El problema

22 octubre, 2016 § Deja un comentario

Hay entre nosotros tres temas o cuestiones que resultan radicalmente intratables, son algo así como puntos neurálgicos y cuando se aproxima uno a ellos inmediatamente sabe que toca nervio. Se produce en torno a estas cuestiones una polarización que hace inviable toda discusión razonable porque destruye el imprescindible sosiego y la calma contenida que presupone el debate. La posición de uno se ve siempre forzada al extremo porque desde la posición contraria se da por destruida toda base común.

No hay, en efecto, proporción alguna entre arte y tortura, entre civilización y barbarie, entre santidad y violencia. Si entre nosotros se trata de hablar de España, de la Iglesia o de los Toros inmediatamente pasamos de la voz al grito. Y digo que no me excluyo de esa polarización pese a mi pretensión de mantener las formas, porque la radicalización no se debe a una mala educación o a un nerviosismo exacerbado. No es el resultado, o no lo es generalmente, de una constitución psicológica desequilibrada o de la simple descortesía, estos son efectos secundarios de una oposición que trasciende lo meramente social o psicológico. Conozco a gentes sutiles y eruditas que se desatan en una súbita descalificación cuando se trata de estas cuestiones, y a este respecto sucede igualmente entre favorables y contrarios.

Por mi parte estoy lejos – muy lejos – de ser una voz autorizada en ninguna de las tres cuestiones, cuyo vínculo profundo habría que esclarecer. Ahora bien, no parece posible siquiera juzgar matizadamente la historia de España, se abre un tenebrismo ideológico inmediato, que opone a unos y otros como la luz a las sombras. Así sucede igualmente respecto a los emancipadores o críticos liberadores del yugo católico y los católicos defensores de su confesión, por no hablar de los que se conciben como ejecutores de un arte absoluto frente a quienes les contemplan como simples torturadores. Adoptes una posición u otra, ante el antagonista te ves llevado a una defensa fundamental y sin matices puesto que el oponente – que poco antes podía ser un amable conversador – te somete a una categorización aniquiladora. No puedo dejar de pensar que ese movimiento de aniquilación categórica, diré mejor categorial, se ejecuta en primer lugar desde una de las posiciones, pero esto me conduce ya al acto recíproco de negación, a una negación reactiva.

Sólo cabe escapar de este juego del diablo insistiendo en que las posiciones son plurales y es de una absoluta simplificación reducirlas al pro y el contra. Pero el debate, ésta es la cuestión, acaba entre nosotros en la polarización simplificadora que señalo.

Tengo la certeza de que estas cuestiones o mejor estos problemas esconden un problema fundamental, de un orden de realidad más profundo que el propio de problemas meramente políticos, económicos o culturales. Ganaríamos mucho, entiendo, recorriendo la oposición que trazara Gustavo Bueno entre los problemas de España y el problema de España. Acaso la tauromaquia o la Iglesia Católica sean modos de ese problema. Ahora bien, con esto mismo me habré ganado ya, de modo inmediato, la oposición frontal y neta de todos los que niegan el problema de España.

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