H. Pirenne.

29 julio, 2015 § Deja un comentario

Pirenne, fallecido en 1935, parece hoy a muchos un viejo historiador remoto. Se le reconoce y se le concede cierta loa, junto a Marc Bloch, como padre de la historia medieval del siglo XX. Alabado y olvidado.

Pero H. Pirenne – como el propio Bloch – tienen una importancia mucho mayor. La tesis fundamental de Pirenne ha sido indudablemente matizada pero no desmentida. De su aceptación o de su rechazo se siguen líneas de acción política, pero sobre todo metapolítica, actualmente decisivas. Está lejos de ser el vestigio de un pasado perfecto. Pero será difícil desmentir una verdad esencial ante la que sólo me cabe decir  amén.

“Fue precisa la brusca irrupción del Islam en la historia, durante el siglo VII, y su conquista de las costas orientales, meridionales y occidentales del gran lago europeo, para colocar a éste en una situación completamente nueva, cuyas consecuencias debían influir en todo el curso ulterior de la historia. En lo sucesivo, en vez de seguir siendo el vínculo milenario que había sido hasta entonces entre el Oriente y el Occidente, el Mediterráneo se convirtió en barrera. Si bien el Imperio bizantino, gracias a su flota de guerra, logra rechazar la ofensiva musulmana del mar Egeo, del Adriático y de las costas meridionales de Italia, en cambio todo el Mar Tirreno queda en poder de los sarracenos. Por África y España, lo envuelven al sur y el oeste, al mismo tiempo que la posesión de las islas Baleares, de Córcega, Cerdeña y Sicilia, les proporciona bases navales que vienen a afianzar sobre él su dominio. A partir del principio del siglo VIII el comercio europeo está condenado a desaparecer en ese amplio cuadrilátero marítimo. El movimiento económico, desde entonces, se orienta hacia Bagdad. Los cristianos, dirá pintorescamente, Ibn-Kaldun: “no logran que flote en el Mediterráneo ni una tabla”. En estas costas, que antaño correspondían unas con otras en la comunidad de las mismas costumbres, necesidades e ideas, se afrontan ahora dos civilizaciones o, mejor dicho, dos mundos extraños y hostiles, el de la Cruz y el de la Media Luna. (…). El equilibrio económico de la Antigüedad, que había resistido a las invasiones germánicas, se derrumba ante la invasión del Islam. Los carolingios impedirán que éste se extienda al norte de los Pirineos. Mas no podrán, y además conscientes de su importancia, no tratarán de arrebatarle el dominio del mar.  El Imperio de Carlomagno, por un contraste manifiesto con la Galia romana y la merovingia, será puramente agrícola o, si se quiere, continental. De este hecho fundamental se deriva por necesidad un orden económico, nuevo, que es propiamente el de la Edad Media Primitiva. (…)

Es cierto que desde el siglo IX los bizantinos y sus puestos avanzados en las costas italianas, Nápoles, Amalfi, Bari y sobre todo Venecia, traficaron más o menos activamente con los árabes de Sicilia, de África, de Egipto y Asia Menor. Pero sucedió algo muy distinto en la Europa occidental. En ésta el antagonismo de las dos religiones en presencia, las mantuvo en estado de guerra una frente a otra. Los piratas sarracenos infestaban sin tregua el litoral del golfo de León, el estuario de Génova, las costas de Toscana y las de Cataluña. Saquearon Pisa en 935 y en 1004, y destruyeron Barcelona en 985. Antes de que empezara el siglo XI, no se descubre la menor traza de comunicaciones entre estas regiones y los puertos sarracenos de España y África. La inseguridad es tan grande en las costas, que el obispo de Maguelonne tiene que trasladarse a Montpellier. Ni la tierra firme está a salvo de los ataques del enemigo. Se sabe que en el siglo X los musulmanes establecieron en los Alpes, en Garde-Frainet un puesto militar, desde el cual exigían rescate y asesinaban a los peregrinos que iban a Francia e Italia. El Rosellón, en la misma época, vivía en el terror de las correrías que llevaban a cabo allende los Pirineos. En 846, unas bandas sarracenas avanzaron hasta Roma y sitiaron el castillo de Sant´Angelo. En tales condiciones, la proximidad de los sarracenos sólo podía acarrear a los cristianos occidentales desastres sin compensación”. (H. Pirenne)

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