Todsünden: K. Lorenz más allá de K. Lorenz.

3 junio, 2015 § Deja un comentario

El etologismo de Lorenz no merece el juicio sumario según el cual consistiría en una estricta reducción del campo antropológico a categorías biológicas. Es suya esta definición: “la etología puede definirse como aquella rama del saber que surgió cuando en los planteamientos y métodos que eran obvios y obligatorios desde Charles Darwin en todas las otras disciplinas biológicas se aplicaron también al estudio del comportamiento animal y humano”. Pero en la obra de Lorenz esa “aplicación”, que se lleva magistralmente a cabo hasta el límite, no deja de encontrar, sin embargo, ese mismo límite. Una y otra vez su escritura desborda la estricta “aplicación” y se desliza por el difícil camino de la contemplación analógica hasta desbordar la perspectiva biológica a la que, sin embargo, pretende mantenerse siempre fiel. El pensamiento de Lorenz, uno de los escritores más importantes del siglo XX, traiciona maravillosamente esa fidelidad, manifestando así la ruindad de la pretendida aplicación reductiva. Por lo mismo Lorenz acaba resultando no ya un etólogo de primera importancia, sino uno de los más importantes filósofos del siglo. Un hombre de una sutileza para cuyo despliegue no bastarán nunca los, desde Darwin, tan obvios y obligatorios planteamientos y métodos de las disciplinas biológicas.  Lo que era capaz de construir en su juventud sobre el papel procedente de sacos de cemento, en las duras condiciones de un campo de prisioneros, anunciaba la delicada escritura del anciano que observa los pecados mortales (Todsünden) de nuestra ultramodernidad.

“… . Por eso apenas puede asombrarnos que el avance de la civilización lleve aparejado un afeamiento tan lamentable de las ciudades y del campo. Basta comparar con los ojos bien abiertos el casco antiguo de cualquier ciudad alemana con alguna de sus modernas periferias o esa ignominia cultural que va devorando rápidamente el campo circundante con las localidades que aún no han sido atacadas por ella. Y después puede compararse el cuadro histológico de cualquier tejido en estado normal con el de un tumor maligno. ¡Se encontrarán insólitas analogías! Visto objetivamente, y traducido desde un ámbito estético a uno cuantificable, esa diferencia consiste, en lo esencial, en una pérdida de información.

La célula del tumor maligno se diferencia de la célula normal del cuerpo, sobre todo, en que aquélla ha perdido la información genética que necesita para desempeñar su papel como eslabón útil en esa comunidad de intereses que es el cuerpo. Por eso se comporta como un animal unicelular o, dicho de un modo más preciso aún, como una joven célula embrionaria. Prescinde de las estructuras especiales y se divide de un modo descontrolado y desconsiderado, de modo tal que el tejido tumoral crece y se infiltra en el interior del tejido aún sano, destruyéndolo. Las llamativas analogías entre el cuadro de la periferia urbana y el del tumor radican en que mientras que en el espacio aún sano se ha materializado un variado número de planes de construcción distintos pero bien diferenciados y complementarios, los cuales deben su sabia proporción a una información que se ha ido acumulando en un largo proceso de desarrollo evolutivo, en el cuadro del tumor o en el de la región asolada por la tecnología moderna son sólo muy pocas las construcciones, simplificadas al extremo, las que dominan. El cuadro histológico de las células tumorales completamente uniformes y pobres de estructura tiene una desesperanzadora similitud con la foto aérea de una periferia urbana moderna, con sus monótonas casas estandarizadas, diseñadas por arquitectos de una cultura empobrecida, sin mucho cálculo previo y en medio del frenesí de la competencia. (…). No es sólo la consideración de tipo comercial de que las piezas de construcción prefabricadas de forma masiva son más baratas, sino también la moda que lo nivela todo, las que contribuyen a que en todas las periferias de las ciudades de todos los países civilizados surjan alojamientos masivos por centenares de miles, los cuales sólo se diferencian unos de otros por su numeración y no merecen siquiera el nombre de “vivienda”, ya que, en el mejor de los casos, no pasan de ser una suerte de jaulas para “humanos útiles”, un término que usamos en analogía al de “animales útiles”. (…)

… al habitante de la jaula de “humanos útiles” sólo le queda un camino para preservar su autoestima: apartar de su conciencia la existencia de otros tantos congéneres que sufren lo mismo que él y encapsularse de manera bien firme frente a sus semejantes. En muchísimas de las viviendas masivas se han intercalado entre los balcones de los pisos individuales unas paredes divisorias que hacen que el vecino sea invisible. No se puede ni se quiere entrar en contacto con él “por encima de ese vallado”, pues se teme demasiado ver en él la propia imagen de desesperación. También por este camino, la masificación conduce al aislamiento y la apatía por el prójimo.

La sensibilidad estética y ética están por lo visto muy estrechamente relacionadas, y los hombres que tienen que vivir en las condiciones antes mencionadas sufren a todas luces una atrofia de ambas sensibilidades. La belleza de la naturaleza y la belleza del entorno cultural creado por el hombre son obviamente necesarias para que el hombre mantenga su salud espiritual e intelectual. La total ceguera espiritual para todo lo bello, esa que hoy hace estragos de manera tan vertiginosa, es una enfermedad intelectual que, tan sólo por dicho motivo, debe ser tomada en serio, ya que lleva aparejada una insensibilidad ante lo éticamente repudiable.”

(Konrad Lorenz. 1973)

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