Jornada electoral

24 mayo, 2015 § Deja un comentario

Transcurrida en lenta meditación la jornada de ayer, damos hoy en el día en que hemos de ejercer esa reciente y curiosa manía de votar. La ceremonia que envuelve al acto lo maquilla de sagrado: voto, urna, reflexión… pintan como pueden el feo rostro de nuestra democracia. Parafernalia que quiere elevar a una dignidad que no merece el gesto en que se manifiesta una preferencia, que se quisiera arcana y última, como si no estuviera definida por factores sociales. De hecho el voto sanciona esos factores como determinantes últimos de la realidad. Voto: destilado de la constitución social del votante.

Pero esa constitución social del sujeto es doblemente falaz: porque el plantel mismo de lo que hay conduce la subjetividad del que echa el voto. El catálogo de elegibles no reproduce la morfología de esa presunta realidad social que, sin embargo, es de suyo de una extrema simplicidad. La aparente diversidad encubre la miserable polarización socioeconómica que supone la economía política moderna. Votar es cosa de individuos o el voto es individual porque nuestras sociedades de votantes (ciudadanos-consumidores) han alcanzado el extremo de completa descomposición de toda estructura antropológica metasubjetiva, de suerte que – liberados de los vínculos constituyentes que definían al viejo hombre – el voto es atributo de sujetos aislados, solitarios, individuales. Cosa – en fin – de individuos, no de personas. Si la polarización se extrema pasando el juego político de unos medios a otros, más cruentos, desaparecen las urnas y comienza la batalla.

Por otra parte, la incorporación real del estado a plataformas continentales que lo subordinan, es decir, el ocaso del estado con la puesta en cuestión de su soberanía, hace de la ceremonia del voto una especie de juego local de reducido alcance. El radio de esa elección que se dice soberana es cada vez más corto y la elección es así cada vez más vana, por ausencia de contenido, por falta creciente de valor del contenido electo. Sólo quien ha sido engañado por el artificio de la ceremonia puede alegar que no puede lamentarse el que no vota. Yo, desde luego, no me lamentaré, pero no porque me juzgue carente de ese pretendido “derecho” por no haber ejercido el impostado de votar, sino porque prefiero al lamento, en el que a veces recaigo, un verdadero acto de ataque y de defensa, es decir, una auténtica acción política.

Frente a esa costumbre impostada que acuden a realizar las masas de nuestros individuos conciudadanos, encuentro real y decisivo el gesto cotidiano por el que señalamos el perímetro de nuestra resistencia, el punto en que estamos dispuestos a no conceder la injerencia política y a arremeter contra el hocico civil que pretenda establecer su orden en el baluarte de nuestra comunidad. Esperamos que esas comunidades se enlacen, merced a una comunicación real,  constituyendo el frente de mutuo apoyo que resista al democrático gesto del Leviatán.

En fin, que no voto.

 

“¿No habéis oído nunca nombrar el famoso Caco?. Pues este lo es de la política: digo, un caos de la razón de Estado. De este modo corren hoy los estadistas al revés de los demás. Así proceden en sus cosas. Para desmentir toda atención ajena, para deslumbrar discursos, no querrían que por las huellas les rastreasen sus fines. Señalan a una parte y dan en otra. Publican uno y ejecutan otro. Para decir no, dicen . Siempre al contrario, cifrando en las encontradas señales su vencimiento. Para éstos es menester un otro Hércules que, con la maña y la fuerza, averigüe sus pisadas y castigue sus enredos”

(Baltasar Gracián. El Criticón)

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