Arrostrar.

14 noviembre, 2015 § Deja un comentario

No niego que la política occidental en oriente próximo haya sido un desastre, ni que la actual forma de vida occidental produzca náuseas. No niego que la explotación industrial y racional del mundo produzca destrucción y sufrimiento. Pero niego que la religión resulte ser una superestructura envolvente, un simple medio de ocultación de tensiones político-económicas reales. El Islam se encuentra en las raíces de Europa al punto de que en buena medida, la primitiva forma de Europa se define contra el Islam, con los reinos de nuestra península en vanguardia de esa constitución. No en vano Cristiandad fue el primer título que recibiría esa morfología de vida en común de cuya evolución – aunque habría que darle el nombre que merece, es decir, degradación o corrupción – procede la Europa moderna, de unidades políticas absolutas y su consiguiente razón de Estado, un proceso acompañado en el terreno antropológico de un atomización o individualización extrema con la consiguiente debilidad personal y fragilidad constitutiva de las crecientes masas de nuevos ciudadanos consumidores.

Hoy cabe continuar engañándose con el humanismo abstracto y el sueño de una paz que lo único que perpetúa es el marasmo social europeo. Octavio Paz, entre otros muchos y mucho menos reconocidos, comprendió la construcción liberal de esa Unión Europea, en contra de cualquier forma de sustrato metapolítico. Pudo comprender el insubstancial fundamento de dicha unión: “una prosperidad sin grandeza” o “un hedonismo sin pasión y sin riesgos”. Octavio Paz concluía: “De ahí la fascinación que (en Europa) ejerce sobre sus multitudes el pacifismo, no como una doctrina revolucionaria, sino como una ideología negativa”. Su conclusión es sangrante: “(el pacifismo europeo) es la otra cara del terrorismo: dos expresiones contrarias del mismo nihilismo”.

Habrá que rectificar los errores de tres siglos de locura europea, de los cuales – dicho sea de paso – estuvo ausente España debido a su esfuerzo por sostener el programa – hoy olvidado – de otra modernidad. Habrá que encontrar responsables de la exacerbación del odio contra esa Europa moderna. Concederé al respecto lo necesario, pero es ingenuo y peligroso seguir engañándose en lo fundamental y, más bien antes que después, la determinación por la que cada cual opte significará una auténtica alineación.

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