Post-mundo

20 mayo, 2015 § Deja un comentario

Paul B. Preciado, antes Beatriz Preciado, se me presenta como el más reciente adalid de un negativo frente modernista, cuya raíz alcanza al pretendido Renacimiento histórico que abre el curso de la modernidad. A este respecto suele citarse el Discurso de la Dignidad del Hombre, que antecede a las 900 tesis de Pico della Mirandola, como modelo de toda negación de una esencia, naturaleza o constitución humana: “No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees”. El nombre que el nuevo Paul B. Preciado daba a esta vieja voluntad desnuda era el de potentia gaudendi. Como corresponde, un término de estirpe espinosista.

En un trabajo lento, arduo y pedregoso he tratado de defender la realidad de una condición humana de carácter no substancial, sino relacional. Condición humana que resultaría constitutivamente plural, una estructura de relación poliádica, decía en ese trabajo, en que se conjugan sujetos y objetos configurando un complejo estructural cuya plasmación antropológica más específica se encontraría en las estructuras básicas de parentesco. Elemento, a su vez, de formaciones comunitarias de escala superior que contarían siempre con ese núcleo plural como unidad de “compleja simplicidad”.

Pero esa célula comunitaria que constituye el fundamento de la persona humana – a su vez, una comunidad en sí misma – puede juzgarse hoy superada y, con ella, la propia condición humana. Por lo que respecta al espacio procedente de la vieja Cristiandad esa superación es la superación misma de la familia, anunciada ya en la forma inviable de la conocida como familia nuclear o burguesa. Un individuo-familia, aislado o exento y, por tanto, condenado a una supresión que se ve realizada de facto en el momento en que se alcanza el efectivo control social de la (re)producción, merced las ingenierías biológicas y las tecnologías de la identidad.

Todo esto requeriría el desarrollo ya recorrido en ese trabajo arduo y pedregoso, al que aludía. Aquí quería únicamente señalar lo intempestivo que resulta el viejo discurso de la antropología, en los tiempos intrascendentes de nuestro post-mundo de absoluta emancipación. Habría que someter a severa crítica buena parte de las afirmaciones de esta antropología pero mi intención es señalar el tono radicalmente anti-moderno de la, sin embargo, intencionalmente moderna ciencia (presunta) de la antropología. No en vano la modernidad ha tratado de ejecutar la perfecta reducción política de la dimensión antropológica de la existencia humana, su consigna reza, en efecto, “Todo es política”.

 “En todo estudio de la sociedad humana tiene suma importancia una gran parte de la herencia del primate: dominio y jerarquía, territorialidad, cooperación en grupo, comportamiento respecto al matrimonio y el apareamiento, comportamiento de vinculación familiar, ritualización etc. Pero los “hechos de la vida” con los que el hombre se ha tenido que enfrentar en el proceso de adaptación, y que tienen un alcance inmediato para estudiar el parentesco y el matrimonio, quizá se puedan reducir a cuatro “principios” básicos:

– Principio 1: las mujeres engendran a los niños.

– Principio 2: los hombres fecundan a las mujeres

– Principio 3: por lo general, mandan los hombres.

– Principio 4: los parientes primarios no se casan entre sí.

En el fondo de toda organización social existen la gestación, la fecundación, el dominio y la evitación del incesto. Los dos primeros pasan inadvertidos, pero son inevitables; y, como veremos, conllevan complicaciones. El tercero se presta a discusión, pero creo que las objeciones que se anticipen pecarán en cierto modo de irreales; en general es cierto, y por muy buenas razones. Ni tan siquiera hace falta recapitular la historia de la evolución del hombre para saber por que: durante la mayor parte de la historia humana las mujeres han desempeñado su función altamente especializada de tener y criar a los niños; fueron los hombres los encargados de cazar animales, luchar contra los enemigos y tomar decisiones. Estoy convencido de que todo esto está muy arraigado en la naturaleza del primate y, aunque las condiciones sociales en el reciente pasado de algunas sociedades avanzadas han brindado a las mujeres la oportunidad de intervenir más en los asuntos, pienso que la mayoría de las mujeres estarán de acuerdo con mi opinión. Esto no quiere decir que, desde el hogar, la mujer no haya ejercido una enorme influencia; por eso precisamente he dicho “por lo general”; sin embargo, los meros hechos fisiológicos de la existencia reducen su papel a un lugar secundario, frente al del varón, a la hora de tomar decisiones de un nivel superior al meramente doméstico.  Las mujeres que no están de acuerdo con esto y tratan de evitar sus consecuencias no tienen más remedio que abandonar el papel femenino, ya sea total o parcialmente. Si una mayoría de mujeres no hubiese cumplido plenamente su función especializada, las consecuencias hubiesen sido desastrosas…”

(Robin Fox. Sistemas de parentesco y familia)

En el tiempo del útero artificial, de la teoría post-queer, de la nueva suerte de ultraísmo de género, en el tiempo de la superación del patriarcalismo y la realización de una completa transgenericidad. En el tiempo de la verdadera emancipación que es el tiempo de Th. Beatie, de Erika Lust o de Paul. B. Preciado, en el más inmediato futuro, casi presente, el viejo discurso de la antropología tendrá que ser abolido, como será abolida cualquier forma de condición humana. Con ella, se hunde, sin embargo, el fundamento de toda felicidad. Pero también esta afirmación requeriría del largo desarrollo ya aludido.

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