Festina lente

10 diciembre, 2017 § Deja un comentario

Moverse con la parsimonia adecuada para aprehender – en el mínimo espectro de nuestra sensibilidad – el mayor detalle de cada cosa.  La composición momentánea de un grupo de nubes, el polvo acumulado sobre las cosas, el rostro fijo que siempre nos mira en las fotografías, el papel arrugado, el viento silbante o el cable pelado que espera animar una lámpara, las gafas abandonadas desde hace días junto a los libros que las reclaman… hay ideas de todo; polvo, barro, basura… o hay en todo un aliento de belleza real.

La lenta profundidad de una percepción aquilatada es el silencioso logro de una verdadera educación y esa belleza, patente a la mirada recta, es un momento de la comprensión. Nuestra moderna idea de conocimiento – tecnocientífico – eleva el aspecto métrico y cerrado de las operaciones de un individuo – reducido a sujeto gnoseológico – a ejemplar o primer analogado de la verdad. Las ciencias en sus estados de plenitud gnoseológica son el canon de la idea de conocimiento, pero en esos estados de plenitud gnoseológica no hay subjetividad antropológica, que se dice reducida o neutralizada en esos resultados. De hecho ha quedado mecanizada y sus cursos operatorios pueden reproducirse de modo exacto.

Lejos de esos estados y fases de plenitud gnoseológica prospera una educación que no puede limitarse a la operatoriedad tecnocientífica y ha de comprometer la menos estructurada subjetividad humana. Menos estructurada pero susceptible de configuración, en su amplia realidad no sólo cognoscitiva, sino – acaso esencialmente – estimativa y apetitiva. Hoy seguimos fascinados por la enorme eficacia productiva, subyugados por la enérgica potencia de las ciencias y las ingenierías, que han modificado la faz de la tierra tras la explosión industrial. Así seguimos atados a una idea de formación de carácter técnico, hábil para la producción de los necesarios agentes cualificados del aparato industrial, pero inhábil para la educación plena de los habitantes de ese mismo mundo industrial, tecnológico y mecánico. El efecto de corrección de la mirada que Sócrates asociara a la práctica de la filosofía es hoy un ajuste métrico, infinitesimal, del ritmo colectivo de la actividad de la masa de individuos, que administra el aparato económico-político triunfante. Un aparato que se ha erigido en centro de control de la dinámica social mediante las oportunas aplicaciones tecnológicas que han recaído sobre la vida de los hombres; gobernados por los sistemas sociales de formación: escuela, medios de comunicación, aplicaciones de gestión y toda forma de gerencia y distribución que los aparatos económicos y/o políticos han desarrollado en los últimos años. Muy especialmente merced a las tecnologías llamadas de información y comunicación, herramientas de potencia multiplicada en el despliegue de un dominio microfísico, capilar, disperso que regulan la actividad colectiva de cada individuo, un control uno a uno de individualidades abstractas y homogéneas que gozan de una sensación de unicidad absolutamente falsa, pero muy intensa.

El signo de la resistencia es la emboscadura, el lugar es el espacio real de encuentro cara a cara, de hombres aislados pero capaces de comunicación bajo un orden limpio de toda nueva máquina informativa o de socialización. Orientados hacia una forma posterior de vinculación, renegados de toda liberación e incapaces de vivir sin venerar. Uno a uno, señores de su singularidad, capaces de reconocer y asentir a la diferencia irreductible y real de una realidad heterogénea y desigual. Desposeídos de adminículos de menesteroso pero propietarios de pesadas herramientas: reales, sólidas, graves. Hombre capaces de moverse con la parsimonia adecuada para aprehender – en el mínimo espectro de nuestra sensibilidad – el mayor detalle de cada cosa.

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Pierre Ryckmans

24 noviembre, 2017 § Deja un comentario

Alguna indicación me llevó a comprar días atrás un libro. Si no por la mera sugestión de su título (Breviario de saberes inútiles), a causa de factores, cuya gravedad sobre mi voluntad, desconozco. El caso es que he leído su primer capítulo, como siempre de modo apresurado y desatento. Lo he leído tras salir de una clase, como todas las últimas que vengo dispensando, desabrida y  melancólica, con una invencible sensación de final. Con la certidumbre inamovible de mi lamentable obsolescencia. Pero éste es otro tema, que acaso guarde relación con el hallazgo del mencionado libro.

Tras mi apresurada lectura he buscado con rapidez la fecha de edición. La edición inglesa se publicó en 2011, yo he adquirido la segunda edición en español. Descubro que su autor falleció en 2014, es asombrosamente contemporáneo. Siempre he creído que tras la segunda guerra mundial quedó destruido el fundamento mismo de la vieja civilización, las ruinas se prolongaron un tiempo, jamás pensé que el eco del hundimiento llegara hasta mis días. El autor utiliza un seudónimo: Simon Leys. Me pregunto si la preservación de esta figura derivará de la distancia, de la Europa actual, a la que ha florecido. Distancia geográfica por su condición de orientalista, distancia histórica por su condición de católico. En esta atmósfera opresiva de dolorosa melancolía no puedo, pese a todo, dejar de estar profundamente agradecido.

 

Ególatras, pánfilos e idiotas. Figuras del ultramoderno

17 noviembre, 2017 § Deja un comentario

Supongo que me estoy obsesionando con el proceso de individualización. ¿Quién es aquí el loco?

SÍ, ME QUIERO.

Límite

4 octubre, 2017 § Deja un comentario

A mis cincuenta años, y habiendo habitado su práctica totalidad en el seno de las instituciones educativas, puede decirse que he llegado a un límite. Nadie hoy escapa del trato continuo con el aparato educativo, empezando por el carácter obligatorio de la educación hasta los dieciséis años y con la necesidad de una llamada “formación continua” que ha de acompañar el desempeño de cualquier profesión. Cursos, cursillos, másteres y doctorados, grados y formaciones. Se habla de la “sociedad del conocimiento” y de generaciones magníficamente preparadas.

Nunca antes, como hoy, nos envolvió una tan densa y pesada atmósfera de ignorancia soberbia, un orgullo de especialista, una floración masiva de opiniones gratuitas que exigen un democrático respeto. El ruido de fondo multiplicado por redes sociales, medios de información inmediata, la sobreabundancia de estímulos sin substancia no sólo hace imposible la lectura lenta y el comentario matizado. No. Exige una comunión sin fisuras con tópicos reblandecidos y estólidos que piden su incesante reiteración. El viejo gusto por la controversia o la polémica se sustituye por la desagradable sucesión de opiniones invertebradas o se exige, en su lugar, la mecánica multiplicación de doctrinas de manual, pedagógicamente organizadas. Mis alumnos se mueven entre la bárbara ausencia de los convencionalismos más rudimentarios y la exigencia de un estricta sucesión de fórmulas programadas. Entre ambos extremos hay una afinidad de fondo, bajo la barbarie informada y la falta de cortesía se encuentra un mismo orden. Es la misma subjetividad democrática.

Son los estudiantes los que demandan una exposición doctrinal que puedan abrazar como verdad sin mácula. Estudiantes de ciencias sociales o de humanidades que ruegan la auténtica doctrina sobre la naturaleza humana, la indudable verdad sobre las formas de organización social, la única e incorruptible verdad sobre la estructura de la historia humana o sobre el origen de la palabra. Si se abre espacio a la discusión se despacha como contraste de subjetividades equivalentes, tiempo perdido, regañina infantil carente de valor formativo o se lanzan, por el contrario, a la explosión de opiniones en un lodazal de soberbias egolátricas. No hay polémica real entre la exposición doctrinal, indudable y  cerrada, y la barahúnda de expresivas simplezas mil veces reiteradas. No sé cuál de ambos tipos me resulta más indeseable. El demócrata radical que entrega opiniones con la voz acerada por la soberbia o el estudiante disciplinado que reproduce sin distancia la verdad formularia y cenicienta del autor de un manual.

La educación presupone una subjetividad ordenada. Ordenada fuera y antes del acceso a un aula. Ordenada significa paciente y cauta, capaz de suspender el juicio a la espera de una matizada exposición y dispuesta a un contraste en el que se arriesgan convicciones. Pero sobre todo humilde y confiada en que la voz del docente pudiera esconder alguna enseñanza. No puedo entregarme más a un oficio cuyo aprendizaje me ha llevado décadas y que se quiere hoy reducido al burocrático quehacer del animador cultural o del lector insensible de textos pedagógicos. Como nuevo profesor no valgo nada. Me permite sobrevivir la convicción de que esta barbarie no durará siempre, pero me angustia saber que yo no conoceré tiempos mejores.

La Casa del Padre.

12 septiembre, 2017 § Deja un comentario

Qué libertad nos da la piedra que protege murallas infranqueables. Libertad del encierro firme, mundo acotado y pleno.  No es la bárbara seguridad. Es el confín próximo bajo la acogida venerable de la piedra indestructible.

Qué valor arrostrar entonces la intemperie, con el modelo inmarcesible del hogar siempre consciente en el alcance finito de las manos. Forzado por el carácter a erigir murallas, a poblar el vasto sinfín de focos humanos. Centros de unidad compleja, trabe que sostiene el mundo. Fijando umbrales, despojar el panorama de su  pánico.

No hay otro dolor que la ruina de las fronteras y los espacios, que la caída de los confines y de los marcos. El universo abierto aterrorizó a Pascal: “una horrorosa esfera infinita cuyo centro está en todas partes y el perímetro en ninguna”. Sólo la casa del Padre mantiene el orden habitable, el hospitalario mundo bien delimitado.

 

 

Una nota.

18 agosto, 2017 § 1 comentario

Todo muy sobrecogedor y muy patético: abrumador minuto de silencio, clamoroso aplauso posterior. Sobrecogedor y patético el discurso de la muy humana Colau, alcaldesa de la vieja ciudad. Conmovedores esos que llaman “altares” improvisados – cabría preguntar por el dios que ahí se adora – siendo que son velitas y banderitas, puestas – sin duda – con una subjetividad trémula; transida de un sentimiento de cósmica pena. Y bien aderezado de lazos y emotivas palabras que sólo arrojan baba sobre la tierra removida, sobre las cenizas de los muertos.
Pocos o ningún discurso distanciado, en torno a la situación real en la que se encuentra Europa. Amén de la cosa teórico-marxistizante de las “lógicas internacionales del capitalismo”, cántico ya  caduco de los cup-pletistas. Datos difusos, signos de debilidad extrema, porque la estupidez es un signo indudable de debilidad. Y frente al patetismo del humanismo abstracto, también un patetismo cerril que defiende una identidad que tampoco define en sus términos adecuados. Es, cuando menos, una reacción defensiva, lo que ya es algo, pero insuficiente, muy insuficiente. No basta apelar a la identidad europea, hay que iniciar una acción expansiva sobre principios eternos y siempre renovados. Evangelización de Europa que repare puntales determinantes, que han de hallar hoy su expresión adecuada, sin matizar su potencia inamovible.
Y así, silencio; Wahabismo y salafismo,  su relación con el Islam europeo – me cuesta unir esos términos – diferencias teológicas y antropológicas (metapolíticas) entre ambas religiones universales, posibilidad de una “coexistencia pacífica” en relación de no-agresión… Qué poco de todo esto puede escucharse en la declamación miserable de una prensa rosa, que es toda la prensa. Romper la costra repugnante de la corrección política, difundir las imágenes en todo su espesor de carnalidad derramada y rota, oponer a un sufrimiento otro sufrimiento pero para definir su índole y alinearse, porque no alinearse es colocarse fuera del tablero de juego, en una quinta dimensión acomodaticia y falsa. Es una huida responsable. El análisis distanciado y no emotivo, pero abierto a la contradicción y a la polémica. Siempre contando – como decía – con toda la carnalidad incorporada al análisis. Es necesario, indefectible, alinearse. Porque es repugnante adoptar la perspectiva del futuro o acudir a los términos de una conspiración tan bien urdida que es siempre invisible, salvo para el tertuliano. Y vale.

El Imparcial 17/08/2017

17 agosto, 2017 § Deja un comentario

FIESTAS DE MÍRAME Y NO ME TOQUES

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