Crónica de dos días ingleses. II.

7 agosto, 2016 § Deja un comentario

St. BedeLa mañana comenzó a las siete, con misa en la St. Bede´s Catholic Church, tras de lo cual partimos en un recorrido intenso y memorable tras los pasos de Gilbert Chesterton. Recorrí Fleet Street en actitud conmemorativa. El centro germinal del viejo Londres, los Courts del área del Temple, en el entorno del palacio de justicia, centros de la abogacía, desprenden una parsimonia claustral cuyo centro ardiente es la Temple Church.TempleChurchLondon_opt Es asombrosa la lograda yuxtaposición de la actividad de la gran ciudad y la calma propia del retiro del mundo, un contraste no contradictorio que define mi breve experiencia de la ciudad. Juicio sumarísimo y subjetivo, sin duda, y que tiene tras de sí el ascendiente del gran transeúnte de esa populosa calle. En su nombre nos detuvimos en El Vino, uno de El Vino. Fleet Streetlos lugares en que a menudo presentó su persona, y brindamos con vino español. El día estuvo salpicado de vino y cerveza en actitud reverencial.

Tras deambular con la debida lentitud por los patios ajardinados, que a primera vista no parecen avenirse bien con el gremio de los juristas, rodeamos la Temple Church para contemplar a varios jóvenes de pelucón empolvado celebrando probablemente su graduación. Me duele decir que su ademán y su figura eran contrarios a los espamódicos gestos de nuestras ampulosas pero vanas graduaciones escolares. Edificios multiseculares, la mayor parte del siglo XVII, evocaron, no por primera ni última vez, la palabra inglesa que designa su rasgo determinante y para la que la traducción española es insuficiente: cosy.

“Este confort, pues, es algo abstracto: es un principio. Los pobres de Inglaterra cierran herméticamente puertas y ventanas, hasta que sus habitaciones despiden vaho como mazmorras. Se sacrifican por una idea. A nadie incitado por el mero hedonismo animal se le ocurriría ponerse a soñar, como los ingleses, con fiestas invernales y espacio reducido; antes soñaría con saborear frutas deliciosas en soleados y anchurosos jardines. El que es movido por la pura sensualidad, lo que apetece es dar gusto por igual a todos los sentidos. Pero a nuestros sueños es esencial ese fondo oscuro hecho de peligros; el mayor placer que somos capaces de imaginar es un placer que desafía las amenazas y nos sentimos felices al sentirnos acorralados. Cierto, el término confort no es el apropiado: le alcanza el desprestigio de lo puramente sensual. El término que mejor le conviene es cosiness, vocablo intraducible. Al menos uno de los elementos que entran en el concepto es el gusto por lo reducido, con preferencia a lo amplio, el amor a lo que es pequeño por la pequeñez misma.  El que quiere ponerse alegre necesita un agradable cuarto de estar; no daría dos perras gordas por todo un continente delicioso.  Pero en estos tiempos de dificultades se ha hecho necesario luchar por más espacio. En lugar de apetecer más cerveza o un pedazo mayor de tarta de Navidad, sentimos hambre de más aire; lo que es un apetito igualmente sensual. En condiciones anormales, no es improcedente esa apetencia; nada conviene mejor a gente nerviosa que la estepa ilimitada. Pero nuestros padres se sentían con suficiente capacidad vital, y con bastante salud, para humanizar las cosas; el que fuesen o no higiénicas, no les importaba para nada. Eran tan grandes, que podían meterse en cuartos pequeños” (G.K. C. Vida de Dickens)

Mi magnífico anfitrión está dotado de una capacidad casi somática para detectar el fraude. Aquí y allá me señaló cada falsificación, como un campeón de la verdad también in artibus et constructione. La regularidad en los junquillos de un ventanal, el color brillante sin esplendor de un material envejecido de serie, la excesivamente real aspereza de un piedra abrasada por el ácido químico y no derrotada por el corrosivo dolor de los años… signos inequívocos de un fraude a gran escala. Patentes como gigantescos molinos de viento, nuevas edificaciones metálicas y acristaladas se le aparecían en su figura real de monstruos de una demoníaca maquinaria.Temple Courts

En este centro de la populosa Londres, abrazados por edificios sencillos de tiempos habitables, comimos moras directamente de un árbol que ofrecía sus frutos generosamente. La figura del sacerdote engolosinado con lascivia inocente por los pequeños frutos púrpura constituyó por un breve instante un símbolo asombroso.

Nos devolvimos a la amplia Fleet Street y ascendimos por Ludgate Hill. Al pasar por el lado opuesto pudimos observar el lugar al que regresaríamos para comer: Ye Olde Ye old Cheshire cheeseCheshire Cheese, cuyo emblema – éste es título que merecen los carteles de estos pubs ingleses – indicaba con una humilde consistencia: rebuilt 1667.

St. PaulAscendiendo la colina se abre paso la imponente cúpula de St. Paul, emblema intemporal de La esfera y la cruz. La luciferina máquina sobrevuela aquella cúpula, al inicio de la narración, permitiendo que el protagonista caiga hasta la galería que la circunda. En alguna de aquellas esquinas se ubicó una conocida librería atea… la mayor construcción cristiana, tras S. Pedro, resulta imponente pero es también signo de una Cristiandad desmembrada… y tomada de turistas.

Regresamos por viejas calle, detenidas en su hermosa antigüedad, para desembocar nuevamente en Fleet Street. Nuestro horario mediterráneo se aviene mal con los hábitos del norte, pero siempre encontramos algo que comer a hora apropiada. No me parece cierto que la comida inglesa no sea apetecible y saludable como también lo es la nuestra, simplemente los rigores del calor son otros que los del frío. Acabamos yendo a parar a un rincón memorable.

“Estaba sin blanca, solo diez chelines en el bolsillo. Dejé a mi mujer preocupada, bajé a Fleet Street, me afeité y fui después al Cheshire Cheese, donde pedí una gran comida compuesta por mis platos favoritos y una botella de vino. Me costó todo lo que tenía, pero así pude ir a ver a mis editores fortalecido. Les dije que quería escribir un libro y perfilé la historia de El Napoleón de Notting Hill. Y añadí: “He de contar con veinte libras antes de empezar”… y me las dieron”

Recuerda Maisie Ward que en, referencia a este episodio, el magister habría dicho:

“What a fool a man is, when he comes to the last ditch, not to spend the last farthing to satisfy the inner man before he goes out to fight a battle with wits”

Yo creía estar lejos de una situación tan angustiosa pero siempre en necesario fortalecer el hombre interior para la terrible batalla. Entramos en el Cheshire Cheese. El establecimiento mantiene la soberbia estructura de la época de su reconstrucción, tras el incendio que asoló la ciudad a fines del XVII. Pero sobre todo conserva buena parte de su superestructura, esa atmósfera sin la cual no tiene sentido ninguna infraestructura. El espectáculo que esconde en su interior no es el de un orden fosilizado, sino el de la vida activa y plena del Londres de la primera modernidad, todavía saturado de viejas maderas, sillas de cuero bien curtido, chimeneas, y mesas de madera de roble. Sin duda había recibido las imprescindibles reparaciones, pero el rincón que descubrimos a la entrada del salón, parapetado y amable, mantenía un aire intacto desde hacía siglos. Alentaba un espíritu real de verdadera densidad antropológica. El nombre que esa esquina tiene, me presentó nuevamente la hermosa palabra inglesa: Cosy Corner.

Bebimos, comimos y agradecí profundamente una mañana de maravillosos hallazgos.

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