Comunidad y Estado.

25 agosto, 2016 § Deja un comentario

Se está oscureciendo al límite la que fuera una distinción hondamente real entre un plano o dimensión antropológica 〈protohistórica o histórico circular, cíclica o “anular” (annus)〉  y un plano o dimensión política 〈propiamente histórica o histórico lineal, consecutiva (sequor-saeculum), “secular”〉 y con ello se oscurece el constante engaste del momento antropológico en el curso histórico. Hoy la historia ha absorbido plenamente la antropología o, en términos políticos, el Estado agota o reduce íntegramente la existencia humana, de suyo comunitaria. Es el tan pregonado fin del hombre, el fin del hombre de la antropología, sin redundancia, y la irrupción del superhombre que resultará ser el Individuo por fin realizado. Nuestra estimación es enteramente contraria a esta novedad y en eso consiste el núcleo de nuestra comprensión del pensamiento reaccionario, el cual no estaría muy lejos de una concepción libertaria del presente de no ser porque habitualmente ésta no puede hacerse cargo de la índole comunitaria y de suyo religiosa de la tradición antropológica.

A este respecto existen algunas obras magistrales e inexorables, cuya referencia omitiré aquí a modo de juego. En algún caso el texto resulta terciado por una comprensión idealista que puede, sin embargo, suspenderse e invertirse manteniendo, pese a esta operación, el lugar fundamental que la religiosidad posee en la construcción. En todo caso, su lectura hace patente la anterioridad real de la dimensión antropológica en la historia política de toda sociedad y con ello fija un interrogante ante la presunta actual absorción completa de la comunidad por el Estado. Comprendido esto, se verá con facilidad el lugar que ocupa la idea de una comunidad de familias como sustrato de resistencia al nuevo orden político, instaurado por la gran revolución política moderna, y de ahí nuestra idea de una asamblea comunitaria semejante (εκκλεσια).

“La familia seguramente no recibió sus leyes de la ciudad. Si fuera ésta la que hubiese establecido el derecho privado, es probable que lo hubiera hecho de una forma muy distinta a la que hemos podido observar. Hubiese regulado, según otros principios, el derecho de propiedad y el derecho de sucesión, ya que ningún interés tenía en que la tierra fuera inalienable y el patrimonio indivisible. La ley que permitía al padre vender y aun matar al hijo, ley que encontramos en Grecia como en Roma, no fue concebida por la ciudad. La ciudad, más bien le hubiera dicho al padre: “la vida de tu mujer y de tu hijo no te pertenecen más que su libertad: yo los protegeré, hasta contra ti. No serás tú quien los juzgue ni los mate, si delinquen sólo yo seré el juez”. Si no habla así la ciudad es porque, al parecer, no puede hacerlo. El derecho privado era anterior a ella. Cuando ella empezó a escribir sus leyes encontró ya establecido este derecho, vivo, arraigado en las costumbres, fuerte con la adhesión universal. Lo aceptó, no  pudiendo hacer otra cosa, y sólo a la larga se atrevió a modificarlo. El derecho antiguo no es obra de un legislador; al contrario, se ha impuesto al legislador. Es en la familia donde ha nacido”

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