Dominación

25 agosto, 2015 § Deja un comentario

En la Era de la igualdad, que viene creciendo desde el fondo de la Edad Media (no a otra cosa llamaba Tocqueville “democracia”), no hay palabra más malsonante que ésta de “dominación”. Las fuerzas del progreso prometen hacer limpia completa de toda forma de dominación y alcanzar a su última raigambre que, al parecer, se halla en la forma tradicional de la masculinidad patriarcal. El domus, ámbito del señor (dominus) es la última residencia de una subjetividad patriarcal que habríamos de demoler. Me parece que es ésa la fuente de una religiosidad específica y es, por tanto, natural que contra la misma se alce, y en el mismo gesto, la gran fuerza ecualizadora de la que dicen verdadera democracia.

Entre las fuerzas del progreso – y acaso en su vanguardia – se halla el anarquismo al que, pese a todo, le queda en ocasiones un regusto extraño al horizonte del mundo ecualizado (pienso por ejemplo en el príncipe Kropotkin). Su comprensión del “apoyo mutuo” me parece que puede llegar a contradecir el individualismo extremo que acompaña al movimiento laminador, negador e igualitario. Y es por ahí – por donde ningún anarquista moderno (más por moderno que por anarquista) me seguirá – por donde voy a parar a la figura magnífica de D. Quijote y su escudero, figura que trasciende con mucho la idea antigua de la philia. 

“Dios lo remedie – dijo el cura – y estemos a la mira. Veremos en lo que para esta máquina de disparates de tal caballero y tal escudero, que parece que los forjaron a los dos en una misma turquesa y que las locuras del señor sin las necedades del criado no valían un ardite.

– Así es – dijo el barbero – y holgara mucho saber qué tratarán ahora los dos.

– Yo seguro – respondió el cura – que la sobrina o el ama nos lo cuenta después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.

En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento y, estando solos, le dijo:

– Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.

– Eso estaba puesto en razón – respondió Sancho – porque, según vuestra merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desagracias que a sus escuderos.

– Engáñaste, Sancho – dijo d. Quijote -, según aquello “quando caput dolet” etcétera.

– No entiendo otra lengua que la mía – respondió Sancho.

– Quiero decir – dijo d. Quijote – que cuando la cabeza duele todos los miembros duelen; y, así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por esta razón el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.

– Así había de ser – dijo Sancho – pero cuando a mí me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y pues los miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse de ellos.

– ¿Querrás tú decir ahora, Sancho – respondió don Quijote – que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos eso aparte por ahora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto… ” (Parte II, capítulo 2)

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