Todo y Nada.

28 diciembre, 2015 § Deja un comentario

Es asombroso cómo se abre paso en la vida de cada cual una simiente que se dijera enterrada en el momento mismo de nacer. La noche de hoy está llena de un olor de espera que anticipa la lluvia anunciada. Es fría en comparación con las noches de este terrible mes de diciembre, cálido y seco, con trazas de desierto. Al salir de casa y atravesar los pocos metros que me separan de un pequeño tabuco que nos sirve de trastero, he respirado por fin un aire frío y casi húmedo. La luz es escasa como debe ser la noche real y hay un remoto olor a leña quemada, a chimenea o a brasa. Es un olor elemental y arcaico, que induce siempre protección y acogimiento, como ha debido ser desde el dominio humano del fuego, desde que los hombres se reconocieron en torno a una hoguera ancestral. He encontrado la botella de vino que buscaba. El vino ha traído a mi interior el sol de su maduración y el tiempo de reposo. Su fuerza de ensoñación y su sabor familiar despiertan una memoria hundida por el escombro de la rutina y el sedimento pedregoso del cálculo diario. Súbitamente germina la simiente que alarga pavorosamente sus filamentos sobre una conciencia encendida y abrasa la mole en ruinas de la nada.

Es la simiente de cada singularidad, el elemento de nuestra identidad personal, que no pueden expresar palabras. Sé bien que sólo los mayores maestros de la lírica han logrado ocasional y pálidamente dejarse ver. Hace tiempo que sé de mi incapacidad para la lírica. Yo que soy fundamentalmente un poeta, un mal poeta, he desarrollado una débil habilidad para la versión más amable de esa filosofía llamada práctica. Y en ese terreno me esfuerzo por objetivar una idea de persona, que juzgo tradicional y ortodoxa pero que hay que reconstruir en cada presente. Una idea de persona estrechamente vinculada a una forma relacional de identidad, es decir, a una forma extrema de comunidad.

Por lo mismo nunca deja de asombrarme la presencia de la singularidad absoluta. De esa singularidad incomunicable que, pese a todo, tiene como matriz y como horizonte la más estrecha comunidad.  Es pavoroso el modo en que la singularidad incomunicable brota del espacio común o del orden más profundo de la vida compartida; cómo una simiente enterrada por manos que nos trascienden se ensancha para definir una identidad desvinculada, absoluta pero exacta. Supongo innecesario explicar que señalo a una forma antagónica de la idea liberal y moderna de individuo.

Mi primer gesto y absolutamente mío ha sido el de declarar a voz en grito la noche estrellada de un mes de julio de los primeros años noventa, el olor del pelo de una chica de inolvidable nombre y el sabor amargo de su boca, el tiempo al raso en noches de campo en compañía de amigos que son siempre de otra época, las hormigas en el pan en una cocina luminosa y la voz de mi madre cantando copla, primero alegre y luego cada vez más tristemente desoladora. El olor de mi padre tras el trabajo, un olor de sudor industrial sobre la piel más generosa. O los breves años de mis hijos creciendo con sensibilidad de alucinados y una misteriosa memoria intrascendente para los detalles aparentemente menos notables de las cosas. Es la sensibilidad absoluta en que está fraguando su propia soledad singular e incomunicable, a fuerza de saber mirar las cosas. Esas mismas cosas que no veo con sus ojos que les he dado, pero en los que las únicas verdaderas manos enterraron como simiente profunda un mundo que se abrirá en su mirada adulta y singular. Con singularidad desoladora. Decir “yo” es siempre una expresión de pena menesterosa, de necesidad apremiante de otra voz, que se señale igualmente incapaz de bastarse con su propio eco. Y yo no quiero ser nadie, yo soy el hijo de mi padre y soy – en última instancia – una miserable criatura que recuerda el pequeño espacio en el que empezaron a manifestársele todas las cosas. Mi ser concreto y singular es nada, cosa nacida, criatura o soplo de viento. Tenue aliento que se apaga, mientras evoca el brillo singular del mundo único que alumbró su triste sombra. No hay poeta mayor que el que sabe pronunciar, al decir “yo”, todas las cosas.

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