Crónica de dos días ingleses. III.

7 agosto, 2016 § Deja un comentario

Abandoné el acogedor rincón a mi pesar y nos trasladamos a otro punto – nunca muy alejado – de la ciudad. Jamás cesaron las indicaciones y comentarios de mi anfitrión, capaces de hacerme creer por un instante que podía llegar a conocer, siquiera someramente, aquella enorme ciudad tentacular. Sus palabras sí pudieron trasmitirme una verdadera devoción por la delicadeza de una civilización mayor, entendí algo quizás básico de la vieja Inglaterra, perdida en el laberinto geométrico del mundo moderno. Inglaterra desencadenó una tormenta de productividad asombrosa que ha asolado la tierra con su aterradora potencia constructiva. El hombre moderno, dice Gómez Dávila, destruye más cuando construye que cuando destruye. Pero esa prioridad ha permitido a Inglaterra erigir el parapeto suficiente para conservar, siempre a la defensiva, pequeños baluartes del viejo orden. ¿No es algo semejante lo que señala la cosiness? ¿no ha sido la Inglaterra rural y conservadora la que ha decidido abandonar esta Europa meramente económica y técnica?.

Tomamos el autobús, que nos dejó en las inmediaciones de Trafalgar Square. Ese Londres imperial no pudo resultarme agradable, aunque impresiona por su mera dimensión. La impresión es, sin embargo, superficial porque deriva del número. Pero una vez que Trafalgar Square quedó a la espalda entramos en un jardín de leyenda. The Mall tiene todo el aspecto del imperialismo comercial pero, dejado a un lado, caminamos un breve trecho por la Horse Guard Rd. y paseamos apaciblemente por uno de los maravillosos jardines ingleses, el St. James Park. Encomendado a mi guía dócilmente, ignoraba a dónde nos dirigíamos, pero la misma belleza del lugar me pareció razón suficiente para estar allí. Desde el peimage38343623queño puente que atraviesa el lago, el perfil de la ciudad parecía el de un lugar fantástico extraído de los cuentos de las mil y una noches. Cúpulas, tejados afilados, torres con la cruz en el ápice, superpuestas, abundantes, silenciosas. Del otro lado Buckingham PalaceSt-James-Park-St-James-Palace

En este punto, me informó mi guía, Gilbert le pidió matrimonio a Frances Blogg. Ella debió comprender inmediatamente lo que le estaba ofreciendo, él sabía con exactitud lo que estaba pidiendo.

“Sucedió en St. James Park, donde están los patos y el puentecito mencionado nada menos que en una obra tan autorizada como es el Ensayo sobre los puentes de Mr. Belloc, autor que tengo que citar una vez más. (…) Recuerdo que atravesé ese puente con una inmerecida seguridad y tal vez lo hice influido por mi temprana visión romántica del puente que conducía a la torre de la princesa, pero puedo asegurar a mi amigo, el autor, que el puente de St. James Park puede asustarte mucho” (G. K. C.)

Salimos del realísimo jardín de ensueño y nos dirigimos a un nuevo objetivo. La conversación se veía interrumpida por gestos de común asentimiento que hacían poco necesarias las palabras, sobre todo cuando fortalecíamos nuestro caminar con una nueva libación.

No recuerdo cómo me encontré nuevamente en camino tras visitar uno o dos pubs de recién simulada ancianidad, cuyo nombre he olvidado acaso debido a su esfuerzo por no resultar memorables. Parecíamos salir de la ciudad, pero la ciudad es inmensa. El metro nos dejó en otro apacible lugar. Descendimos en Turnham Green y apareció esa característica forma de convivencia inglesa consistente en hermosas casas juntas, pero no inmediatas. Nos encontrábamos en Bedford Park, muy cerca de cuyo margen se encuentra la vieja casa de la familia Blogg. Pensé en el número de veces en que ambos o, al menos, el magister habría recalado en The Tabard, un hermoso pub adyacente.

“… atardecía, y creo que fue entonces cuando vi, más allá de aquel paisaje gris, como un jirón de nube roja del crepúsculo, el peculiar y artificial pueblo de Bedford Park. Como he dicho, resulta difícil explicar lo que había de fantástico en lo que hoy resulta tan familiar. Esa especie de extravagancia prefabricada apenas resulta hoy extravagante, pero en aquel momento era incluso exótica. Bedford Park parecía lo que en cierto modo pretendía ser: un barrio de artistas casi extraterrestres, un refugio para poetas y pintores perseguidos, que permanecerían ocultos en sus catacumbas de obra vista o agonizantes tras su barricadas de obra vista cuando el mundo intentara conquista Bedford Park. En ese sentido, en cierto modo absurdo, es más bien Bedford Park el que ha conquistado el mundo. Hoy son las casas modelo, los ayuntamientos, las tiendas de artesanía; mañana que yo serpa, serán las prisiones, los hospicios y los manicomios los que presenten (por fuera) ese mínimo de pintoresquismo que entonces se consideraba la pose ridícula de los adictos a pintar cuadros. Si al oficinsta de Clapham le hubieran regalado una de aquellas casas fantásticas, podría haber creído que la casa de cuento de hadas era realmente una casa de locos” (G. K. C.)

En esa casa de locos había un club de debate con iniciales IDK (I don´t know) con cuya secretaria se encontraría en el puente de St. James Park, tras numerosas visitas a la casa de Bedford. El parque, a unos metros de la casa,  posee un curioso color azafranado que serviría de inspiración para el Saffron Park de El hombre que fue jueves. De aquella extravagancia de artistas queda un barrio tradicional y luminoso con alguna vidriera de sutil atrevimiento.

Lo recorrimos con calma, menudeando consideraciones sobre la resistencia que puede oponerse, en el ámbito de cada vida, al oleaje poderoso de la actualidad. No sería justo llamarlo “nuestro tiempo” porque caminábamos no sólo enteramente ajenos, sino enfrentados al curso del mundo, aunque nuestro modo de oposición posee el estilo de una parsimonia despreocupada, consciente de su inexorable derrota en el tiempo.

20160729_090211Al regresar nos detuvimos ante la fachada de las Overstrand Mansions, en Battersea, en cuyo número 60 se encuentra el piso que ocupara el matrimonio Chesterton-Blogg durante años, a poca distancia de la casa de H. Belloc, que se encontraba al otro lado del río, en Cheyne Walk.  En algún punto entre ambas había un lugar – según figura en un plano dibujado a mano por el magister – señalado con la misteriosa inscripción: good beer. 

Otro lento deambular por Battersea Park, frente al que fuera domicilio londinense de los Chesterton durante años… Cansado pero entusiasmado, retornamos al mismo pub que la noche anterior. En Clapham, con un simpático camarero que se esforzó por expresarse en español. El día siguiente escondía pequeñas maravillas que ya anticipaba con entusiasmo. Quise invitar a cenar a mi anfitrión, pero si mi cumpleaños fue el día anterior, esa noche celebramos el cumpleaños del P. Gabriel. Le cedí el puesto y festejamos el aniversario como suele hacerlo la gente de bien.

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