Soloviev, V. (1853-1900)

20 marzo, 2017 § Deja un comentario

El político: esa efigie de la mera política que significa la imposición de la tolerancia hacia el interior y el equilibrio entre potencias hacia el exterior. El político que es imagen de la mera política, desunida de todo principio inamovible, ejercicio de una razón de Estado primero esgrimida por el absolutismo político y después por el nacionalismo. El político cuyo único horizonte es la metafísica de los derechos humanos, asociada al delirio de una pacífica civilización que, de hecho, se reduce a la expansión de la industria, el comercio y las finanzas, de la que se espera la constitución de una sociedad civil cosmopolita, de una efectiva sociedad universal. ¡Qué bien habla el político en la pluma de Soloviev y qué perfectamente actual!.

“Ahora ya no hay que salvar a Europa de la barbarie turca, sino europeizar a los propios turcos. El fin anterior implicaba los medios de la guerra, el futuro, los medios de la paz. Pero la tarea en sí misma, tanto en el primer caso como en el segundo, es común a toda Europa: así como en el pasado las naciones europeas eran solidarias en los intereses de la defensa militar, así hoy son solidarias en los intereses de la difusión de la civilización”

Lo conoce bien, qué duda cabe, Recep Tayyiq Erdogan. El Señor Z. habla de otro modo pero, al parecer, no ha llegado todavía su momento.

 

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La Era del Superhombre.

13 marzo, 2016 § Deja un comentario

descargaLa gran emancipación moderna tiene efectos inesperados para muchos, otros siempre supieron que la cara oculta de la autonomía moral había de ser la realización de la guerra de todos contra todos. Homo homini lupus, con la salvedad de que no es el lobo un término adecuado de analogía, de hecho ningún animal lo es. Esta forma de guerra ácida – el lugar de ciertas drogas en estas batallas ha de ser fundamental – no es ya ni remotamente inteligible en términos etológicos. Es la batalla sin sentido del superhombre y para comprender esto debería bastar con observar el rostro y el gesto, adornado con una vaga estética tenebrista, de estos pobres diablos, pero diablos al cabo. El fenómeno se presenta con precisa definición en algunos países hispanos y esto pudiera no ser casual, aunque a mi parecer es sólo el mayor nivel de renta de otros países lo que encubre la misma actitud de repugnancia mutua. Hace ya tiempo que habita entre nosotros el feo rostro que nos regirá mil años.

Guerras ultramodernas

Noche perpetua

26 febrero, 2016 § Deja un comentario

Repito a menudo, en tantas conversaciones apresuradas en las que falta el tiempo para dar razones, que el mundo se acabó en la primera mitad del siglo veinte, con el compás apocalíptico de la última gran guerra. El prólogo de aquel capítulo definitivo se escribió en España y no debiera sorprenderme, pero me sorprende, la exacta contemplación del ocaso por la mirada de los españoles.

“La agonía de Europa” está escrito en el verano del año 40: su párrafo primero resulta sobrecogedor.

300_0_por-maria-zambrano“Trozos, fragmentos de lo que debía o podía haber sido un libro, tienen ese carácter  común a todos los fragmentos que está, aún más que en el desigual desarrollo de los pensamientos, en el tono y en la voz, y que proviene de una especial situación que descubre a la persona que lo ha escrito. Pues el fragmento, como ha dicho Kierkegaard, es una “obra póstuma”.

Tal sucede con lo que se escribe, y más que escribir se dice, en ciertas situaciones como las del verano del año cuarenta en que se escribieron estas letras. Son ciertas situaciones que se aproximan, cuanto es posible en la vida, a la muerte. En ellas se habla con más valor y decisión porque nada se espera de lo inmediato, porque la inmediatez ha desaparecido. Ha desaparecido el mundo, pero el sentir que nos enraíza en él, no. Y tal se nos figura a los mortales que puedan ser los primeros instantes de la muerte: estar irremediable, absolutamente separado de lo que todavía constituye nuestra vida.” (María Zambrano)

En un seminario próximo vamos a volver, en nuestro estado actual de muertos irredentos, sobre aquella – que es también ésta – agonía infinita. La amistad, que también en nuestro estado nos consuela, constituye acaso la única esperanza. Si queda un espacio habitable sobre las cenizas, ese seminario ha de ser el inquebrantable signo de su realidad.

Arrostrar.

14 noviembre, 2015 § Deja un comentario

No niego que la política occidental en oriente próximo haya sido un desastre, ni que la actual forma de vida occidental produzca náuseas. No niego que la explotación industrial y racional del mundo produzca destrucción y sufrimiento. Pero niego que la religión resulte ser una superestructura envolvente, un simple medio de ocultación de tensiones político-económicas reales. El Islam se encuentra en las raíces de Europa al punto de que en buena medida, la primitiva forma de Europa se define contra el Islam, con los reinos de nuestra península en vanguardia de esa constitución. No en vano Cristiandad fue el primer título que recibiría esa morfología de vida en común de cuya evolución – aunque habría que darle el nombre que merece, es decir, degradación o corrupción – procede la Europa moderna, de unidades políticas absolutas y su consiguiente razón de Estado, un proceso acompañado en el terreno antropológico de un atomización o individualización extrema con la consiguiente debilidad personal y fragilidad constitutiva de las crecientes masas de nuevos ciudadanos consumidores.

Hoy cabe continuar engañándose con el humanismo abstracto y el sueño de una paz que lo único que perpetúa es el marasmo social europeo. Octavio Paz, entre otros muchos y mucho menos reconocidos, comprendió la construcción liberal de esa Unión Europea, en contra de cualquier forma de sustrato metapolítico. Pudo comprender el insubstancial fundamento de dicha unión: “una prosperidad sin grandeza” o “un hedonismo sin pasión y sin riesgos”. Octavio Paz concluía: “De ahí la fascinación que (en Europa) ejerce sobre sus multitudes el pacifismo, no como una doctrina revolucionaria, sino como una ideología negativa”. Su conclusión es sangrante: “(el pacifismo europeo) es la otra cara del terrorismo: dos expresiones contrarias del mismo nihilismo”.

Habrá que rectificar los errores de tres siglos de locura europea, de los cuales – dicho sea de paso – estuvo ausente España debido a su esfuerzo por sostener el programa – hoy olvidado – de otra modernidad. Habrá que encontrar responsables de la exacerbación del odio contra esa Europa moderna. Concederé al respecto lo necesario, pero es ingenuo y peligroso seguir engañándose en lo fundamental y, más bien antes que después, la determinación por la que cada cual opte significará una auténtica alineación.

Transhumanismo y comercio.

10 junio, 2015 § 2 comentarios

Por razones que no vienen al caso he incurrido en el error de pasear por la Feria del Libro de Madrid. Sé bien que el mercadeo literario, cada vez más degradado, debe ser evitado, pero no lo he hecho. Creo que el resultado me servirá de escarmiento. Además recaí en el mal paso para el que justamente está diseñado ese espacio comercial: compré un libro dejándome llevar por la apariencia. Me lo rubricó uno de sus autores, en realidad coordinadores, con mucho afecto y sus mejores deseos. Como del volumen no puedo decir nada bueno, prefiero omitir la referencia que será, sin embargo, fácilmente reconocible. En efecto, basta señalar que estos Sres. coordinan la participación de doscientos trece autores a lo largo de casi quinientas páginas. Esas participaciones resultan de los comentarios suscitados por dos breves artículos ofrecidos en la prensa digital y muchos de ellos apenas sobrepasan las dimensiones de los gorjeos del Twitter. Podría tratarse de valiosa literatura aforística, pero simplemente diré que no es el caso.

El enjambre resultante acaba siendo dizque ordenado por los propios coordinadores según “palabras clave y preguntas de interés”, y ampliado con una bibliografía que, me temo, podría multiplicarse infinitamente. Nadie dirá que los participantes son unos indocumentados porque vienen no sólo nombrados, sino titulados de prestigiosas instituciones y sonoros cargos. Añadiré que por lo fragmentario o, digamos, roto de la obra también parece muy ajustado el nombre de la editorial que produce el tomo. Se añaden unos fotografías cuyo interés al objeto de esta obra sin objeto sólo puede resultar misterioso. Diré que son bonitas fotografías.

El mayor interés de la obra – a mi juicio – deriva de su carácter de sucedáneo de la ausente filosofía académica. Científicos de problemáticas ciencias, soberanamente ayunos de cualquier gnoseología, emiten juicios y opiniones en el democrático espacio electrónico, avalados por sus saberes y profesiones que, al parecer, constituyen garantía suficiente del valor de la emisión. Una ingenuidad tras otra, formulada a veces con grave solemnidad, a veces con amanerada torsión postgramatical, acaban sumando la no-figura de la noosfera aditiva cuyas ramificaciones – siempre interesantísimas, se dirá – son el material para la nueva gestión del conocimiento. Ingenieros de la información de las nuevas empresas planetarias de la información y la “comunicación” son las fuentes reverendas del pensamiento aditivo, son individuos muy inteligentes, pero sin el oficio que confiere la desaparecida academia que, en modo alguno, debe confundirse con una universidad perfectamente asimilada a la noosfera global. No en vano los participantes en el tomo proceden en buena medida de ese “espacio universitario”. Recuerdo, a este respecto, los esfuerzos que en torno a la idea de persona ofrecía, hace ya unos años, uno de esos nombres grandes del pensamiento post-académico: Jaron Lanier. “Hace unos años” es una expresión que – en este nuevo no-lugar – produce carcajadas. En ese no lugar también el tiempo poseería otra naturaleza y la durabilidad del texto se mide en minutos.

En fin, el enjambre de ruidosos insectos con el que me he hecho resulta de gran interés como signo fugaz del tiempo de la constante transición que llamamos hoy. Si lo he referido aquí es porque me lo sugirió la nueva obligación de ofertar asignaturas que – admitidas primero por los miembros de la Coordinación del Centro en que trabajo, profesores de muy diversas materias (Historia, Filología, Tecnología, Matemáticas, Inglés…) – serán luego elegidas o no por el alumnado. Mis clases o lo que hayan de ser deben partir de tan comercial prolegómeno. A esa oferta me obliga la nueva condición de mi materia en la reciente ley de educación. Hablando con compañeras formadas en el campo de la Física y de una u otra Ingeniería creo haber visto que su concepción de la filosofía, y de su lugar en la educación, la aproxima a esa nueva forma de “enjambre pseudocognoscitivo” que, por tanto, me convierte en gestor del conocimiento que proporciona el nuevo cerebro mundial en red.  Ese ensordecedor zumbido, que no entiendo como pueden analogar al canto de las aves, producido por el aluvión masivo de innumerables opiniones democráticas. Desisto de poner orden y sólo puedo dar testimonio del final del mundo, a eso queda reducido el tiempo que me queda.

Yo, que siempre he odiado a las simpáticas avispas.

Post-mundo

20 mayo, 2015 § Deja un comentario

Paul B. Preciado, antes Beatriz Preciado, se me presenta como el más reciente adalid de un negativo frente modernista, cuya raíz alcanza al pretendido Renacimiento histórico que abre el curso de la modernidad. A este respecto suele citarse el Discurso de la Dignidad del Hombre, que antecede a las 900 tesis de Pico della Mirandola, como modelo de toda negación de una esencia, naturaleza o constitución humana: “No te he dado una forma, ni una función específica, a ti, Adán. Por tal motivo, tendrás la forma y función que desees”. El nombre que el nuevo Paul B. Preciado daba a esta vieja voluntad desnuda era el de potentia gaudendi. Como corresponde, un término de estirpe espinosista.

En un trabajo lento, arduo y pedregoso he tratado de defender la realidad de una condición humana de carácter no substancial, sino relacional. Condición humana que resultaría constitutivamente plural, una estructura de relación poliádica, decía en ese trabajo, en que se conjugan sujetos y objetos configurando un complejo estructural cuya plasmación antropológica más específica se encontraría en las estructuras básicas de parentesco. Elemento, a su vez, de formaciones comunitarias de escala superior que contarían siempre con ese núcleo plural como unidad de “compleja simplicidad”.

Pero esa célula comunitaria que constituye el fundamento de la persona humana – a su vez, una comunidad en sí misma – puede juzgarse hoy superada y, con ella, la propia condición humana. Por lo que respecta al espacio procedente de la vieja Cristiandad esa superación es la superación misma de la familia, anunciada ya en la forma inviable de la conocida como familia nuclear o burguesa. Un individuo-familia, aislado o exento y, por tanto, condenado a una supresión que se ve realizada de facto en el momento en que se alcanza el efectivo control social de la (re)producción, merced las ingenierías biológicas y las tecnologías de la identidad.

Todo esto requeriría el desarrollo ya recorrido en ese trabajo arduo y pedregoso, al que aludía. Aquí quería únicamente señalar lo intempestivo que resulta el viejo discurso de la antropología, en los tiempos intrascendentes de nuestro post-mundo de absoluta emancipación. Habría que someter a severa crítica buena parte de las afirmaciones de esta antropología pero mi intención es señalar el tono radicalmente anti-moderno de la, sin embargo, intencionalmente moderna ciencia (presunta) de la antropología. No en vano la modernidad ha tratado de ejecutar la perfecta reducción política de la dimensión antropológica de la existencia humana, su consigna reza, en efecto, “Todo es política”.

 “En todo estudio de la sociedad humana tiene suma importancia una gran parte de la herencia del primate: dominio y jerarquía, territorialidad, cooperación en grupo, comportamiento respecto al matrimonio y el apareamiento, comportamiento de vinculación familiar, ritualización etc. Pero los “hechos de la vida” con los que el hombre se ha tenido que enfrentar en el proceso de adaptación, y que tienen un alcance inmediato para estudiar el parentesco y el matrimonio, quizá se puedan reducir a cuatro “principios” básicos:

– Principio 1: las mujeres engendran a los niños.

– Principio 2: los hombres fecundan a las mujeres

– Principio 3: por lo general, mandan los hombres.

– Principio 4: los parientes primarios no se casan entre sí.

En el fondo de toda organización social existen la gestación, la fecundación, el dominio y la evitación del incesto. Los dos primeros pasan inadvertidos, pero son inevitables; y, como veremos, conllevan complicaciones. El tercero se presta a discusión, pero creo que las objeciones que se anticipen pecarán en cierto modo de irreales; en general es cierto, y por muy buenas razones. Ni tan siquiera hace falta recapitular la historia de la evolución del hombre para saber por que: durante la mayor parte de la historia humana las mujeres han desempeñado su función altamente especializada de tener y criar a los niños; fueron los hombres los encargados de cazar animales, luchar contra los enemigos y tomar decisiones. Estoy convencido de que todo esto está muy arraigado en la naturaleza del primate y, aunque las condiciones sociales en el reciente pasado de algunas sociedades avanzadas han brindado a las mujeres la oportunidad de intervenir más en los asuntos, pienso que la mayoría de las mujeres estarán de acuerdo con mi opinión. Esto no quiere decir que, desde el hogar, la mujer no haya ejercido una enorme influencia; por eso precisamente he dicho “por lo general”; sin embargo, los meros hechos fisiológicos de la existencia reducen su papel a un lugar secundario, frente al del varón, a la hora de tomar decisiones de un nivel superior al meramente doméstico.  Las mujeres que no están de acuerdo con esto y tratan de evitar sus consecuencias no tienen más remedio que abandonar el papel femenino, ya sea total o parcialmente. Si una mayoría de mujeres no hubiese cumplido plenamente su función especializada, las consecuencias hubiesen sido desastrosas…”

(Robin Fox. Sistemas de parentesco y familia)

En el tiempo del útero artificial, de la teoría post-queer, de la nueva suerte de ultraísmo de género, en el tiempo de la superación del patriarcalismo y la realización de una completa transgenericidad. En el tiempo de la verdadera emancipación que es el tiempo de Th. Beatie, de Erika Lust o de Paul. B. Preciado, en el más inmediato futuro, casi presente, el viejo discurso de la antropología tendrá que ser abolido, como será abolida cualquier forma de condición humana. Con ella, se hunde, sin embargo, el fundamento de toda felicidad. Pero también esta afirmación requeriría del largo desarrollo ya aludido.

Demolición

14 mayo, 2015 § 2 comentarios

Blando y sucio y asfixiante. Blando – de un relativismo que se esconde tras el disfraz de la tolerancia comercial -, sucio – de una polución que ha oscurecido el paisaje, pero también ha pervertido los vínculos personales – , asfixiante – de una estrechez que no deja espacio para que aliente la verdad. Vivimos en el lodo: blando, sucio y asfixiante. Léon Bloy ofrecía una tarjeta en la que se presentaba como entrepeneur de démolitions. Hoy no encontraría trabajo que hacer porque todo está demolido, vivimos anegados por el detrito del mundo.

Pudiera parecer paradójico que la forma realmente positiva de arrostrar el actual marasmo de podredumbre, consista en decir que no. Si fuera bastante la potencia de la negación habría entonces lugar para el ataque, es el gesto que define toda resistencia. Es cuestión de supervivencia:

“No utilicéis un nombre y después un adjetivo que contradiga al nombre. El adjetivo califica, no contradice. No digáis “dadme un patriotismo libre de fronteras”, porque es como si dijérais “dadme un pastel de cerdo sin cerdo”. No digáis “ansío una religión más amplia, en la que no existan dogmas especiales”, porque sería como decir “quiero un cuadrúpedo mayor que no tenga patas”. Cuadrúpedo significa algo con cuatro patas y religión significa aquello que compromete al hombre con una doctrina universal. No dejéis que el dócil sustantivo sea asesinado por el adjetivo exuberante y jubiloso…

No digáis “no hay credo verdadero, puesto que todos creemos que la razón está de nuestra parte y que los demás están equivocados”. Lo probable es que uno de los credos sea el correcto y que los otros estén en el error. La diversidad muestra que la mayoría de las opiniones deben ser erróneas, pero no demuestra, no con un mínimo de lógica siquiera, que todas tengas que ser correctas. Yo creo (porque lo afirman fuentes autorizadas) que el mundo es redondo. Que pueda haber tribus que crean que es triangular u oblongo no altera el hecho de que indudablemente el mundo tiene una forma y por lo tanto no tiene otra. Así pues, con el lamento de la imprecación repito que no digáis que la variedad de credos os impide aceptar alguno. No sería un comentario inteligente”

(G. K. Chesterton. 7.05.1910. Daily News. Citado en Pearce, J. G. K. Chesterton. Sabiduría e Inocencia. Encuentro. Madrid. 2009, pág. 201)

Hemos llegado al punto de completa imposibilidad de comunicación. Hay que tratar de sostener la necesidad lógica del viejo orden gramatical, porque arrastra el orden de la moralidad antropológica.  Algunos saben que repugna al lodo la idea misma de orden. Ya no hay que resistir desde el punto mismo en que se conservara alguna mínima estructura, porque simplemente ya no las ahí. Pero se encuentra en el lodo – en el lodo mismo – y todavía se encontrará por un tiempo, una voluntad de comunicación. Blando, sucio y asfixiante el lodo envuelve ese último esfuerzo de rigor, esa reducida potencia de constitución.  Mantenerse erguido y hablar con el rigor que la lógica exige, así como practicar las viejas formas de la cortesía o repetir costumbres heredadas es hoy un gesto impostado. Un gesto consumido por el entorno blando, sucio y asfixiante. Pero es preciso repetir la impostura hasta convertirla en hábito, incorporarla como postura sobre la que sea nuevamente posible elevar el espacio mínimo, pero necesario, que pide el orden antropológico. Erigir la roca sobre el fango, con la materia misma del fango, que permita elevar –  por encima del lodo sobrehumano – la figura salvada del hombre.

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