Lewis Mumford.

30 junio, 2016 § Deja un comentario

La editorial Pepitas de Calabaza, de simpatías libertarias, publicó recientemente La Ciudad en la Hïstoria, de Lewis Mumford.  El grueso volumen esconde tesoros que avalan la comprensión de la historia que deriva de ese anarcocatolicismo, al que hemos aludido a menudo aquí. No suele agradar ni a Tirios, ni a Troyanos, quiero decir ni a la mera derecha, ni a la mera izquierda. Marca de distinción y signo de verdad.

Aunque los hallazgos son muy profundos, para no entrar en honduras dejo un pasaje, al paso:

“La vida de la aldea está enclavada en la asociación primaria de nacimiento y lugar, sangre y suelo. Cada miembro de ella es un ser humano completo que desempeña todas las funciones apropiadas para cada fase de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, en alianza con las fuerzas naturales que venera y a las que somete, por más que llegue a tentarle la posibilidad de invocar poderes mágicos, a fin de controlarlos en beneficio del grupo. Antes de que la ciudad surgiera, la aldea ya había dado nacimiento al vecino, esto es, al que vive cerca, al que se puede llamar por la distancia a que se encuentra, el que comparte las crisis de la vida, vela a los que van a morir, llora a los muertos y participa con júbilo de la fiesta de bodas o el nacimiento de un niño. Los vecinos acuden presurosos en tu ayuda, según nos recuerda Hesíodo, en tanto que los mismos parientes “pierden el tiempo sobre sus arneses”.

El orden y la estabilidad de la aldea, junto con su abrazo e intimidad maternal y su unicidad con las fuerzas de la naturaleza fueron trasladados a la ciudad: si se pierden en el conjunto de la misma, debido al crecimiento excesivo de esta, subsisten no obstante en el barrio o el vecindario. Sin esta identificación y esta protección maternal dispensada por una comunidad, los jóvenes se desmoralizan; para ser exactos, su misma capacidad para hacerse plenamente humanos puede desaparecer, conjuntamente con la primera obligación del hombre neolítico: la promoción de la vida. Lo que hoy llamamos moralidad comenzó con las mores, con las costumbres conservadoras de la vida, propias de la aldea. Cuando estos vínculos primarios se disuelven, cuando la comunidad íntima y visible deja de estar identificable y profundamente preocupada, entonces el “nosotros” se convierte en un ruidoso enjambre de “yoes” y los vínculos y las lealtades secundarias se vuelven demasiado débiles para detener la desintegración de la comunidad urbana. Solo ahora, cunado los modos de vida aldeanos están desapareciendo rápidamente en el mundo entero, podemos estimar todo lo que les debe la ciudad en materia de energía vital y crianza amorosa, que hizo posible el desarrollo posterior del hombre” (Lewis Mumford)8082812_108156072062

A propósito de otro pasaje, de un texto tradicionalista, escribía el amigo J. Carlos Aguirre: “…ese gozne entre lo libertario y lo tradicional; acaso lo hispánico en estado puro”.

 

Caracteres

25 junio, 2016 § Deja un comentario

Caracteres, figuras o arquetipos…untitled.pnganaI

Tengo en mente a Tírtamo de Éreso, llamado primero Eufrasto y luego Teofrasto por su maestro Aristóteles, al que le unió una prolongada y profunda amistad.  Tanta estima le tuvo que a su muerte confió a Teofrasto – que éste es su nombre en la historia – la tutela de su hijo. También heredó su espléndida biblioteca junto a la escolarquía del Liceo. Alcanzaría más de ochenta y cinco años de vida, poblada de amigos y de un respetuoso prestigio, no es poco contando con la sombra magistral de Aristóteles.

Es autor de una abundantísima obra de la que se conservan apenas dos tratados relativos a la Botánica, ciento noventa fragmentos de diversa procedencia y distinta extensión y el opúsculo de los Caracteres. Aunque la cercanía al maestro de occidente tiñe la obra entera del de Éreso, Teofrasto no es un simple corifeo del estagirita. Pero es su opúsculo el que, por razones que no vienen al caso, siempre me ha interesado y el que ahora me servirá de referente y de imposible modelo.

El breve libro de los Caracteres consta de treinta breves capítulos, de índole tan singular en la tradición literaria griega que ha movido todo tipo de consideraciones. Nos atenemos a la hipótesis que sitúa este breve escrito en la atmósfera del análisis aristotélico del género cómico. Se sabe que Aristóteles compuso una segunda parte de su Poética, hoy perdida, que debió contener una estética de lo cómico, un estudio del ridículo o de lo risible. Allí se definía el género antagónico al género trágico. De la noción de ridículo formaba parte la imitación de personas inferiores. Esto no inhibirá una aproximación actual a este texto porque aunque nadie tolerará que hablemos hoy de personas superiores o inferiores, en cuanto personas, acaso sí en cuanto oradores, alfareros, tecnólogos, directores generales o albañiles, padres de familia o vecinos, presentadores de televisión o administradores… La risa en general y compartida – no sardónica, ni cínica, no soberbia o aislada -, la risa en el espacio de la representación de comedias jugaría un papel purificador de tensiones interiores, tumefacciones de la vida en sociedad en un momento de creciente individualización. Aliviadas las tensiones psicológicas por efecto de la carcajada, se pueden identificar y asumir las propias miserias y abrirse paso cierta adhesión a los que se ríen juntos. La comedia tiene un valor social conjuntivo, en absoluto es pues algo superfluo o irrelevante.

El breve esbozo de Teofrasto debió escribirse en torno al 319 a. C. cuando el autor rondaba los cincuenta. Entonces el gran discípulo de Aristóteles se permite describir a sus congéneres, clasificando sus temperamentos y caracteres. En el breve espacio de una página se ofrece a menudo el acabado diseño de una forma de ser. No hay sesudas reflexiones sobre la condición humana, sino una distante y sonriente descripción de las deformaciones de la misma. Jamás en un estilo impío o inmisericorde, sino con la intención de la caricatura. De hecho su efecto es – como decía – depurador y acentúa nuestra comprensión del prójimo, en cuyo espejo nos vemos.

No quiero, porque juzgo imposible, imitar la obra de Teofrasto. La imposibilidad deriva, según yo lo veo, de la explosiva atomización social sufrida por las sociedades inmersas en eso que confusa y oscuramente llamamos, con brevedad responsable, modernización. Hoy apenas hay tipos, no por una superabundancia de los mismos, fruto de la individualización, sino porque ésta significa de hecho la anulación de las formas de ser y poco importa que entendamos esta anulación como homogeneización indiferenciada de los individuos que, sumergidos en el agua regia de la modernización, quedan desnudos de toda idiosincrasia, de suerte que su carácter propio es el carácter de cualquiera o bien que entendamos, al modo nominalista, que sólo hay individuos ajenos enteramente unos a otros, de manera que la descripción de caracteres queda reducida a descripción de individuos. Son dos faces de lo mismo. Teofrasto escribe en medio de una sociedad que ha conocido la superación de la estructura clásica de las poleis relativamente autónomas, él mismo contribuye al proyecto imperial macedónico. Pero las poleis se sostuvieron sobre una organización de primer grado, antropológica, estrechamente vinculada a relaciones de parentesco y proximidad, algo que suele olvidarse en apresuradas comparaciones entre el mundo antiguo y el moderno. El demos, por ejemplo, fue siempre algo más que una unidad de adscripción administrativa. Y así siguió siendo cuando, bajo el imperio, la estructura política sobrepuesta a esta dimensión antropológica se viera hondamente afectada. En suma Teofrasto ha podido tener delante auténticos caracteres y yo tengo, ésta es mi estimación de partida, solamente fragmentos. La atomización moderna no ha sido meramente política, sino que ha calado hasta el sustrato mismo de la condición humana. Ante nuestros ojos tenemos únicamente temperamentos psicológicos que se esfuerzan a veces por fundirse en formas características, personas tomadas por tensiones que no puede liberar risa alguna.

Quisiera iniciar la representación de algunos caracteres, residuales y fragmentarios quizás, que he ido conociendo. Sin la habilidad de un Teofrasto, a veintitantos siglos de distancia. Sus referentes a menudo no están ya entre nosotros y en otros casos reproducen síntesis de numerosos individuos de carne y hueso… acaso finalmente me encuentre – como en el soneto borgiano – perfilado yo mismo. No se tome mi propósito, y esto es lo que tiene en común con la vieja intención cómica, de otro modo que como un juego.

Ante la cal de una pared que nada
nos veda imaginar como infinita
un hombre se ha sentado y premedita
trazar con rigurosa pincelada
en la blanca pared el mundo entero:
puertas, balanzas, tártaros, jacintos,
ángeles, bibliotecas, laberintos,
anclas, Uxmal, el infinito, el cero.
Puebla de formas la pared. La suerte,
que de curiosos dones no es avara,
le permite dar fin a su porfía.
En el preciso instante de la muerte
descubre que esa vasta algarabía
de líneas es la imagen de su cara.

(Borges, J. Luis. 1985)

Punto y aparte.

16 junio, 2016 § Deja un comentario

Tras un tiempo centrado en la gran figura de Gilbert Chesterton voy a hacer un punto y aparte. No lo pondré a un lado, su dimensión no lo permite, pero miraré a su través hacia otro lado. Pero antes de despedirme dejo un párrafo de los que indican la dirección por donde discurre, elemental, la vida. No hay que entenderla en términos psicológicos, sino como obra del mayor antropólogo de la vieja Europa.

“… La amargura de las penas de un chico no depende de que sean grandes; depende de que el que las sufre no sabe que son pequeñas. Sobre cada desastre temprano se cierne un sentimiento de irreparabilidad; un niño perdido puede sufrir tanto como un alma perdida.

Se oye decir a todas horas que la esperanza es cosa de la juventud; que presta a la juventud sus alas de mariposa. Sin embargo, yo me atrevo a pensar que es el último don que recibe el hombre; el único don que la juventud no recibe. Fundamentalmente, la juventud es la época en que todo hombre puede ser lírico, fanático, poético; pero es el período en que un hombre puede sentirse radicalmente desesperado. El fin de cada episodio es el fin del mundo. El poder de esperar pese a todo, y la noción de que el alma sobrevive a sus aventuras, esa gran inspiración no se recibe hasta la edad madura; Dios reserva el buen vino hasta entonces. Un día advertimos con asombro que es al caballero provecto a quien le han salido alas de mariposa en las espaldas. No hay cosa que más confunda a los jóvenes como la impenitente frivolidad de los viejos. Pero es que los viejos han descubierto que son indestructibles. Están viviendo su segunda y más clara niñez, y en el brillar de sus ojos revolotea alegremente una significación, porque ellos han visto el fin del Fin del Mundo.”

(G. K. C. Vida de Dickens)8143561 (2)

En el aniversario de G. K. Chesterton.

2 junio, 2016 § 2 comentarios

El próximo día 14 de junio, con ocasión del octogésimo aniversario del fallecimiento de Gilbert K. Chesterton, tendré el honor de presentar la figura del Magister Laetus y mi modesta consideración de la misma en el Ateneo de Madrid, Calle del Prado nº 21 – Sala Nueva Estafeta-. La cita es a las 19.00. Aunque mi capacidad de acogida no puede compararse con la del maestro inglés, puedo afirmar que todos seréis bienvenidos y quedaré muy agradecido de vuestra presencia.Chesterton en el Ateneo2
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