Ernst Jünger. 1895-1998 / Antoine de Saint Exupéry. 1900 – 1944

6 septiembre, 2016 § Deja un comentario

Jünger es una de las pocas figuras liminares que han atravesado la puerta de fuego de las dos guerras mundiales, desde el orden de la vieja civilización ya en el trance de su crisis profunda (el “soñado jardín de la cultura liberal” lo llamaba G. Steiner) al desierto creciente y ciego, al páramo posterior a la gran guerra, páramo de la abundancia de inmundicias, infinito de desechos y trastos que está dejando ver con claridad su término en el colapso y cuya consigna podría ser la conocida: “antes la nada que el aburrimiento”. Por atender a lo esencial diría que en el tránsito a través de esa puerta de fuego se cifra el final de la condición humana. Éste es el nervio del proceso de aniquilación del que las dos guerras son el signo más evidente. Tras la última guerra la Vieja Europa puede darse por desaparecida y en su lugar se cacarea constantemente acerca de una Nueva Europa cuya naturaleza flotante y comercial es hoy fácilmente visible.

Mi conocimiento de la obra de Jünger es superficial, me consuela profundamente – sin embargo – contemplar su figura atravesando el vendaval de las dos grandes guerras. Tras ellas ha podido – él todavía – mantener erguida su estatura como una señal, un viejo faro cuya luz permitió un tiempo contemplar las ruinas del viejo orden de la civilización.  Otra figura semejante se quedó en el último paso, me refiero a Antoine de Saint-Exupéry cuya magnífica obra inacabada tiene el mismo firme y la misma estructura elemental que la obra de Jünger. El éxito de El Principito ha convertido a menudo ese texto asombroso en una mercancía sentimental y olorosa. Pero las páginas de su Ciudadela tienen la misma arquitectura gloriosa – el término teológico es el más adecuado – que las Radiaciones del gran soldado alemán. Pero Exupéry se perdió en el mar poco antes del final de la guerra y sus páginas no recibieron su sanción definitiva. Ambas se me presentan como obras de profunda religiosidad, y la religión es la substancia vital de la condición humana. Es evidente que afirmaciones tan rotundas requieren una poderosa fundamentación. Tomémoslas aquí como las sentencias graves que son, concediendo al amanuense que las pronuncia una, sin duda, excesiva confianza. Acaso tenga el tiempo para ensayar el dibujo de ese fundamento.

Voy a dejar en este vacío electrónico pasajes de ambos textos. El primer y segundo volumen de Radiaciones y de la inacabada Ciudadela. Los dejo para uso propio, como cuaderno de notas, que es la función básica que siempre quiso tener este blog. Pero servirán como testimonio de lo que acabo de decir, por si hiciera alguna falta.

El 12 de junio de 1942 Jünger da cuenta de la recepción, en Laon, de unos setecientos prisioneros franceses. Indica como organizó la custodia de los vencidos: organización del puesto de guardia, distribución de prisioneros, rancho, letrinas, reglamento… tras esto escribe lo siguiente:

“Aparte de esto dejé en paz a aquellas buenas gentes y les transmitía mis órdenes por mediación de sus jefes, los cuales eran, por así decirlo, el punto en que se apoyaba la palanca con que los movía.

Más tarde me di cuenta de que la presencia de aquellas setecientas personas no me había causado ninguna inquietud, a pesar de que a mi lado no había más que un centinela, más bien simbólico. Cuánto más terrible me había parecido aquel único francés que una mañana de niebla de 1917 lanzó contra mí una granada de mano en el bosque de Le Prête. Esto me ha sido muy instructivo y me ha reafirmado en mi decisión de no rendirme jamás, decisión a la que ya permanecí fiel en la guerra del catorce. Toda rendición de armas es también un acto irreparable, que afecta a la fuerza primordial del combatiente. Y así, yo estoy convencido de que también queda afectado su lenguaje. Esto es algo que puede verse con especial claridad en las guerras civiles; en ellas la prosa del bando derrotado pierde enseguida su vigor. Me atengo en esto a la frase de Napoleón: “¡Dejarse matar!”, claro está que esto es algo que únicamente vale para los humanos, que saben qué es lo que se ventila en la Tierra.”

 

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