Castelo

10 enero, 2016 § Deja un comentario

La sentencia

He leído, en un libro prestado, la voz de un poeta clásico y, por supuesto, olvidado. En estos tiempos estridentes y feos nada clásico puede abrirse paso, salvo por los mínimos espacios todavía no sellados, salvo por esas brechas de vida real que rompen el luminoso metal niquelado del mundo homogéneo y exacto. El libro prestado pertenece a un compañero y paisano, con el que puedo hablar a diario mientras paseamos entre las rutinas de nuestro oficio. El libro ha pasado por varias manos, alguna de las cuales ha señalado con puntos algunos versos, y esa marca acaba significando parte del poema. El autor es Santiago Castelo que subdirigiera el ABC durante muchos años. Autor de numerosos ensayos, artículos y columnas de opinión que alimentaba en su humanidad un poeta clásico. El horizonte de su último poemario – La Sentencia (Visor Libros, Madrid 2015) – que es el dolor y la muerte, señala – sin embargo – a la otra orilla. El dolor, la muerte y la trascendencia. Es un poeta clásico y católico, un intempestivo temerario.

Nada de esto tiene importancia. Santiago Castelo falleció en Madrid y en mayo del año pasado. Citaba, tiempo atrás, un lugar de la correspondencia Unamuno-Ortega en que el poeta vasco recomendaba al filósofo madrileño en su magnífico español:  “Chapúcese en su cristianismo originario español, por ilógico y caótico que sea, y lávese en él de toda filosofía saducea que tiende a borrar el único problema, el único! Memento mori!”

Acaso toda, no lo sé porque desconozco la obra de Santiago Castelo, sin duda este último poemario que constituye para mí toda su obra, recién descubierta, está empapada de un cristianismo originario español o, simplemente, de un bellísimo universalismo, que lo hace clásico. Cualquier hombre entenderá el temblor y el verso de Castelo ante sus sabidos últimos días. Y aunque resulte paradójico serán muy pocos los que lo entiendan hoy, en nuestra edad postantropológica, en la hora del superhombre plástico y bien pintado. No ya la trascendencia, sino la muerte misma es objeto de broma y de pastiche, a menudo con la agitación neurótica de un niño espantado como en el estrafalario halloween que hemos importado. Castelo, simplemente como un hombre, nada menos que como un hombre, supo entrar en la muerte con los ojos abiertos.

Y para dar fe de lo que digo pongo aquí, movido quizás por un insoportable aliento metafísico, dos poemas de este libro de la pasión de Juan Miguel Santiago Castelo. En uno la vida, en otro la comunión. En suma: la persona.

FUGACIDAD.

 A Sara García Monge

Vivir nunca precisa que digamos

qué es vivir. Vivir no se decide. 

JESÚS GARCÍA CALDERÓN.

Ni se sabe definir. Ni se dibuja.

Vivir es nuestra duda permanente.

Vivir está en nosotros, fugitivo,

con el fulgor del rayo. En un instante

cruza la vida y ya no es lo que era.

¿Existió la niñez?¿La adolescencia?

¿Es posible que estemos terminando

lo que, no más ayer, soñamos desde niños?

Vivir nos hace nada. Nos reduce

a pavesas, envés de la memoria.

Vivir muere en nosotros tan deprisa

que la luz de un segundo se convierte

en una eternidad soñada y no vivida.

TREINTA Y TRES AÑOS

Sigues ahí, soñando como entonces.

La siesta ilumina tu cara y pinta una sonrisa.

Igual que aquel verano de hace treinta y tres años.

¡Cuánta vida ha pasado! ¡Cuánta historia!

Parece que fue ayer y que nada ha cambiado,

pero ha cambiado todo. Sólo estamos los dos,

desnudos ante el mundo, baldados de dolores

-la juventud perdida-; pero cuánta esperanza.

Valió la pena habernos arriesgado. Valió

toda la luz del mundo la unión de aquellas manos

en un sábado mágico de junio con tormenta.

Como entonces sigues ahí, soñando quietamente.

Tu sueño es un remanso, tu paz es mi alegría.

Saber que estás ahí me sigue dando fuerzas

para enfrentar los nuevos dolores de la vida.

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