Caracteres

25 junio, 2016 § Deja un comentario

Caracteres, figuras o arquetipos…untitled.pnganaI

Tengo en mente a Tírtamo de Éreso, llamado primero Eufrasto y luego Teofrasto por su maestro Aristóteles, al que le unió una prolongada y profunda amistad.  Tanta estima le tuvo que a su muerte confió a Teofrasto – que éste es su nombre en la historia – la tutela de su hijo. También heredó su espléndida biblioteca junto a la escolarquía del Liceo. Alcanzaría más de ochenta y cinco años de vida, poblada de amigos y de un respetuoso prestigio, no es poco contando con la sombra magistral de Aristóteles.

Es autor de una abundantísima obra de la que se conservan apenas dos tratados relativos a la Botánica, ciento noventa fragmentos de diversa procedencia y distinta extensión y el opúsculo de los Caracteres. Aunque la cercanía al maestro de occidente tiñe la obra entera del de Éreso, Teofrasto no es un simple corifeo del estagirita. Pero es su opúsculo el que, por razones que no vienen al caso, siempre me ha interesado y el que ahora me servirá de referente y de imposible modelo.

El breve libro de los Caracteres consta de treinta breves capítulos, de índole tan singular en la tradición literaria griega que ha movido todo tipo de consideraciones. Nos atenemos a la hipótesis que sitúa este breve escrito en la atmósfera del análisis aristotélico del género cómico. Se sabe que Aristóteles compuso una segunda parte de su Poética, hoy perdida, que debió contener una estética de lo cómico, un estudio del ridículo o de lo risible. Allí se definía el género antagónico al género trágico. De la noción de ridículo formaba parte la imitación de personas inferiores. Esto no inhibirá una aproximación actual a este texto porque aunque nadie tolerará que hablemos hoy de personas superiores o inferiores, en cuanto personas, acaso sí en cuanto oradores, alfareros, tecnólogos, directores generales o albañiles, padres de familia o vecinos, presentadores de televisión o administradores… La risa en general y compartida – no sardónica, ni cínica, no soberbia o aislada -, la risa en el espacio de la representación de comedias jugaría un papel purificador de tensiones interiores, tumefacciones de la vida en sociedad en un momento de creciente individualización. Aliviadas las tensiones psicológicas por efecto de la carcajada, se pueden identificar y asumir las propias miserias y abrirse paso cierta adhesión a los que se ríen juntos. La comedia tiene un valor social conjuntivo, en absoluto es pues algo superfluo o irrelevante.

El breve esbozo de Teofrasto debió escribirse en torno al 319 a. C. cuando el autor rondaba los cincuenta. Entonces el gran discípulo de Aristóteles se permite describir a sus congéneres, clasificando sus temperamentos y caracteres. En el breve espacio de una página se ofrece a menudo el acabado diseño de una forma de ser. No hay sesudas reflexiones sobre la condición humana, sino una distante y sonriente descripción de las deformaciones de la misma. Jamás en un estilo impío o inmisericorde, sino con la intención de la caricatura. De hecho su efecto es – como decía – depurador y acentúa nuestra comprensión del prójimo, en cuyo espejo nos vemos.

No quiero, porque juzgo imposible, imitar la obra de Teofrasto. La imposibilidad deriva, según yo lo veo, de la explosiva atomización social sufrida por las sociedades inmersas en eso que confusa y oscuramente llamamos, con brevedad responsable, modernización. Hoy apenas hay tipos, no por una superabundancia de los mismos, fruto de la individualización, sino porque ésta significa de hecho la anulación de las formas de ser y poco importa que entendamos esta anulación como homogeneización indiferenciada de los individuos que, sumergidos en el agua regia de la modernización, quedan desnudos de toda idiosincrasia, de suerte que su carácter propio es el carácter de cualquiera o bien que entendamos, al modo nominalista, que sólo hay individuos ajenos enteramente unos a otros, de manera que la descripción de caracteres queda reducida a descripción de individuos. Son dos faces de lo mismo. Teofrasto escribe en medio de una sociedad que ha conocido la superación de la estructura clásica de las poleis relativamente autónomas, él mismo contribuye al proyecto imperial macedónico. Pero las poleis se sostuvieron sobre una organización de primer grado, antropológica, estrechamente vinculada a relaciones de parentesco y proximidad, algo que suele olvidarse en apresuradas comparaciones entre el mundo antiguo y el moderno. El demos, por ejemplo, fue siempre algo más que una unidad de adscripción administrativa. Y así siguió siendo cuando, bajo el imperio, la estructura política sobrepuesta a esta dimensión antropológica se viera hondamente afectada. En suma Teofrasto ha podido tener delante auténticos caracteres y yo tengo, ésta es mi estimación de partida, solamente fragmentos. La atomización moderna no ha sido meramente política, sino que ha calado hasta el sustrato mismo de la condición humana. Ante nuestros ojos tenemos únicamente temperamentos psicológicos que se esfuerzan a veces por fundirse en formas características, personas tomadas por tensiones que no puede liberar risa alguna.

Quisiera iniciar la representación de algunos caracteres, residuales y fragmentarios quizás, que he ido conociendo. Sin la habilidad de un Teofrasto, a veintitantos siglos de distancia. Sus referentes a menudo no están ya entre nosotros y en otros casos reproducen síntesis de numerosos individuos de carne y hueso… acaso finalmente me encuentre – como en el soneto borgiano – perfilado yo mismo. No se tome mi propósito, y esto es lo que tiene en común con la vieja intención cómica, de otro modo que como un juego.

Ante la cal de una pared que nada
nos veda imaginar como infinita
un hombre se ha sentado y premedita
trazar con rigurosa pincelada
en la blanca pared el mundo entero:
puertas, balanzas, tártaros, jacintos,
ángeles, bibliotecas, laberintos,
anclas, Uxmal, el infinito, el cero.
Puebla de formas la pared. La suerte,
que de curiosos dones no es avara,
le permite dar fin a su porfía.
En el preciso instante de la muerte
descubre que esa vasta algarabía
de líneas es la imagen de su cara.

(Borges, J. Luis. 1985)

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