Oración y meditación.

1 julio, 2015 § Deja un comentario

Son muchas las noches de verano que dedico a una pasmosa actividad. Actividad paradójica que se aproxima al cese de todo movimiento por intensificación extrema de la acción. Es una especie de concentración vacía, de atención desatenta y laxa, pero que atraviesa la percepción de las cosas, trascendiéndolas. Me permito – no me pregunten cómo – ver en un presente absoluto cada singularidad: un rosal reventando por cada una de sus puntas en una floración blanquísima, el tronco vertical de un San Pedro espinado que me regaló un amigo, los papiros que se curvan hacia la tierra, un granado o un madroño que conservan silenciosamente el gesto de los viejos que los plantaron. Algunos ya no están, pero queda la sombra acogedora que por su intercesión nos protege. Veo el ojo vivo de la luna o el vuelo acelerado de un chotacabras que ha hecho del tejado de mi casa su atalaya.

Esa contemplación sin pasado y sin mañana resulta, sin embargo, de una imperceptible recapitulación de mis días, porque incluye una justificación. Veo que el mundo es bueno, que está bien el olor de la jara, que es dulce el viento de la mañana, que esa contemplación sin espesura – una suerte de arrobamiento que atrapa la forma de las cosas sin intención de aprovecharla, sin intención de consumirla o realizarla – incluye una sanción o una acto de asentimiento. Mis días pasados, años erráticos, mis aparentes equivocaciones – muchas, a la luz del día – quedan justificadas porque concluyen en ese presente inmediato.

Disfruto algunos instantes de nítidas evocaciones, que advierto con la precisión absoluta de las cosas presentes. Veo la mano de una amante, el ojo de mi abuela moribunda, el timbre de voz de mi padre enojado… pero también escenas que parecieran insignificantes: el rellano de la primera planta de mi casa en construcción, el nudo en la cuerda de un columpio que inventamos en un viejo pinar, bien conocido. Veo ahí mismo un perro de bronce con un soporte de mármol, que estuvo largos años conteniendo el avance de los pocos libros que había en mi casa.  Como si fuera ahora en una abundancia de infinitesimales gestos, de olores o pasos, de cosas siempre saturadas de significado, oleadas de una vida contenida ahora en este preciso mundo sin estratos, mundo limpio y claro que esta noche, otra vez, se me ofrece con una evidencia elemental de alucinado.

Si bebo entonces no es para ver mejor, sino para soportar la evidencia potentísima de una presencia absoluta que bendice todas las cosas y me arropa con el viento dulce de la madrugada.

Muchas noches de verano, como ésta, paso el tiempo en oración, despacio.  Cancho_Castillo_2_R_F

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