Apunte Esquemático.

11 septiembre, 2016 § Deja un comentario

El anarquismo moderno ha ido perdiendo década tras década sus raíces nutricias, al ritmo mismo en que han ido desapareciendo las tradiciones comunitarias, consuetudinarias, ancestrales, cuya matriz genética ha de buscarse en el crisol de los llamados siglos oscuros de la historia de Europa. La vieja Europa se constituye en el ocaso del imperio romano y ante la irrupción sanguinaria de normandos, magiares y, de manera fundamental, mahometanos. Fue el caso una crisis de existencia que hubo de afrontar la población heredera del imperio y los reinos sucesores. Entre los siglos IX y XI – ése es el elemento real del terror del milenio – se erige la arquitectura de lo que la modernidad llama “feudalismo”, el sistema de beneficio, y pronto junto al modelo arquitectónico del feudo – cada feudo, escribió F. Braudel “era, por entonces, una persona robusta” – aparecen círculos también hondamente comunitarios, haciendo honor a su nombre; Juntas, Comunas o Comunidades: son las ciudades de la Alta Edad Media. A finales del siglo VIII aparece, justamente en la llamada Crónica Mozárabe, el título “europenses” pero es el de “Cristiandad” el sustantivo que identifica esa realidad histórica naciente.

El anarquismo aglutinará – ésta es la hipótesis de trabajo – frente al monstruo moderno del Estado que crece desde el fondo de la Edad Media una oposición sostenida sobre las ruinas de esa realidad comunitaria, local pero conexa a lo largo y ancho del occidente europeo, hasta constituir la forma de una Comunidad Universal, cuya realidad hoy se contempla como paradójica y resulta apenas comprensible. El anarquismo español en particular siempre tuvo esa raíz profundamente popular, asentada en la vida compartida de las comunidades campesinas, por cuanto España jamás logró asumir, en efecto, la forma adecuada a la idea moderna del Estado. Su contradicción es que hubo de hacerlo contra los propios planes y programas de un imperio de estirpe tradicional: medieval y cristiana.

manos-campesinoPero arruinado ese fondo substancial y atomizada la vida común en la forma de una abstracta suma de partículas elementales o individuos separados unos de otros, liberados por siglos de crítica, democracia y desarrollo industrial, el anarquismo pierde su fondo nutricio y tratará de reconstruir una forma de existencia comunitaria pero ahora a través de un esfuerzo consciente y activo, que reniega de toda mediación política y en esa medida habla de acción directa y autogestión. Pero falta el “uno mismo”, es decir, el pueblo. De manera que el populismo se distingue apenas del simple socialismo político. Sigue en pie su exigencia de destrucción de las estructuras, asimismo negativas, del mundo moderno cuyo centro esencial es, justamente, el Estado y con él su inseparable envés: el Mercado. Pero la negación de esta negación no conduce finalmente a un orden superior, a una afirmación que trascienda esa doble negación. Es derrotado una vez y otra, traicionado por sus mismos compañeros de viaje, en realidad vencido desde dentro.

De ahí la necesidad de buscar, allí donde puedan encontrarse, elementos del viejo comunitarismo, restos de la vieja Europa. Hay que rastrear en instituciones que trasciendan el marco temporal del mundo moderno. Instituciones infrapolíticas y metapolíticas, toda vez que la política con su oscuro y maquinal centro en el Estado Nación, es la gran forma moderna. Forma moderna que es nueva – pese al lugar común que la encuentra en la antiguedad – respecto a las viejas poleis en cuanto que éstas conservaron su tejido antropológico mientras éste absorbe o abduce toda substancia antropológica hasta negar la antropología misma en nombre de un super hombre o un hombre nuevo que se pretende su gran obra. Es la sustantivación de la política o, como decía antes, de la economía puesto que el Mercado y el Estado son, simplemente, el haz y el envés de la realidad social moderna: las sociedades individuos presuntamente substantes. Y aquí comienzan los problemas porque las estructuras de parentesco por un lado y la Iglesia, por otro, resultan ser esas instituciones no simplemente modernas. Es natural qmanos-campesino-rezandoue el socialismo democrático o político, en general el pensamiento progresista encuentre en esas instituciones su enemigo esencial. El anarquismo no debiera contemplarlas de ese modo y, en efecto, hay algunos nombres importantes del discurso libertario que están poniendo coto al colaboracionismo postfeminista y su melopea antipatriarcal. No se oyen sin embargo voces anarquistas que vayan más allá de la consabida crítica de la religión como ideología, que empieza y acaba en su reducción psicologista. La ceguera del anarquismo para la comprensión de la dimensión religiosa de la existencia antropológica me parece el índice más alarmante de la desaparición de su matriz real: la comunidad universal.

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