Última nota (y 2)

7 mayo, 2015 § 2 comentarios

En la última novela de Houellbecq encuentro una posición muy próxima a la que ilustraba la cita de mi última entrada. El catolicismo vaciado, propio de ese imperialismo de lobos al que aludía, no tendrá fuerza para contener el avance de un frente metafísico bien afianzado. Es cierto,  sin embargo, que no es posible en la Europa agonizante de nuestros días despertar a una nueva metafísica teológica, porque no existe el dinamismo religioso que requeriría, porque nos mantenemos en la fría y falsa resolución de un cristianismo meramente político. Ha escrito Houellbecq, evocando a Péguy:

” “Dichosos los que han muerto en grandes batallas, 

tendidos en el suelo ante la faz de Dios.

Dichosos los que han muerto en un último baluarte

rodeados del boato de los grandes funerales.”

Meneó la cabeza con resignación, casi con tristeza.

– Como ve, ya en la segunda estrofa, para dar mayor amplitud a su poema, tiene que evocar a Dios. La idea de la patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de un orden superior; y ese vínculo lo expresa claramente en los versos siguientes:

“Dichosos los que han muerto por las ciudades carnales,

pues éstas son el cuerpo de la ciudad de Dios.

Dichosos los que han muerto por su hogar

y por los pobres honores de las casas paternas.

Pues éstas son la imagen y el comienzo

y el cuerpo y la prueba de la casa de Dios.

Dichosos los que han muerto en ese abrazo,

en esa acolada de honor y terrenal confesión.”

La Revolución Francesa, la República, la patria… sí, eso pudo dar lugar a algo; algo que ha durado un poco más de un siglo. La Cristiandad medieval, en cambio, duró más de un milenio. Sé que es especialista en Huysmans, me lo dijo Marie-Françoise. Pero, en mi opinión, nadie ha sentido el alma de la Edad Media cristiana con tanta fuerza como Péguy, por republicano, laico y dreyfusista que fuera. Y lo que también sintió fue que la verdadera divinidad de la Edad Media, el corazón vivo de su devoción, no es el Padre, ni siquiera Jesucristo; es la Virgen María. Y eso también lo sentirá en Rocamadour…”

(M. Houellebecq. Sumisión. Anagrama. 2015. pág. 151.)
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§ 2 respuestas a Última nota (y 2)

  • De cuando en cuando me da por pensar que lo único que puede salvarnos de nosotros mismos es devoción a la madre Tierra en sus diferentes manifestaciones. A muchos de los que hemos crecido en los alrededores de una aldea llamada El Rocío nos consta que su presencia se manifiesta a través de lo más animal que hay en nosotros.
    Recomiendo, ya que estamos, un documental de Fernando Ruiz Vergara titulado Rocío, la versión sin censurar, por supuesto.

  • Escoliastae dice:

    No hubiera dicho que la presencia manifiesta en El Rocío fuera la de la madre Tierra. El amor a la naturaleza a menudo trasciende a la naturaleza, lo entendamos como lo entendamos.

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