayo, 2015 § 2 comentarios

Blando y sucio y asfixiante. Blando – de un relativismo que se esconde tras el disfraz de la tolerancia comercial -, sucio – de una polución que ha oscurecido el paisaje, pero también ha pervertido los vínculos personales – , asfixiante – de una estrechez que no deja espacio para que aliente la verdad. Vivimos en el lodo: blando, sucio y asfixiante. Léon Bloy ofrecía una tarjeta en la que se presentaba como entrepeneur de démolitions. Hoy no encontraría trabajo que hacer porque todo está demolido, vivimos anegados por el detrito del mundo.

Pudiera parecer paradójico que la forma realmente positiva de arrostrar el actual marasmo de podredumbre, consista en decir que no. Si fuera bastante la potencia de la negación habría entonces lugar para el ataque, es el gesto que define toda resistencia. Es cuestión de supervivencia:

“No utilicéis un nombre y después un adjetivo que contradiga al nombre. El adjetivo califica, no contradice. No digáis “dadme un patriotismo libre de fronteras”, porque es como si dijérais “dadme un pastel de cerdo sin cerdo”. No digáis “ansío una religión más amplia, en la que no existan dogmas especiales”, porque sería como decir “quiero un cuadrúpedo mayor que no tenga patas”. Cuadrúpedo significa algo con cuatro patas y religión significa aquello que compromete al hombre con una doctrina universal. No dejéis que el dócil sustantivo sea asesinado por el adjetivo exuberante y jubiloso…

No digáis “no hay credo verdadero, puesto que todos creemos que la razón está de nuestra parte y que los demás están equivocados”. Lo probable es que uno de los credos sea el correcto y que los otros estén en el error. La diversidad muestra que la mayoría de las opiniones deben ser erróneas, pero no demuestra, no con un mínimo de lógica siquiera, que todas tengas que ser correctas. Yo creo (porque lo afirman fuentes autorizadas) que el mundo es redondo. Que pueda haber tribus que crean que es triangular u oblongo no altera el hecho de que indudablemente el mundo tiene una forma y por lo tanto no tiene otra. Así pues, con el lamento de la imprecación repito que no digáis que la variedad de credos os impide aceptar alguno. No sería un comentario inteligente”

(G. K. Chesterton. 7.05.1910. Daily News. Citado en Pearce, J. G. K. Chesterton. Sabiduría e Inocencia. Encuentro. Madrid. 2009, pág. 201)

Hemos llegado al punto de completa imposibilidad de comunicación. Hay que tratar de sostener la necesidad lógica del viejo orden gramatical, porque arrastra el orden de la moralidad antropológica.  Algunos saben que repugna al lodo la idea misma de orden. Ya no hay que resistir desde el punto mismo en que se conservara alguna mínima estructura, porque simplemente ya no las ahí. Pero se encuentra en el lodo – en el lodo mismo – y todavía se encontrará por un tiempo, una voluntad de comunicación. Blando, sucio y asfixiante el lodo envuelve ese último esfuerzo de rigor, esa reducida potencia de constitución.  Mantenerse erguido y hablar con el rigor que la lógica exige, así como practicar las viejas formas de la cortesía o repetir costumbres heredadas es hoy un gesto impostado. Un gesto consumido por el entorno blando, sucio y asfixiante. Pero es preciso repetir la impostura hasta convertirla en hábito, incorporarla como postura sobre la que sea nuevamente posible elevar el espacio mínimo, pero necesario, que pide el orden antropológico. Erigir la roca sobre el fango, con la materia misma del fango, que permita elevar –  por encima del lodo sobrehumano – la figura salvada del hombre.

Última nota (y 2)

7 mayo, 2015 § 2 comentarios

En la última novela de Houellbecq encuentro una posición muy próxima a la que ilustraba la cita de mi última entrada. El catolicismo vaciado, propio de ese imperialismo de lobos al que aludía, no tendrá fuerza para contener el avance de un frente metafísico bien afianzado. Es cierto,  sin embargo, que no es posible en la Europa agonizante de nuestros días despertar a una nueva metafísica teológica, porque no existe el dinamismo religioso que requeriría, porque nos mantenemos en la fría y falsa resolución de un cristianismo meramente político. Ha escrito Houellbecq, evocando a Péguy:

” “Dichosos los que han muerto en grandes batallas, 

tendidos en el suelo ante la faz de Dios.

Dichosos los que han muerto en un último baluarte

rodeados del boato de los grandes funerales.”

Meneó la cabeza con resignación, casi con tristeza.

– Como ve, ya en la segunda estrofa, para dar mayor amplitud a su poema, tiene que evocar a Dios. La idea de la patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de un orden superior; y ese vínculo lo expresa claramente en los versos siguientes:

“Dichosos los que han muerto por las ciudades carnales,

pues éstas son el cuerpo de la ciudad de Dios.

Dichosos los que han muerto por su hogar

y por los pobres honores de las casas paternas.

Pues éstas son la imagen y el comienzo

y el cuerpo y la prueba de la casa de Dios.

Dichosos los que han muerto en ese abrazo,

en esa acolada de honor y terrenal confesión.”

La Revolución Francesa, la República, la patria… sí, eso pudo dar lugar a algo; algo que ha durado un poco más de un siglo. La Cristiandad medieval, en cambio, duró más de un milenio. Sé que es especialista en Huysmans, me lo dijo Marie-Françoise. Pero, en mi opinión, nadie ha sentido el alma de la Edad Media cristiana con tanta fuerza como Péguy, por republicano, laico y dreyfusista que fuera. Y lo que también sintió fue que la verdadera divinidad de la Edad Media, el corazón vivo de su devoción, no es el Padre, ni siquiera Jesucristo; es la Virgen María. Y eso también lo sentirá en Rocamadour…”

(M. Houellebecq. Sumisión. Anagrama. 2015. pág. 151.)

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