Teología imperial estoica y moderna.

27 marzo, 2016 § Deja un comentario

Temo que resultará muy críptico lo que voy a dejar aquí. Lo será porque sólo tiene el valor de una nota inquisitiva, atravesada de perplejidades. Me ha parecido ver en la teología imperial estoica – tal como la presenta J. L. Villacañas en la obra referida días atrás – la contrafigura exacta de la teología imperial cristiana. En cuanto tal contrafigura las semejanzas negativas son profundas, dado que constituye una inversión perfecta de la misma. Tengo la impresión de que el concepto estoico del imperio se mueve en la dimensión histórica en la que tienen lugar los enfrentamientos políticos realmente existentes y la ética del emperador que mejor plasma esta concepción, Marco Aurelio, se presenta así como una ética heroica: “la vida es guerra y estancia en tierra extraña”. Lo que Villacañas comenta como sigue: “No sabemos si habla de un modo metafórico o literal. en todo caso, todo parece indicar que la naturaleza, en su sentido sublunar, con todas las cosas de esta tierra, no ofrece una casa verdadera al daímon. Respecto de esta situación la guerra es inevitable” (Op. cit. pág. 268). Se trataría de una comprensión diapolítica del imperio.

Pese a todo Villacañas, sin duda atento al uso tradicional, insiste en asimilar la comprensión de la unidad y la vida común a la idea de la casa: del oikos o del hogar. Ahora bien, la defensa de la vida común se fundaría en una suerte de “parentesco universal”: “todos los hombres están emparentados y que preocuparse de todos los hombres está de acuerdo con la naturaleza humana” (Meditaciones III,4. citado en pág. 268). Pero parece evidente que semejante “parentesco” es una “filiación” meramente abstracta o cósmica, según se ve mejor en la cita de Epicteto que se añade en el mismo contexto: “Que este mundo es una Ciudad y la sustancia de que fue creado (dedemioúrugetai) una, por lo que es necesario un cierto circuito y tránsito de unas cosas en otras”(Pláticas III 24, 10) de lo que Epitecto concluye, en efecto, que todos los hombres están emparentados por naturaleza. Obviamente se trata de un descendencia común filogenética que puede extenderse al conjunto de los seres vivos y, en el extremo, a la entera realidad física. Una idea ajena del todo a un concepto antropológico de parentesco. No veo por qué ese “parentesco” físico universal – abstracto o no parametrizado – puede mover la acción política en el sentido de la constitución o preservación del imperio y tampoco Villacañas parece verlo: “…uno no comprende con facilidad el motivo por que aquel (el propio daímon) se debe volcar en el mantenimiento de la vida común, de la ciudad y de la constitución” (Ibídem). Pero, pese a esta incomprensión, parece evidente que la unidad de naturaleza entre todos los hombres (como digo, a otra escala entre todos los seres vivos o incluso entre todo fenómeno natural) se manifiesta en el enfoque estoico en la institución imperial romana, realmente existente.

Diré que me resulta inaceptable el uso del término casa para referirse al hontanar físico o energético del cosmos. “La fraternidad universal deriva de la común naturaleza, de la dependencia común de ese lugar de donde brota todo y de la casa común”: ¿no es esto un abuso de la terminología del parentesco?. Entiendo que haya de usarse por respeto a su presencia en los textos estoicos. Pero: ¿de dónde mi reluctancia al uso de ese término en referencia ya sea al universo físico, ya al programa imperial estoico en el que la unidad de aquel se manifiesta históricamente?. El universo físico tal como lo comprende el estoicismo es inhóspito e inhabitable, un concepto muy próximo al de la moderna ciencia física, un cosmos que tiende al cero absoluto, ayuno de toda dimensión personal: sin providencia y sin designio pero fatídico. Es exactamente la contrafigura de un hogar, es el fondo universal de la realidad en último análisis, según una perspectiva monista y, por lo mismo, metafísica. En el terreno político se trata también de preservar la unidad a toda costa, lo que – para Marco Aurelio – significa conservar la institución imperial realmente existente: “En efecto, el emperador hispano ha confundido la estructura común de la naturaleza, la inteligencia y la sociedad con la vinculación y el deber de mantener lo existente, el imperio. Ha confundido la unidad existente con la armonía. Ha dado una interpretación ética a la unidad fáctica. Ha hecho del imperio parte de la naturaleza de las cosas, reflejo natural de la unidad de todas las cosas. Si existe el imperio es tan necesario como la physis. Ninguna otra interpretación es legítima pues sólo ofrecería una ilusión a la imaginación que no habría elaborado bien el desapego a lo particular” (Villacañas, J. L. op. cit. pág. 276) Lo que, en resumen, hemos llamado aquí en más de una ocasión facticismo. La misma ética heroica late en regímenes políticos de orientación imperialista fáctica en nuestro tiempo, con el añadido terrible de la técnica moderna. Dicho en una simplificación que espero se me disculpe: el fascismo puede verse como una forma actualizada de ese estoicismo heroico, de modo que cabría encontrar interesantes analogías entre el estoicismo histórico y formas actuales de imperialismo fáctico.

Desde este enfoque estoico, la imaginación – ligada a la particularidad y a la propia comunidad – o, en general, la subjetividad menguada de cada ego diminuto es un valor despreciable y, en cierto sentido, diremos que lo es. Ahora bien, no lo es tout court, no lo es sin más o en cualquier sentido. El hombre racional conocerá la fragilidad del sujeto imaginativo que vive en la despreciable sugestión y que se engaña ingenuamente. No hay que tratar de llevar la educación racional íntegramente sobre esos hombres de la imaginación, que se consuelan “por medio de sueños”, dice Marco Aurelio. “No se ha de imponer a todos la filosofía. ¿Acaso la naturaleza se rige por esa constitución? ¿No presenta por doquier seres tristes, melancólicos, enfermos, por no hablar de los violentos y criminales, como esa araña que caza a la mosca?” (X.10)” (Ibídem) Hay que esperar que estos ignorantes son además impotentes, sólo una élite o una vanguardia consciente, organizada en cuadros determinantes, intervienen y obran. Las “pequeñas almas desnudas” de los engañados tienen su pequeño lugar en el mundo, pero no significan gran cosa.

Sin embargo Marco Aurelio, el filósofo, ha sido uno de los grandes perseguidores de cristianos. No debieron parecerle insignificantes náufragos que pueden observarse en la distancia. Suave, mari magno turbantibus aequora ventis e terra magnum alterius spectare laborem… es la misma atmósfera en Lucrecio que en el filósofo emperador. El mismo elitismo alciónico que se expresaba así: ¿Y qué tiene de malo o extraño que la persona sin educación haga cosas propias de un ineducado? Procura que no debas inculparte más a ti mismo por no haber previsto que ése cometería ese fallo, porque tú disponías de recursos suministrados por la razón para cerciorarte de que es natural que ése cometiera ese fallo” (Meditaciones. IX, 42)

Pero los cristianos no naufragan en un aislamiento individual y desorientado, rompen la unidad en nombre de otra unidad.  Su imaginario no es individual, no es derivación psicológica. Tampoco su oposición al imperio se funda en alguna plataforma nacional, el cristianismo del siglo II había desbordado cualquier adscripción étnica. Determinar la figura del imperio cristiano ya escaparía de esta glosa, significaría perseguir la obra en su integridad. Diré que la imagen de la casa es fundamental, la imagen que concluirá en la idea de una comunidad perfecta bajo el dominio del Padre. Pero esto es ya otra cuestión y es mucha la tela por cortar.

“Si los cristianos no pueden ser tolerados es porque su “pasión comunitaria” pone impedimentos a la comunidad única y general, porque dejan de ser ciudadanos de “esta gran ciudad” (XII, 30 y 36) y aspiran a otra forjada en su imaginación” (Ibídem, pág. 280)

 

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Victoria

26 marzo, 2016 § Deja un comentario

Aviso del porvenir.

¡Atención! ¡Atención! Se abre una fábrica
de buenos sentimientos. ¡Atención!
¡Acuidad! ¡Acudid! La ciencia hipnótica
le ha tocado las barbas al buen Dios.

Procedimientos de excelentes médicos
pueden hacer sentir un corazón,
en un minuto o dos, a precios módicos,
lo que guste el feliz consumidor.

Pueden hacerse los bandidos ángeles
como se hacen tortillas con jamón,
y se dan pasaportes baratísimos
para ir el reino celestial, by God!1910383_10205987239704744_4390875060238993562_n

Se hacen almas virtuosas y magníficas
de cuarenta caballos de vapor,
y lecciones se dan teórico-prácticas
para vencer a Lucifer al box.

Yo, señores, me llamo Peter Humbug
(obsecuente y seguro servidor)
y me tienen ustedes a sus órdenes,
30, Franklin street, en Nueva York.

(Rubén Darío. marzo de 1887)

A día de hoy

23 marzo, 2016 § Deja un comentario

A día de hoy, viviendo en las ruinas de la vieja comunidad y abrazados a los fragmentos inestables de estrechos círculos de parentesco, los más afortunados alimentando el consuelo de la amistad en el sentido clásico del término… A día de hoy, sosteniéndonos apenas sobre los restos del naufragio que siempre ha sido la vida humana, pero pulverizada ya toda fortaleza por un ciclón histórico de potencia infinita… A día de hoy, cuando a la mano tendida se le ofrece la bolsa, el sexo o el arma, se intensifica como nunca antes, según creo, la sed por traspasar de comprensión las frágiles murallas del ego diminuto, de ahí una pasión por la biografía novelesca, psicológica y desnuda. Este anhelo de transparencia, cada día más acuciante, no encontrará consuelo nunca en esa curiosidad, malsana pero comprensible, que se limita a rasgar los velos que ocultan una cotidianeidad que ha quedado descargada y vacía por el ciclón de la historia. La antropología contemporánea resultaría una narración anodina que acumularía en un aluvión de hastío prácticas homogéneas, sólo diversas en intensidad, relativas – como dije – al sexo, a la bolsa o al arma.

Qué lejos queda el tiempo en que en momentos como éste podía visitarse al amigo o al padre, al hermano o al vecino o, todavía, escribir de puño y letra unas líneas de demanda o una petición de auxilio sin estridencias. Qué lejos queda el tiempo en que en momentos como éste se podía acudir a la comunidad y a su experiencia milenaria, donde la mano tendida del mayor sabía recoger nuestro lamento como un paño de lágrimas. Qué lejos queda el tiempo en que era posible descansar sobre la cruz.

Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana.

21 marzo, 2016 § Deja un comentario

J. L. Villacañas, catedrático de filosofía de la Universidad Complutense, acaba de publicar un texto de completa actualidad, que aborda problemas constitutivos de esta Europa que ha perdido todo horizonte. Actualidad no es aquí el moho de la realidad, esa superficie agitada del tiempo inmediato, sino la honda estructura de la realidad misma, la dimensión perenne de nuestra comprensión del mundo. Se sigue el curso genético de la singular distancia entre el poder político y la autoridad espiritual que ha caracterizado la historia de Occidente, hasta su ocaso reciente.

Esa actualidad exige de toda la complejidad de una poderosa filosofía de la historia, si no representada en una suerte de manifiesto de ideas ontológico-políticas, al menos ejercitada en el análisis mismo del problema actual. La asombrosa magnitud del proyecto da idea de la dimensión del que lo afronta, al margen de la estimación del resultado de su esfuerzo. Cuando menos tiene la potencia de orientarnos hacia cuestiones substanciales y, en el mismo gesto, alejarnos de la morralla cotidiana e irrelevante de una actualidad, que es sólo el detrito sin reposo de nuestra periodística banalidad. No irreal pero ilusoria, virtual: actualidad transitoria y no actualidad real.

Dejo aquí el paso al que he llegado en una lectura que requiere también del lector otro modo y otro ritmo: menos fluido, más denso. Veremos qué puede este lector. Escribe Villacañas en torno a Josefo.

“Sintomático es que ese profeta (F. Josefo*) sea, desde el punto de vista del mundo y su política, un siervo. Justo por esto, su posición necesita asumir que hay un afuera, una dimensión profana que administra de forma continua una serie de elementos de la vida material como el orden social, la justicia penal y la seguridad política. La teocracia (en el sentido de Josefo*) sólo es posible porque no es política y porque supone que la inevitable política es manejada por otras manos. Por eso Israel forma un reino de Dios que no puede ser un reino político. El precio de esta decisión no es otro que empujar la venida del Mesías hasta el fin de los tiempos, cuando ya no reste tiempo alguno a este mundo. Para ello debe ver en el poder político de los romanos no un índice del final, sino de la continuidad del mundo. Mientras quede tiempo, el pueblo judío puede ser la nación sin poder político, el pueblo aparte, pacífico, limpio, sagrado, huésped – no paria -. En todo caso, no forma parte del pueblo soberano de este mundo ni de sus príncipes. No se reunirá nunca con el pueblo romano.  Como ha dicho Welhausen, “la teocracia mosaica, el resto de un Estado arruniado, no es en sí misma un Estado en absoluto, sino un producto impolítico artificial creado en medio de unas circunstancias desfavorables por el impulso de una energía siempre memorable” (1957, 422; citado en Weiler, 1988, 21). Pero ese resto de Estado que ya no es un Estado, con esa Ley que no está sometida a poder humano alguno, ni a coacción penal externa, es la garantía de que el Estado sea solo una parte y no el todo de la vida. Omnipotencia política soberana y ley teocrática, desde entonces, parecen realidades contrarias si se elevan a elementos absolutos; pero pueden ser complementarias si se considera la teocracia como resto superior e inferior a la vez, como vinculada a una Ley mayor, que, sin embargo, lejos de abrir el camino a una teología política, es su obstáculo más preciso, la garantía de dualidad y de la división de poderes. De ahí que el judaísmo rabínico nunca pronunció una palabra de condena contra Josefo, que puedo ser a la vez sacerdote judío y servidor romano” (Villacañas Berlanga, J. Luis. Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes. Trotta. Madrid. 2016, pág. 131)

*Añadido al texto

La Era del Superhombre.

13 marzo, 2016 § Deja un comentario

descargaLa gran emancipación moderna tiene efectos inesperados para muchos, otros siempre supieron que la cara oculta de la autonomía moral había de ser la realización de la guerra de todos contra todos. Homo homini lupus, con la salvedad de que no es el lobo un término adecuado de analogía, de hecho ningún animal lo es. Esta forma de guerra ácida – el lugar de ciertas drogas en estas batallas ha de ser fundamental – no es ya ni remotamente inteligible en términos etológicos. Es la batalla sin sentido del superhombre y para comprender esto debería bastar con observar el rostro y el gesto, adornado con una vaga estética tenebrista, de estos pobres diablos, pero diablos al cabo. El fenómeno se presenta con precisa definición en algunos países hispanos y esto pudiera no ser casual, aunque a mi parecer es sólo el mayor nivel de renta de otros países lo que encubre la misma actitud de repugnancia mutua. Hace ya tiempo que habita entre nosotros el feo rostro que nos regirá mil años.

Guerras ultramodernas

Imperio heril.

11 marzo, 2016 § Deja un comentario

“…me merece un respeto mucho mayor el imperio que se extiende por medio de batallas que el que lo hace a través de las finanzas. 

De todas formas, hay un factor constante en ambos casos: irremediablemente son las cosas peores las que se difunden… “ (G. K. C.)

Se atesora lo óptimo, se difunde con mayor facilidad lo que posee menos valor. Esto sucede tanto en la economía como en todo otro aspecto de la realidad antropológica. Pero el modo de difusión puede significar una resistencia, y acaso una contradicción, a este principio.

Brindis

6 marzo, 2016 § Deja un comentario

Tengo el sentimiento inconmovible de vivir acosado. Cuando expreso esta certeza íntima ante amigos o conocidos, suelen reprocharme que – en tiempo de crisis generalizada – mi situación no sólo no es excepcional, sino que de serlo lo sería por benévola, en comparación con la media nacional. Entienden que mi dificultad es económica o social y no entienden – no quieren o pueden entender – que mi angustia no es sólo,  o no es principalmente, socioeconómica. Carezco, es del todo cierto, de habilidades sociales y llego a fin de mes con lo puesto. Pero esto es suficiente y nunca he echado de menos un vínculo comunicativo, porque siempre he tenido un amigo real en el que reconocerme. ¿A qué tanto quejarse?. Pero téngase en cuenta que ya no tenemos derecho a la melancolía, en la era del pensamiento positivo del terrible Dr. Seligman. Pues bien, se trata precisamente de esto, de una honda e inamovible negatividad que, además, se conjuga con una intensísima alegría de vivir. ¿Cómo explicar esta doble perspectiva a quienes pronto te reducirán a la bipolaridad patológica o al malditismo estético o a cualquier forma de ridícula pedantería?.

Es una dolorosa medianía en la profundidad de la comprensión metafísica, una rasa comunicación diaria, una ausencia de verdadera percepción de la fragorosa belleza de lo cotidiano. Me dirán que es un problema psiquiátrico, en suma, una vana y vanidosa sensación de singularidad, un recuerdo exacerbado de mi condición mortal… Pero el problema – que sólo un consejero excepcional podría tratar – tiene potencia para anular las mías. Y así voy tirando, sin dotes para la expresión artística, con una comprensión insuficiente de las condiciones históricas que me han arrojado a este lodazal, sin la fuerza en que afirmar mi realidad. No se asuste el Dr. Seligman y su soberbia positividad, no diré más que soy el negativo de un ente, carente de realidad. Sigan con su mundo de sonrisas preciosas y autosuficientes y disculpen mi tristeza elemental.

¿Dónde estoy?

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