K. Lorenz. Ex premio nobel

30 enero, 2016 § Deja un comentario

Encuentro con escaso asombro que ha aparecido un cierto movimiento que pide la revisión de los honores otorgados a K. Lorenz, el más visible de los cuales honores es, sin duda, el premio nobel. Léase despacio el acta de impugnación que estos novísimos esgrimen contra el etólogo y se verá que su conclusión es que la biología es biologicista. Sería de esperar que pasaran a prohibir todo enfoque biológico, pero no lo harán, simplemente porque es el enfoque moderno. Asumiendo esto habría que impugnar la modernidad misma. Si hay alguna grandeza moderna, si esa expresión no es una contradicción en los términos, K. Lorenz forma parte de los grandes filósofos modernos. Es cierto que me parece, sin embargo, que una tal “grandeza moderna” es una grosera contradicción. Pero no dejaré de defender que Lorenz está entre los que más han ahondado en la contradicción y, por lo mismo, más se ha acercado a su superación. Acaso por eso se centran en su figura los novísimos. Sotto voce: ¿Se notará la ironía?.

Castelo

10 enero, 2016 § Deja un comentario

La sentencia

He leído, en un libro prestado, la voz de un poeta clásico y, por supuesto, olvidado. En estos tiempos estridentes y feos nada clásico puede abrirse paso, salvo por los mínimos espacios todavía no sellados, salvo por esas brechas de vida real que rompen el luminoso metal niquelado del mundo homogéneo y exacto. El libro prestado pertenece a un compañero y paisano, con el que puedo hablar a diario mientras paseamos entre las rutinas de nuestro oficio. El libro ha pasado por varias manos, alguna de las cuales ha señalado con puntos algunos versos, y esa marca acaba significando parte del poema. El autor es Santiago Castelo que subdirigiera el ABC durante muchos años. Autor de numerosos ensayos, artículos y columnas de opinión que alimentaba en su humanidad un poeta clásico. El horizonte de su último poemario – La Sentencia (Visor Libros, Madrid 2015) – que es el dolor y la muerte, señala – sin embargo – a la otra orilla. El dolor, la muerte y la trascendencia. Es un poeta clásico y católico, un intempestivo temerario.

Nada de esto tiene importancia. Santiago Castelo falleció en Madrid y en mayo del año pasado. Citaba, tiempo atrás, un lugar de la correspondencia Unamuno-Ortega en que el poeta vasco recomendaba al filósofo madrileño en su magnífico español:  “Chapúcese en su cristianismo originario español, por ilógico y caótico que sea, y lávese en él de toda filosofía saducea que tiende a borrar el único problema, el único! Memento mori!”

Acaso toda, no lo sé porque desconozco la obra de Santiago Castelo, sin duda este último poemario que constituye para mí toda su obra, recién descubierta, está empapada de un cristianismo originario español o, simplemente, de un bellísimo universalismo, que lo hace clásico. Cualquier hombre entenderá el temblor y el verso de Castelo ante sus sabidos últimos días. Y aunque resulte paradójico serán muy pocos los que lo entiendan hoy, en nuestra edad postantropológica, en la hora del superhombre plástico y bien pintado. No ya la trascendencia, sino la muerte misma es objeto de broma y de pastiche, a menudo con la agitación neurótica de un niño espantado como en el estrafalario halloween que hemos importado. Castelo, simplemente como un hombre, nada menos que como un hombre, supo entrar en la muerte con los ojos abiertos.

Y para dar fe de lo que digo pongo aquí, movido quizás por un insoportable aliento metafísico, dos poemas de este libro de la pasión de Juan Miguel Santiago Castelo. En uno la vida, en otro la comunión. En suma: la persona.

FUGACIDAD.

 A Sara García Monge

Vivir nunca precisa que digamos

qué es vivir. Vivir no se decide. 

JESÚS GARCÍA CALDERÓN.

Ni se sabe definir. Ni se dibuja.

Vivir es nuestra duda permanente.

Vivir está en nosotros, fugitivo,

con el fulgor del rayo. En un instante

cruza la vida y ya no es lo que era.

¿Existió la niñez?¿La adolescencia?

¿Es posible que estemos terminando

lo que, no más ayer, soñamos desde niños?

Vivir nos hace nada. Nos reduce

a pavesas, envés de la memoria.

Vivir muere en nosotros tan deprisa

que la luz de un segundo se convierte

en una eternidad soñada y no vivida.

TREINTA Y TRES AÑOS

Sigues ahí, soñando como entonces.

La siesta ilumina tu cara y pinta una sonrisa.

Igual que aquel verano de hace treinta y tres años.

¡Cuánta vida ha pasado! ¡Cuánta historia!

Parece que fue ayer y que nada ha cambiado,

pero ha cambiado todo. Sólo estamos los dos,

desnudos ante el mundo, baldados de dolores

-la juventud perdida-; pero cuánta esperanza.

Valió la pena habernos arriesgado. Valió

toda la luz del mundo la unión de aquellas manos

en un sábado mágico de junio con tormenta.

Como entonces sigues ahí, soñando quietamente.

Tu sueño es un remanso, tu paz es mi alegría.

Saber que estás ahí me sigue dando fuerzas

para enfrentar los nuevos dolores de la vida.

Magia de Reyes.

5 enero, 2016 § Deja un comentario

“Lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud, no es más de con suavidad y sin ruido; llamo “ruido” andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones para dar gracias de este beneficio y amontonar pecados suyos y faltas para ver que no lo merece. Todo esto se mueve aquí, y representa el entendimiento, y bulle la memoria (que cierto estas potencias a mí me cansan a ratos, que con tener poca memoria, no la puedo sojuzgar); la voluntad, con sosiego y cordura, entienda que no se negocia bien con Dios a fuerza de brazos, y que éstos son unos leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella, y conózcalo, y con humildad diga: Señor ¿Qué puedo yo aquí? ¿Qué tiene que ver la sierva con el Señor, y la tierra con el cielo? u palabras que se ofrecen aquí de amor, fundada mucho en conocer que es verdad lo que dice, y no haga caso del entendimiento, que es un moledor. (…)

Ansí que perderá mucho el alma si no tiene aviso en esto; en especial si es el entendimiento agudo, que cuando comienza a ordenar pláticas y buscar razones, en tantito, si son bien dichas, pensará que hace algo. La razón que aquí se ha de haver es entender claro que no hay ninguna para que Dios nos haga tan gran merced, sino sola su bondad, y ver que estamos tan cerca, y pedir a Su Majestad mercedes y rogarle por la Iglesia y por los que se nos han encomendado y por las ánimas del purgatorio, no con ruido de palabras, sino con sentimiento de desear que nos oya. Es oración que comprehende mucho y se alcanza más que por mucho relatar el entendimiento. Despierte en sí la voluntad algunas razones que de la mesma razón se representarán de verse tan mijorada, para avivar este amor, y haga algunos actos amorosos de qué hará por quien tanto deve, sin -como he dicho- admitir ruido del entendimiento a que busque grandes cosas. Más hacen aquí al caso unas pajitas puestas con humildad (y menos serán que pajas, si las ponemos nosotros), y más le ayudar a encender, que no mucha leña junta de razones muy doctas, a nuestro parecer, que en un Credo la ahogarán”

(Santa Teresa de Jesús. Libro de la Vida. O. C. B.A.C. pág.90)

 

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