Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana.

21 marzo, 2016 § Deja un comentario

J. L. Villacañas, catedrático de filosofía de la Universidad Complutense, acaba de publicar un texto de completa actualidad, que aborda problemas constitutivos de esta Europa que ha perdido todo horizonte. Actualidad no es aquí el moho de la realidad, esa superficie agitada del tiempo inmediato, sino la honda estructura de la realidad misma, la dimensión perenne de nuestra comprensión del mundo. Se sigue el curso genético de la singular distancia entre el poder político y la autoridad espiritual que ha caracterizado la historia de Occidente, hasta su ocaso reciente.

Esa actualidad exige de toda la complejidad de una poderosa filosofía de la historia, si no representada en una suerte de manifiesto de ideas ontológico-políticas, al menos ejercitada en el análisis mismo del problema actual. La asombrosa magnitud del proyecto da idea de la dimensión del que lo afronta, al margen de la estimación del resultado de su esfuerzo. Cuando menos tiene la potencia de orientarnos hacia cuestiones substanciales y, en el mismo gesto, alejarnos de la morralla cotidiana e irrelevante de una actualidad, que es sólo el detrito sin reposo de nuestra periodística banalidad. No irreal pero ilusoria, virtual: actualidad transitoria y no actualidad real.

Dejo aquí el paso al que he llegado en una lectura que requiere también del lector otro modo y otro ritmo: menos fluido, más denso. Veremos qué puede este lector. Escribe Villacañas en torno a Josefo.

“Sintomático es que ese profeta (F. Josefo*) sea, desde el punto de vista del mundo y su política, un siervo. Justo por esto, su posición necesita asumir que hay un afuera, una dimensión profana que administra de forma continua una serie de elementos de la vida material como el orden social, la justicia penal y la seguridad política. La teocracia (en el sentido de Josefo*) sólo es posible porque no es política y porque supone que la inevitable política es manejada por otras manos. Por eso Israel forma un reino de Dios que no puede ser un reino político. El precio de esta decisión no es otro que empujar la venida del Mesías hasta el fin de los tiempos, cuando ya no reste tiempo alguno a este mundo. Para ello debe ver en el poder político de los romanos no un índice del final, sino de la continuidad del mundo. Mientras quede tiempo, el pueblo judío puede ser la nación sin poder político, el pueblo aparte, pacífico, limpio, sagrado, huésped – no paria -. En todo caso, no forma parte del pueblo soberano de este mundo ni de sus príncipes. No se reunirá nunca con el pueblo romano.  Como ha dicho Welhausen, “la teocracia mosaica, el resto de un Estado arruniado, no es en sí misma un Estado en absoluto, sino un producto impolítico artificial creado en medio de unas circunstancias desfavorables por el impulso de una energía siempre memorable” (1957, 422; citado en Weiler, 1988, 21). Pero ese resto de Estado que ya no es un Estado, con esa Ley que no está sometida a poder humano alguno, ni a coacción penal externa, es la garantía de que el Estado sea solo una parte y no el todo de la vida. Omnipotencia política soberana y ley teocrática, desde entonces, parecen realidades contrarias si se elevan a elementos absolutos; pero pueden ser complementarias si se considera la teocracia como resto superior e inferior a la vez, como vinculada a una Ley mayor, que, sin embargo, lejos de abrir el camino a una teología política, es su obstáculo más preciso, la garantía de dualidad y de la división de poderes. De ahí que el judaísmo rabínico nunca pronunció una palabra de condena contra Josefo, que puedo ser a la vez sacerdote judío y servidor romano” (Villacañas Berlanga, J. Luis. Teología política imperial y comunidad de salvación cristiana. Una genealogía de la división de poderes. Trotta. Madrid. 2016, pág. 131)

*Añadido al texto
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