Apología feliz.

27 junio, 2015 § Deja un comentario

Poco después del fallecimiento de G. K. Chesterton, el 14 de junio de 1936, apareció el último libro con cuya corrección pudo cumplir, su última obra acabada. Pero esta idea de su obra acabada no puede dejar de ser paradójica, puesto que es la obra periodística, el conjunto de artículos, de un autor atado al último extremo de la realidad – la inmediata actualidad – para cuya comprensión, como siempre supo, es necesario desandar hasta el último cabo el curso del pensamiento y, por lo mismo, de la historia universal.

Uno de esos artículos de completa actualidad entonces y, por tanto, también ahora refiere al, a su parecer, necesario restablecimiento de la filosofía. No conozco más feliz apología, más irreverente con el tonto cotidiano o con el político experto en la cosa educativa. La certidumbre de sus palabras, la alegría inexpugnable de su estilo, la precisión de sus ideas y tantos detalles luminosos muestran al magister laetus  en sus últimos días, dotado de una vitalidad espiritual que pudiera parecer impropia de un moribundo, a menos que el que ha de morir se afirme en una fe capaz de fundar una asombrosa esperanza. Son las palabras de un hombre vivo, acaso de un hombre eterno, y en todo caso las de un hombre hoy poco corriente. De esas palabras anoto aquí tan sólo el punto de partida.

“La mejor razón para un resurgir de la filosofía es que, a menos que uno hombre tenga una filosofía, le ocurrirán cosas horribles. Será práctico; será progresista; cultivará la eficiencia; confiará en la evolución; realizará el trabajo que tenga más a mano; se dedicará a los hechos, no a las palabras. Así, derribado por un golpe tras otro de ciega estupidez y fortuito destino, andará dando tumbos hasta una muerte miserable, sin otro consuelo que una serie de reclamos, tales como los que catalogué antes. Todo eso no es más que un simple sustituto de los pensamientos. En algunos casos son los apéndices y los últimos extremos de los pensamientos de otro. (…). Los hombres siempre tienen una de estas dos cosas: o una filosofía completa y consciente o la aceptación inconsciente de los pedacitos rotos de alguna filosofía incompleta, destrozada y a menudo desacreditada. Esos pedacitos son las frases que ya cité: eficiencia, evolución y todo lo demás. La idea de ser “práctico”, así aislada, es todo lo que queda de un pragmatismo que no puede sostenerse en pie del todo. (…). “Hechos, no palabras” es en sí mismo un ejemplo excelente de “Palabras, no pensamientos”. Es un hecho arrojar una piedra en un lago y es una palabra la que envía un recluso a la horca. Pero la verdad es que existen palabras absolutamente fútiles; y esta especie de filosofía periodística mezclada con ciencia popular está formada casi enteramente por ellas.

Algunos temen que la filosofía los aburra o los aturda, porque creen que no sólo es una retahíla de palabras largas, sino una maraña de ideas complicadas. A esas personas se les escapa el aspecto más importante de la moderna situación. Esos son exactamente los males que todavía perduran, principalmente por falta de una filosofía. Los políticos y los periódicos siempre están usando palabras largas. No es un completo consuelo que las usen mal. Las relaciones políticas y sociales se han complicado más allá de toda esperanza. Son mucho más complicadas que cualquier página de metafísica medieval: la única diferencia está en que los hombres de la Edad Media podían desenredar la maraña y seguir las complicaciones y los modernos no pueden. En nuestros días las cosas más prácticas, como las finanzas y la política, son terriblemente complicadas. Nos contentamos con tolerarlas porque nos contentamos con comprenderlas mal, no con entenderlas. El mundo de los negocios necesita de la metafísica… para que lo simplifique.”

(Chesterton, G. K. El hombre corriente. Espuela de Plata. Sevilla. 2013 pág. 205)

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Final.

25 junio, 2015 § Deja un comentario

Reviso mis notas años atrás, por estas mismas fechas. Se repite siempre el tono amargo, el gesto triste y derrotado. El final del curso me revela una y otra vez el más feo rostro de nuestra fea realidad. Un verdadero descubrimiento recurrente, un apocalipsis que manifiesta tras el velo el rostro de nuestro tiempo. Hoy resulta propia de lunáticos y farsantes, de impostores sin decencia, la pretensión de educar, formar o enseñar. Alcanza una cota de escándalo la pretensión de enseñar ciertas materias: filosofía, literatura, historia… Algo menos desesperada parece ser la pretensión de enseñar matemáticas, tecnologías, idiomas modernos… siempre amparada en la utilidad comercial, aunque el objeto de comercio sea aquí la propia vida. Pero bastará mantener un mínimo de lucidez para conocer el aliento vacío también de esta enseñanza.

Desautorizado siempre, vestigio o rémora de otro tiempo llego al final del curso para encontrarme con la obligación de asignar una nota, una calificación: un valor numérico al rendimiento de cada alumno, cliente o usuario de los servicios educativos. Me repugna el acto de calificar y la ceremonia de la evaluación, me repugna tener que hacer valer lo que nada vale, ante quien vale nada.  El tiempo parsimonioso del estudio y la conversación, de la verdadera lectura, del reposado volver sobre lo visto, oído y leído. El ambiente elemental que ha de envolver al estudio ha sido laminado absolutamente. ¿Qué queda hoy?. Una calificación falsaria o impugnada, un encuentro de comerciantes, una huida, una salida arriesgada. Jugar la impostura y el engaño consabido, un vacío ejercicio de desprecio mutuo entre el que asigna la nota y el que la recibe.

Pero así están las cosas y estamos forzados a evaluar y a ser evaluados. Sin verdadera estima, sin reconocimiento, sin afecto. Juicio de indiferencia exacta, injusta neutralidad y frío veredicto. Estamos todos suspendidos en la nada. El docente es un animal quebrado o enloquecido. Su naturaleza especular le permite reflejar la podre en que nos movemos, toda ella pasa por mi alma. Es la última causa de esta dolorosa náusea. 

Transhumanismo y comercio.

10 junio, 2015 § 2 comentarios

Por razones que no vienen al caso he incurrido en el error de pasear por la Feria del Libro de Madrid. Sé bien que el mercadeo literario, cada vez más degradado, debe ser evitado, pero no lo he hecho. Creo que el resultado me servirá de escarmiento. Además recaí en el mal paso para el que justamente está diseñado ese espacio comercial: compré un libro dejándome llevar por la apariencia. Me lo rubricó uno de sus autores, en realidad coordinadores, con mucho afecto y sus mejores deseos. Como del volumen no puedo decir nada bueno, prefiero omitir la referencia que será, sin embargo, fácilmente reconocible. En efecto, basta señalar que estos Sres. coordinan la participación de doscientos trece autores a lo largo de casi quinientas páginas. Esas participaciones resultan de los comentarios suscitados por dos breves artículos ofrecidos en la prensa digital y muchos de ellos apenas sobrepasan las dimensiones de los gorjeos del Twitter. Podría tratarse de valiosa literatura aforística, pero simplemente diré que no es el caso.

El enjambre resultante acaba siendo dizque ordenado por los propios coordinadores según “palabras clave y preguntas de interés”, y ampliado con una bibliografía que, me temo, podría multiplicarse infinitamente. Nadie dirá que los participantes son unos indocumentados porque vienen no sólo nombrados, sino titulados de prestigiosas instituciones y sonoros cargos. Añadiré que por lo fragmentario o, digamos, roto de la obra también parece muy ajustado el nombre de la editorial que produce el tomo. Se añaden unos fotografías cuyo interés al objeto de esta obra sin objeto sólo puede resultar misterioso. Diré que son bonitas fotografías.

El mayor interés de la obra – a mi juicio – deriva de su carácter de sucedáneo de la ausente filosofía académica. Científicos de problemáticas ciencias, soberanamente ayunos de cualquier gnoseología, emiten juicios y opiniones en el democrático espacio electrónico, avalados por sus saberes y profesiones que, al parecer, constituyen garantía suficiente del valor de la emisión. Una ingenuidad tras otra, formulada a veces con grave solemnidad, a veces con amanerada torsión postgramatical, acaban sumando la no-figura de la noosfera aditiva cuyas ramificaciones – siempre interesantísimas, se dirá – son el material para la nueva gestión del conocimiento. Ingenieros de la información de las nuevas empresas planetarias de la información y la “comunicación” son las fuentes reverendas del pensamiento aditivo, son individuos muy inteligentes, pero sin el oficio que confiere la desaparecida academia que, en modo alguno, debe confundirse con una universidad perfectamente asimilada a la noosfera global. No en vano los participantes en el tomo proceden en buena medida de ese “espacio universitario”. Recuerdo, a este respecto, los esfuerzos que en torno a la idea de persona ofrecía, hace ya unos años, uno de esos nombres grandes del pensamiento post-académico: Jaron Lanier. “Hace unos años” es una expresión que – en este nuevo no-lugar – produce carcajadas. En ese no lugar también el tiempo poseería otra naturaleza y la durabilidad del texto se mide en minutos.

En fin, el enjambre de ruidosos insectos con el que me he hecho resulta de gran interés como signo fugaz del tiempo de la constante transición que llamamos hoy. Si lo he referido aquí es porque me lo sugirió la nueva obligación de ofertar asignaturas que – admitidas primero por los miembros de la Coordinación del Centro en que trabajo, profesores de muy diversas materias (Historia, Filología, Tecnología, Matemáticas, Inglés…) – serán luego elegidas o no por el alumnado. Mis clases o lo que hayan de ser deben partir de tan comercial prolegómeno. A esa oferta me obliga la nueva condición de mi materia en la reciente ley de educación. Hablando con compañeras formadas en el campo de la Física y de una u otra Ingeniería creo haber visto que su concepción de la filosofía, y de su lugar en la educación, la aproxima a esa nueva forma de “enjambre pseudocognoscitivo” que, por tanto, me convierte en gestor del conocimiento que proporciona el nuevo cerebro mundial en red.  Ese ensordecedor zumbido, que no entiendo como pueden analogar al canto de las aves, producido por el aluvión masivo de innumerables opiniones democráticas. Desisto de poner orden y sólo puedo dar testimonio del final del mundo, a eso queda reducido el tiempo que me queda.

Yo, que siempre he odiado a las simpáticas avispas.

Todsünden: K. Lorenz más allá de K. Lorenz.

3 junio, 2015 § Deja un comentario

El etologismo de Lorenz no merece el juicio sumario según el cual consistiría en una estricta reducción del campo antropológico a categorías biológicas. Es suya esta definición: “la etología puede definirse como aquella rama del saber que surgió cuando en los planteamientos y métodos que eran obvios y obligatorios desde Charles Darwin en todas las otras disciplinas biológicas se aplicaron también al estudio del comportamiento animal y humano”. Pero en la obra de Lorenz esa “aplicación”, que se lleva magistralmente a cabo hasta el límite, no deja de encontrar, sin embargo, ese mismo límite. Una y otra vez su escritura desborda la estricta “aplicación” y se desliza por el difícil camino de la contemplación analógica hasta desbordar la perspectiva biológica a la que, sin embargo, pretende mantenerse siempre fiel. El pensamiento de Lorenz, uno de los escritores más importantes del siglo XX, traiciona maravillosamente esa fidelidad, manifestando así la ruindad de la pretendida aplicación reductiva. Por lo mismo Lorenz acaba resultando no ya un etólogo de primera importancia, sino uno de los más importantes filósofos del siglo. Un hombre de una sutileza para cuyo despliegue no bastarán nunca los, desde Darwin, tan obvios y obligatorios planteamientos y métodos de las disciplinas biológicas.  Lo que era capaz de construir en su juventud sobre el papel procedente de sacos de cemento, en las duras condiciones de un campo de prisioneros, anunciaba la delicada escritura del anciano que observa los pecados mortales (Todsünden) de nuestra ultramodernidad.

“… . Por eso apenas puede asombrarnos que el avance de la civilización lleve aparejado un afeamiento tan lamentable de las ciudades y del campo. Basta comparar con los ojos bien abiertos el casco antiguo de cualquier ciudad alemana con alguna de sus modernas periferias o esa ignominia cultural que va devorando rápidamente el campo circundante con las localidades que aún no han sido atacadas por ella. Y después puede compararse el cuadro histológico de cualquier tejido en estado normal con el de un tumor maligno. ¡Se encontrarán insólitas analogías! Visto objetivamente, y traducido desde un ámbito estético a uno cuantificable, esa diferencia consiste, en lo esencial, en una pérdida de información.

La célula del tumor maligno se diferencia de la célula normal del cuerpo, sobre todo, en que aquélla ha perdido la información genética que necesita para desempeñar su papel como eslabón útil en esa comunidad de intereses que es el cuerpo. Por eso se comporta como un animal unicelular o, dicho de un modo más preciso aún, como una joven célula embrionaria. Prescinde de las estructuras especiales y se divide de un modo descontrolado y desconsiderado, de modo tal que el tejido tumoral crece y se infiltra en el interior del tejido aún sano, destruyéndolo. Las llamativas analogías entre el cuadro de la periferia urbana y el del tumor radican en que mientras que en el espacio aún sano se ha materializado un variado número de planes de construcción distintos pero bien diferenciados y complementarios, los cuales deben su sabia proporción a una información que se ha ido acumulando en un largo proceso de desarrollo evolutivo, en el cuadro del tumor o en el de la región asolada por la tecnología moderna son sólo muy pocas las construcciones, simplificadas al extremo, las que dominan. El cuadro histológico de las células tumorales completamente uniformes y pobres de estructura tiene una desesperanzadora similitud con la foto aérea de una periferia urbana moderna, con sus monótonas casas estandarizadas, diseñadas por arquitectos de una cultura empobrecida, sin mucho cálculo previo y en medio del frenesí de la competencia. (…). No es sólo la consideración de tipo comercial de que las piezas de construcción prefabricadas de forma masiva son más baratas, sino también la moda que lo nivela todo, las que contribuyen a que en todas las periferias de las ciudades de todos los países civilizados surjan alojamientos masivos por centenares de miles, los cuales sólo se diferencian unos de otros por su numeración y no merecen siquiera el nombre de “vivienda”, ya que, en el mejor de los casos, no pasan de ser una suerte de jaulas para “humanos útiles”, un término que usamos en analogía al de “animales útiles”. (…)

… al habitante de la jaula de “humanos útiles” sólo le queda un camino para preservar su autoestima: apartar de su conciencia la existencia de otros tantos congéneres que sufren lo mismo que él y encapsularse de manera bien firme frente a sus semejantes. En muchísimas de las viviendas masivas se han intercalado entre los balcones de los pisos individuales unas paredes divisorias que hacen que el vecino sea invisible. No se puede ni se quiere entrar en contacto con él “por encima de ese vallado”, pues se teme demasiado ver en él la propia imagen de desesperación. También por este camino, la masificación conduce al aislamiento y la apatía por el prójimo.

La sensibilidad estética y ética están por lo visto muy estrechamente relacionadas, y los hombres que tienen que vivir en las condiciones antes mencionadas sufren a todas luces una atrofia de ambas sensibilidades. La belleza de la naturaleza y la belleza del entorno cultural creado por el hombre son obviamente necesarias para que el hombre mantenga su salud espiritual e intelectual. La total ceguera espiritual para todo lo bello, esa que hoy hace estragos de manera tan vertiginosa, es una enfermedad intelectual que, tan sólo por dicho motivo, debe ser tomada en serio, ya que lleva aparejada una insensibilidad ante lo éticamente repudiable.”

(Konrad Lorenz. 1973)

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