Crónica de dos días ingleses. V. Beaconsfield. Y una coda.

10 agosto, 2016 § 3 comentarios

GUSTAVO BUENO. CATÓLICO ATEO. IN MEMORIAM.

“Después de casarnos mi esposa y yo vivimos durante un año aproximadamente en Kensington, el barrio de mi infancia, pero creo que los dos sabíamos que aquel no era el auténtico lugar de nuestra residencia. Recuerdo que un día decidimos salir a dar una vuelta, como una especie de segunda luna de miel y emprendimos un viaje al vacío, un viaje deliberadamente sin destino. Vi pasar un autobús con el letrero “Hanwell” y como sentí que era un presagio apropiado, subimos a él y nos bajamos en una estación perdida en la que pregunté al hombre de la taquilla adónde se dirigía el próximo tren. Me respondió con un pedante. “¿Dónde quieren ir?”. Yo le respondí con un profundo y filosófico: “Donde vaya el próximo tren”. Parece que iba a Slough, lo que puede considerarse un gusto muy particular, incluso para un tren. No obstante, fuimos a Slough y desde allí emprendimos la marcha a pie sin la más mínima idea de adónde íbamos. Atravesamos un tranquilo y amplio cruce de caminos en una especie de pueblo y nos detuvimos en una posada llamada “El Ciervo Blanco”. Preguntamos cómo se llamaba aquel lugar y nos contestaron que Beaconsfield, así que nos dijimos el uno al otro: “En un lugar así tenderemos nuestra casa algún día”. “ (G. K. C.)

Salimos mediada la mañana, desde Holland Park en dirección a Beaconsfield. La localidad que se divide en el viejo y el nuevo Beaconsfield, cuyo crecimiento ya pudo contemplar Chesterton, es hoy una área residencial soberbiamente rica pero, de nuevo, capaz de albergar una atmósfera de austera realidad.

Buscamos reconstruir la ruta desde la estación a la casa de los Chesterton. Bajamos una pequeña loma próxima al lugar en que se erigió el nuevo hotel del nuevo Beaconsfield, hoy 20160729_130855 (2)el lugar es ocupado por un novísimo supermercado. Al final de la misma un aparcamiento y la estación de ferrocarril. Una estación sin lustre especial, en un lugar de abundante vegetación, a cierta distancia hasta los meadows, los prados que se encontraban en el entorno del viejo pueblo, en cuyo alto se situaría la casa de los Chesterton: Top Medaow. Merodeamos en torno a la estación cuando un auténtico gentleman se dirigió a nosotros, en términos amables pero inquisitivos. Nos preguntó si esperábamos a alguien.

– No, le informamos, estamos interesados en la figura de un vecino ilustre del lugar: Gilbert Chesterton.

El caballero sonrió.20160729_131036 (2)

– Claro, Chesterton – dijo – El hombre que  fue jueves.

– ¿Le conoce?, preguntó el sacerdote

– Por supuesto, dijo, yo soy lunes. Y nos enseñó una pequeña placa con su nom20160729_132629 (2)bre.

En efecto, R. Monday es el jefe de estación de Beaconsfield. Con una amabilidad local y característica nos invitó a pasar y nos ofreció una serie de libros sobre la estación y su historia, que fotografiamos abundantemente. Conocimos así el estado de la villa a comienzos de siglo, incluso la nómina de posadas y pubs de las cercanías. En una de las imágenes un puñado de vacas recorrían las calles de la localidad, dotadas de 20160729_133127 (2)la gravedad y parsimonia de un sabio gentilhombre. Notamos que la vegetación, hoy agreste, apenas existía a comienzos de siglo. Conjeturamos que la labor del campo mantiene a raya su  crecimiento. El campo cuidado no tolera la presencia de árboles y setos indomeñables. Es la diferencia entre el pagus y el saltus.  La naturaleza sin desbastar, que tanto atrae a la gente de ciudad para tomarla a distancia en fotografía, es un producto de sociedades sin campesinos. Agradecimos a Lunes su amabilísima acogida y nos dirigimos al viejo Beaconsfield.

En el cru20160729_143736ce de caminos, convertido hoy en una amplia glorieta, pudimos ver la vieja posada El Ciervo Blanco, pero buscábamos otra cosa. Nos detuvimos frente a un hermoso monumento en memoria de los caídos en la primera gran guerra. Aquel pequeño recuerdo en piedra estaba rematado con una luz constantemente visible sobre un crucifijo. Recordé las dificultades que señala el magister en relación al crucifijo y sus disquisiciones relativas a la diferencia entre la abstracta cruz y el Cristo crucificado. Entendí que se trataba del monumento promovido por los vecinos de Beaconsfield, y por G. K. Chesterton en particular, en memoria de sus caídos.

Nos dirigimos luego al Ciervo Blanco, el lugar (Inn) en que se alojaron los Chesterton en su20160729_143318 primera noche en la localidad.  El Padre Gabriel lo conoció años atrás, con sus viejas vigas intactas y su suelo irregular y gastado. Hoy ha sido no ya reparado, sino parcialmente renovado. Aunque mantiene su forma general, la renovación ha viciado su índole de vieja posada en un cruce de caminos, el carácter de su acogida es ya excesivamente profesional. No nos detuvimos a comer, el padre conocía en las proximidades un lugar que se manifestaría verdaderamente excepcional.

Pero todavía nos quedaba el centro del laberinto, el corazón vivo de la vida y la obra del maestro inglés. La iglesia y el hogar. En el entorno próximo al cruce de caminos, que señala 20160729_135501el centro del viejo Beaconsfield, se encontraban una serie de prados rematados en una pequeña loma. Allí se alza la que fuera la casa del magister. A un lado de la calle Overroads, al otro Top Medaow. De una a otra, tan solo unos metros. La casa definitiva creció a partir de un amplio estudio hoy adjunto a un edificio mayor que, además, parece haber sido nuevamente reampliado por propietarios posteriores. El magister cruzaría el camino 20160729_135836para dirigirse a ese amplio estudio, que hoy resulta pequeño en comparación con las enormes residencias del entorno. Finalmente instalados en Top Medaow el estudio figura como una edificación adjunta, con una pequeña puerta a un jardín proporcionado, concreto, amable. Una puerta de muy bella factura llama la atención por su escasa altura. Es visible una gran chimenea y se adivina un espacio posterior rdetalleecogido y secreto.

Y junto al hogar, la comunidad de familias: la Iglesia, a cuya construcción contribuyó el escritor y que hoy acoge a la pequeña población20160729_115253 (2) de católicos de Beaconsfield. Es una obra reciente, un edificio moderno pero ajeno a la vanguardia.Contiene formas de belleza, aunque menos magníficas, tan reales como las que fueron posibles en otros tiempos. La Iglesia de Santa Teresa, cuya 20160729_121436 (2)efigie donada por Chesterton se encuentra en un lugar visible del templo, ofrece unas hermosas vidrieras, tributo de sus fieles. Entre ellos, naturalmente Frances y Gilbert, cuya vidriera en honor a San Francisco me pareció espléndida. Un precioso órgano reciente y una amplia vidriera central de una belleza también superior a la habitual, junto a una capilla bautismal definen un espacio de magnífica austeridad y calma, con una belleza reconfortante, extraña a la piedra de las grandes obras del pasado, pero – como muestra su patente presencia – todavía posible entre nosotros. La imagen de Santa Teresa es un foco de atracción, que no es posible ignorar. La talla no es de un arte asombrosvidriera san Fcoo, es sencilla, elemental, doméstica pero esto, precisamente, la aproxima convirtiéndola en eslabón entre la casa y la Iglesia. En nuestras casas ya no hay motivos cristianos: ni imágenes, ni cristos, ni rosarios… menos aún esas viejas figuras que transitaban entre generaciones cumpliendo también la función pagana de los viejos dioses lares. Ante esa figura rezó el magister en el interi20160729_120623 (2)or de su casa, una casa cuya posterioridad quedó detenida pero, a la vez, ampliada a través de la iglesia universal. Ahora podía repetir el gesto de doméstica devoción de los Chesterton ante la figura que les sirvió de medio. En un gesto procedente de un español irredento me incliné ante la Señora de la Vieja Inglaterra, la Virgen de Walsingham, que ocupa una breve capilla junto a Santa Teresa.

Al entorno respondieron las personas. El Padre Francis Higgins, párroco de Santa Teresa, nos trató con una amabilidad sin distancias, plena y no solamente cortés, dándonos acceso a lo que, para los dos caminantes hispanos, no podía dejar de ser un auténtico tesoro. Las cosas y los libros de Gilbert Chesterton no resultan accesibles, lejos todavía de ofrecerse al público y lejos de la Iglesia de Beaconsfield, pero allí se conserva un importante número de libros que fueran propiedad de Dorothy Collins, no sólo secretaría eficaz, sino casi una hija capaz de culminar la familia que los Chesterton no pudieron formar. Los tres comparten sepultura en el cementerio de Beaconsfield. El Padre Higgins nos condu20160729_123516 (2)jo a un soleada habitación en que se conservan los libros de Dorothy. Dedicatorias del magister y obras que le fueron a él dedicadas. Un poema de G. K. C. para D. Collins en la portada de The Christendom in Dublin que, por suponer inédito, no dejaré aquí. Una sucinta frase de G. Bernard Shaw en una polémica cuyos ecos se conservan en el silencio de las páginas. Una nota de agradecimiento a D. Collins de la mano de H. U. von Balthasar. Fueron hallazgos súbitos como relámpagos que apenas duraron unos minutos. Entre todos, uno me resultó un delicado regalo. En los pocos minutos que pudimos estar en aquella sala, sin resultar molestos, llegó a nuestras manos un ejemplar de La Isla del Tesoro, que debió pertenecer al magister porque, junto al Ex Libris, aparecía la dedicatoria del propio R. L. Steven20160729_124217 (2)son. Finalmente había pasado a manos de D. Collins y ahora estaba entre las nuestras.  Fueron unos minutos de los que no puedo ofrecer una imagen adecuada.

Salimos de allí con un ánimo algo exaltado. El Padre H20160729_123325 (2)iggins nos llevó al jardín para mostrarnos la lápida que, obra de Eric Gill, había sido trasladada del cementerio a la Iglesia para evitar, al parecer, su deterioro. Sin embargo, la protección que se le ofrecía no nos pareció suficiente. La pieza que la sustituye es indudablemente de menor calidad. Sobre la vida de E. Gill y las razones de ese traslado se han elaborado algunas conjeturas sobre las que especulamos unos minutos, una vez que abandonamos la Iglesia de Santa Teresa. Otra casualidad resultó que el día siguiente se celebrara la sexta peregrinación anual en honor de G. K. C. Nos habíamos adelantado un día.

Salimos de allí con la sensación de estar siendo llevados. Nos dejamos conducir al cementerio de la localidad, donde descansa la familia Chesterton. No sé describir ese espacio silencioso pero abundantemente poblado de presencias señaladas. Recordé la manida imagen platónica, el cuerpo es tumba del alma al modo en que la tumba – marcada sobre la tierra – es signo que indica la oculta presencia de un cuerpo.  En suma, el cuerpo es signo del alma. El Padre Gabriel me hizo reparar en los dos pies que la tumba del magister 20160729_170758 (2)excede de las que le están alineadas. No hay lápida, un sencillo recubrimiento de grava, sobre el que alguien había dejado una vela y una pequeña estampa en la que el gran escritor se inclina levemente para recibir la flor que le extiende una niña. La fotografía es muy conocida. El Padre la recogió y me la ofreció, yo no me habría atrevido a retirarla. La conservaré como otro presente inspirado. Mantuvimos silencio y cada uno ofreció al silencio sus palabras, con la esperanza más o menos firme de que fueran escuchadas.

Salí de allí radical y vitálmente agradecido, agradecido por esos dos días, por la compañía de tan generoso anfitrión, pero el agradecimiento se extendía sin solución de continuidad a la luz de una día soberbio, al olor húmedo del aire, a mis ojos que me dejan ver y al corazón que late en silencio en el interior del pecho, agradecido por la existencia de todo lo existente.

El día no había acabado y buscamos el lugar donde comer. Había encontrado y encontraría mucho más que el alimento, pero también el alimento iba a ser una bendición. No recuerdo el nombre del lugar, próximo a Beaconsfield, pero el nombre olvidado lo envuelve aún más en la sombra y contribuye a la idealización. Tal como recuerdo el lugar, en mitad de un campo de un verde exacto, rodeado de árboles imponentes y frente a un lago, era una pequeña población de cottages, pequeñas casas de campo de ladrillo inglés, es decir, rojo y cobrizo hasta parecer ardiente bajo el sol. La fecha de construcción estaba en ocasiones indicada, comienzos del siglo XVIII. El suelo no conocía el asfalto. Caminamos. A un lado, una de estas pequeñas casas aparecía colmada hasta las tejas de libros viejos. Más adelante un pub cuyo nombre tampoco recuerdo, le llamaré Red Lion, no me pregunten por qué. El sitio estaba gloriosamente intacto. No hice fotografías, acepté el regalo tal como se me ofrecía y ahora lo agradezco, nada más. La barra de madera tallada y el suelo espigado de listones de madera, el techo bajo y las vigas de roble. Amplio con mesas sólidas como montañas y viejas como montañas. Nuevamente las personas respondían al entorno, me limitaré a decir que escuché hablar inglés con la actitud flemática que solía atribuirse a los ingleses, con voz potente y dicción asombrosa. Comimos la más elemental comida, regada con cerveza inglesa. Me costó mucho alejarme de aquel lugar, en un maravilloso jardín en torno al lugar se empezaban a reunir los parroquianos, silenciosos, en torno a robustas mesas redondas, para beber y mirar todo lo digno de ser mirado, las mirabilia cotidianas. El Padre tuvo que tirar de mí, pero me llevó a otro lugar donde encerrarse. La casa atestada de libros viejos. Entramos, buscamos, abrimos libros polvorientos. Precios de saldo para tesoros impagables. Apenas pude llevarme un puñado, entre ellos una hermosa edición de The Pilgrim´s Progress, de Bunyan y una pequeña, pero preciosa, de The Mercy of Allah, de Belloc. Pero allí se escondía un mundo suficiente, ideé mi continuo trajinar del pub a la librería el resto de mis años.

Pero fue un suspiro. Salimos hacia el aeropuerto con el tiempo exacto. Un abrazo selló nuestra despedida, pero estos días que el Padre Gabriel me ha regalado crecerán hasta formar una pequeña eternidad. Gracias.

CODA TRISTE Y PERSONAL.

Mientras escribía esta última crónica de mis dos días ingleses, como un último accidente plenamente significativo y asociado a esta peregrinación, me asaltó una noticia fatal pero terrible. Recibí un mensaje de mi hermana mientras escribía, una nota breve y desoladora: “Ha muerto Gustavo Bueno”.

No es fácil resumir el peso de la figura  y la obra de Bueno sobre mis días, como tampoco otorgar valor a esa gravedad. Para bien o para mal, la lectura parcial de su obra ha sido fundamental para mi formación. Para mi formación siempre en un sentido positivo, porque en absoluto puede achacarse a esa lectura mi falta de formación o, lo que es peor, mi mala formación, mi deformación. Debo mencionar con agradecimiento al mediador de ese conocimiento, el profesor Juan Bautista Fuentes.

Yo era un joven de diecinueve o veinte años, cuando estreché por vez primera la mano de Gustavo Bueno. Fue en un congreso sobre pacifismo y filosofía, o algo así, que tenía lugar en el edificio B de la facultad de Filosofía de la UCM. Entre una y otra ponencias Bueno se dirigió a un pequeño grupo de jóvenes estudiantes, sabiendo que nuestra comprensión del asunto era poco más que ninguna, y fue, como siempre ha sido, irónico pero cordial, cáustico pero próximo…  Al año siguiente pude escucharle en el paraninfo de la Facultad de Filosofía de la misma universidad, en la que yo pasaba mis días, en un Congreso organizado por la revista META; era el año 1989. De entonces a hoy han sido muchos los encuentros, algunos memorables, otros fugaces, siempre fueron para mí preñados de sentido. Asistí al sepelio y ceremonia que tuvo lugar el día 8 del corriente para sellar el vínculo que para mí se abrió a finales de los años ochenta. Han corrido casi treinta años.

Con el maestro solemos repetir un tópico según el cual pensar es pensar contra alguien. Yo lo he repetido y lo repito a menudo, siguiendo con la preciosa imagen del Laocoonte sin serpientes…  Pero no sólo pensar es siempre pensar contra alguien, sino también con alguien. La filosofía se construye en una tradición en la que templa su armas, aun cuando no sea fácil determinar en cada caso cuáles sean los elementos de esa tradición presentes en el curso de un debate, en la escritura de un ensayo, en la expresión de un razonamiento. En mi humilde caso la parcial pero lenta lectura de la obra de Bueno está presente en cuanto escribo, en ella se trasfunde un enorme bagaje del que uno no siempre es consciente. Por lo demás esa presencia de la obra de Bueno en mi modo de pensar y en mis escasos textos resultará – como aceptaré con facilidad – insuficiente y discutible. Para resumir, diría que pienso con Bueno. Ahora bien, con Bueno pero también contra Bueno.

Se aceptará, creo, con escasas objeciones que la obra no es unívoca y caben diversas interpretaciones. En el modelo estándar se dibujará una ortodoxia y diversas heterodoxias que pujen por erigirse en versión correcta, cabría pensar en una ortodoxia sin objeciones, ni matices, pero como un caso límite asociado a un despliegue institucional poderoso capaz de reducir al silencio cualquier comentario diverso. ¿No sería contrario a la índole del maestro y de su obra esa elevación al trono de una ortodoxia intratable?. Por otra parte, la heterodoxia no es una simple tergiversación y se presenta – emic – como doctrina correcta, sólo externamente relegada. Digo todo esto, porque siempre con Bueno creo haber construido contra Bueno, en el sentido de su ortodoxia, en un punto que pudiera resultar de primera importancia. Pero el punto en cuestión ha sido, en cualquier caso, elaborado con Bueno de manera que la divergencia se quiere sólo aparente, buscando atraer a su campo a las fuerzas de una ortodoxia que se concibe desplazada del centro de la verdad. Creo que este juego es prueba de la fertilidad de una obra magistral.

Las páginas salidas de mi mano son pocas. Siempre se las hice llegar a Bueno con profundo respeto. Las últimas, hace apenas un año, conformaban un trabajo de tesis doctoral que salió adelante con algunas dificultades. Conocía su edad, su agenda y su situación familiar. Jamás pretendí que fuera correspondido y no me atreví, como hice en alguna ocasión muchos años atrás, a solicitarle una entrevista, más bien constituyó una especie de ofrenda y signo de agradecimiento.

En suma, de la gravedad o del campo gravitatorio de la obra de Bueno no he escapado, ni trato de escapar. Pero, como todos sus lectores hacemos, interpreto su obra en la medida de mi capacidad, y me sucede que esa interpretación en ocasiones parece contradecir la autorizada voz del autor, tal como suena en boca de otros. A veces son detalles tan poco importantes que no merecen consideración. Sin embargo, hay un punto, que parece esencial y que para mí ha llegado a ser radical y determinante, en que mi lectura parece contravenir las posiciones canónicas, acaso dictadas por el propio autor y definidas como pilares de su magisterio. Y justamente ese punto guarda una íntima relación con esta crónica de dos días ingleses. Tiene que ver, en efecto, con el catolicismo ateo o, lo que no parece lo mismo, el ateísmo católico del autor y arrastra muy profundas consecuencias, muchas de las cuales estoy lejos de poder analizar. Alcanzan, como siempre in philosophicis a los fenómenos más próximos, por ejemplo, a la ceremonia de despedida – por lo demás conmovedora – que tuvo lugar el pasado día 8 en Santo Domingo de la Calzada. La ceremonia se pretendía ni civil, ni religiosa – en palabras de Gustavo Bueno Sánchez – cuando, me parece, debió decirse ni civil, ni eclesiástica porque – a mi juicio – fue una ceremonia profundamente religiosa. Esta afirmación compromete una cierta idea de religión, es evidente.

La posición del ateísmo – “esencial, total” – puede o no comprometer el catolicismo y la recíproca. La fuerza de los actos o la determinación de la voluntad, parece en efecto sellar una contradicción entre ateísmo y catolicismo eclesiástico,  puesto que la ceremonia tuvo lugar en salón de plenos del Ayuntamiento, a pocos metros de una magnífica catedral. A su vez parece difícil definir un catolicismo sin Iglesia, aunque existen casos – pienso, por ejemplo, en Charles Péguy y en muchos católicos cuya relación con la Iglesia “realmente existente” es, cuando menos, muy problemática. Por otra parte, como se recordó el día 8, parece indudable la admiración de G. Bueno por la Iglesia católica, si bien parece que esa Iglesia se toma al margen de los contenidos de la fe, lo que parece conducir a un catolicismo meramente político que consiente bien con el ateísmo.

El problema de entrada podría plantearse como la cuestión por el carácter adjetivo o sustantivo de los términos catolicismo y ateísmo: católico ateo o ateo católico. Pero este planteamiento es en exceso simple porque el sentido de ambas ideas podría dar lugar a una contradicción irreconciliable, que negaría la posibilidad tanto de un catolicismo ateo, cuanto de un ateísmo católico, o a muy diversos modos de conjugación. Cabría el caso – con referentes históricos dados – de una reducción mutua, es decir, el caso en que el catolicismo sólo fuera propiamente tal siendo ateo, un cierto catolicismo – como decía – meramente político etc.

La pieza, como se ve, es un sillar importante de la arquitectura magistral de esta obra. Sus efectos, en el campo de la ontología, la filosofía moral, la filosofía de la historia y de la historia de España… son efectos de notable gravedad. Por mi parte, no conozco modo más adecuado de ser leal al magisterio de Bueno que el de dedicar mi tiempo – como tantos haremos –  a construir mi, bien que humilde, propia filosofía. En las páginas que yo enturbie, la voz de Bueno será siempre audible, para unos será una voz ahogada, para otros impostada, acaso alguien la escuche nítida y clara. Habrá otras voces, sujetas a las mismas controvertibles audiciones. También podrá escucharse, creo, la voz de autores católicos sin adjetivos y pudiera ser que cantaran juntos armónicamente Gustavo Bueno y Gilbert Chesterton. El director de orquesta merecería entonces un sonoro aplauso, por mi parte y de momento trato de hacerme con los rudimentos de esa música.

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§ 3 respuestas a Crónica de dos días ingleses. V. Beaconsfield. Y una coda.

  • Miguel Emilio Ponferrada Urbano dice:

    Lo he leído con satisfacción. Me encanta cómo escribes. Lo he compartido en facebook y en Twitter. Por cierto, bien pensado lo que dices. Sigue haciendo tu propia filisifía, a aprtir de la del Maestro Bueno, y nunca mejor encuadrado ese apellido.

  • Estoy suscrito al blog desde hace tiempo, pero, hace tiempo también, fui acumulando artículos sin leer. Ahora trato de ponerme al día (en este y otros blogs) y me encuentro con esta delicia de crónicas inglesas. Si fue un placer escucharte hablar sobre Chesterton en aquella memorable tarde de junio de hace unos años, un placer ha sido leer estos fantásticos textos. Gracias. Seguiré poniéndome al día…

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