Crónica de dos días ingleses. I.

7 agosto, 2016 § Deja un comentario

En 2014 nos reunimos en el centro de Madrid para conversar sobre G. K. Chesterton, con motivo de su aniversario. Éramos tan sólo un grupo mínimo de amigos, la tarde fue estupenda y me regaló – entre otras muchas cosas – el encuentro con un hondo conocedor de la figura del maestro inglés. Desde entonces supe de él a través de terceros que, finalmente, me hicieron llegar su invitación para visitar Inglaterra en un peregrinaje por los lugares chestertonianos. No podía rechazar una invitación semejante: no sólo por mi admiración por el magister laetus, sino por la figura misma del que se me ofrecía como anfitrión.

El Padre GabriSheffield Terrace. Chesterton nacimientoel me esperó finalmente el día 27 de julio en la estación de Hammersmith a la que lPlaca nacimiento Chestertonlegué algo desorientado por los efectos del orfidal, con el que trato de combatir mi miedo a volar. Larga barba gris y rostro amable, me condujo en un fluido inglés a las primeras paradas de un minucioso recorrido que conocía al detalle. Esa misma tarde visitamos la casa natal de G. Keith Chesterton y a continuación la Iglesia de San Jorge, en que fue recibido en la Iglesia anglicana, la misma frente a la cual se alzó la torre del agua, que el magister evoca en su autobiografía.

Las detalladas observaciones del P. Gabriel empezaron a mostrar como la ciudad se ha ido deshaciendo de su viejo vestido para hacerse uno que pareciera tan viejo como el anterior. Su diatriba contra las innecesarias restauraciones, que pronto me recordaron los fundados presagios de William Morris, acertaba constantemente en los detalles. Un pomo de aluminio, una lámpara de acero inoxidable en una madera falsamente envejecida, con lijas o ácidos, y los nuevos edificios elevados por un capital extranjero, es decir, ajeno a la entraña vital de la ciudad. Mi anfitrión se dolía por la ciudad como un londinense que hubiera vivido allí desde el siglo XIII. Sus observaciones y el modo en que se detallaban permitieron que este español irredento apreciara los profundos valores de ese pueblo sentimental y lamentara verdaderamente la reciente inflexión destructiva del moderno afán de construcción y reconstrucción que también afecta a la capital inglesa, a la vez vanguardia de la modernidad y frágil baluarte contra la modernización.

Una enjalbegada casa de blanco impoluto, con un breve pórtico sobre dos pilares, llevaba la breve placa que la señalaba como casa natal de Gilbert K. Chesterton. La puerta ostenta como signos terribles unos pomos de acero rutilante. Unas lámparas geométricas de inspiración minimalista iluminaban, pese a todo, la entrada.St. George

 El día perdía sus horas a velocidad creciente. La iglesia de St. George en Campden Hill estaba cerrada, pero pude contemplar su hermosa envoltura victoriana. Frente a la iglesia se alzó, como decía, la Torre del Agua donde hoy se eleva un gran edificio del pasado siglo, que no merece comentario alguno. Con la noche entrada pudimos sentarnos ante las primeras cervezas – siempre las extraordinarias ale inglesas – y una poco ascética cena en un pub de Clapham. Recordé a mi guía que era mi cumpleaños y eso me daba derecho a pagar la cena. No protestó y se guardó la primera asombrosa casualidad de una serie que parece indudablemente inspirada. Luego fue dormir un sueño denso acunado por el ansiolítico empapado en cerveza.  A las siete el Padre oficiaba misa en la parroquia de San Beda y allí nos encontramos la mañana siguiente.

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