Miguel de Cervantes – Santiago Montero

20 abril, 2016 § Deja un comentario

En este año de aniversario no es fácil encontrar una voz capaz de rendir homenaje. Abundancia de charlatanes sí que hay, mucha. Memeces he escuchado de todos los colores. Son escasas – dice Nietzsche, en algún sitio – las naturalezas nobles, que saben venerar. Uno habla de un Cervantes en vaqueros, otro actualiza para un joven mermado, que debe conocer de cerca, el texto cervantino. No quiero perder la necesaria cortesía. He recordado un severo homenaje que no procede de Unamuno o de Ortega, tan citados. No me refiero a la menos conocida pero imprescindible conferencia de Gustavo Bueno sobre España en la que revisa una importante interpretación de D. Quijote.

He recordado un breve libro de aquellos años en que – como decía días atrás – pensé que podría atender a la notable obra de Santiago Montero Díaz. El libro tiene un título que no quiero-puedo calificar para no herir sensibilidades políticamente correctas. En todo caso, puede decirse que tiene un magnífico título. Cervantes, compañero eterno. Como estoy de ánimo nocturno he encontrado el siguiente pasaje, ahora que tanto y tantos están muriendo:

“Pero en ningún otro pasaje de su obra llega Cervantes a escrutar el sentido de la muerte como en el prodigioso capítulo que relata el tránsito de Don Quijote. La escena – a la vez misteriosa y sencilla – sorprende por su extraña mezcla de ternura e ironía, realismo y trágica tensión. 

Turguénief y Unamuno entendieron la muerte del caballero como renuncia. En todo caso, esa renuncia plenifica la vida de Alonso Quijano, de cuya esencia humana y cuya savia estaba hecho el errante caballero Don Quijote. No olvidemos que a través de la locura de Don Quijote resplandecía la inmensa bondad de Alonso Quijano. La razón recuperada otorga al moribundo la posibilidad de percibir toda su vida unitariamente, como un proceso cohesivo y unívoco.

Asombra entonces la serenidad con que Alonso Quijano reconstruye el sentido de su vida, juzga in extremis los esenciales valores de su persona y se enfrenta con el trance mortal. En esa capacidad valorativa y razonadora culmina la estructura de la existencia heroica. Porque en definitiva la muerte no es una mera cesación, es el acto más personal de la existencia, en que culmina la significación misma de la vida. El hombre vive su muerte en un acto último realizado con absoluta, indeclinable y grandiosa soledad.

Ahora bien, esa serenidad, esa mirada estelar sobre la tierra, ese valor en la coyuntura, constituyen un anticipo de la muerte de Cervantes. Alonso Quijano está conformado por la sustancia humana de Cervantes, como Don Quijote por la de Alonso Quijano. El héroe de ficción muere adelantando el estilo con que ha de morir el héroe real que fue Miguel de Cervantes. “Enternece y apesadumbra la muerte de Don Quijote como la de una persona que en realidad ha existido, y a la cual hemos profesado entrañable afecto”, escribía Rodríguez Marín. 

Y esa persona que en realidad ha existido es el propio Cervantes, que en la muerte de su héroe prefigura el tranquilo valor, la insuperable dignidad con que él mismo ha de encararse con la muerte. “Mi vida se va acabando, y al paso de las efemérides de mis pulsos, que a más tradar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida…” Así fue en vida como en muerte modelo de sus propias criaturas, pues no en balde la mejor obra, el más alto personaje de Cervantes, es Cervantes mismo” 

 

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