Jünger, E. 1929

26 marzo, 2017 § Deja un comentario

“Entre los arcanos que me reveló Nigromontanus figura la certeza de que entre nosotros hay una tropa selecta que desde hace mucho tiempo se ha retirado de las bibliotecas y del polvo de las arenas, para consagrarse a su trabajo en el más recóndito cenobio y en el más oscuro Tíbet. Él hablaba de hombres sentados solitariamente en estancias nocturnas, imperturbables como rocas, en cuyas cavidades centellea la corriente que afuera hacer girar toda rueda de molino y que mantiene en movimiento el ejército de las máquinas; pero la energía de estos hombres permanece extraña a todo fin y se recoge en sus corazones, que, como matriz caliente y vibrante de toda fuerza y poder, se sustrae para siempre a cualquier luz externa”. Ernst Jünger

Jünger, Ernst. Heliópolis – 1948

16 diciembre, 2016 § Deja un comentario

Un par de pasajes para adivinadores e intérpretes. Expertos en luces oscuras.

“Puede imaginarse el país de los Castillos como el sedimento que permanece inmóvil pero es, sin embargo, la base del movimiento. De hecho, el movimiento solo tiene sentido cuando se le puede relacionar con algo inmóvil, como separación respecto a este. Así considerado, podría definirse al país de los Castillos como la sustancia políticamente eficaz cuando se vincula al tiempo, pero que, en su núcleo, es inmóvil y obtiene de la quietud su fuerza, como se obtienen los réditos del capital. Desde esta perspectiva, no tienen allí aplicación las leyes de la técnica. ¿Me he expresado bien?” 

“Mis amigos opinan que mi educación en el país de los Castillos me ha perjudicado y que llevo en mi espíritu, como cicatriz, una especie de españolismo. Hay algo de cierto en ello. Yo amaba la soledad, pero no era una soledad inerte. Nunca sentí tan cerca, ni con tan clara conciencia, la unidad del Creador y las criaturas.” 

Jünger, Ernst. 28/07/1948

30 noviembre, 2016 § Deja un comentario

Como decía no podía dejar de haber algún reconocimiento entre Ernst Jünger y Antoine de Saint-Exupéry.  Los hay a un grado de profundidad que apenas podría señalar.  Pero los hay también en un plano más inmediato:

“Lectura de la bella carta de Antoine de Saint-Exupéry al general X, encontrada entre los papeles que ha dejado. En ella, estas dos frases:

“Sufro de un tiempo que me resulta ajeno. Pero no me arrogo el derecho a quedar exceptuado de este sufrimiento.”

Ése es el sufrimiento de los espíritus superiores en nuestro tiempo” (Jünger, Ernst. Radiaciones 2. 28.07.48)

Jünger, E. 29/08/1944

9 octubre, 2016 § Deja un comentario

ernst-junger-aeg2Tras el Diario de París, una vez que el avance aliado fuerza la huida, se abren las Hojas de Kirchhorst, es el verano de 1944. El 29 de agosto, Jünger se encuentra en Saint-Dié. Observa como un grupo de soldados se aloja en una granja y señala su esperanza de que algún hombre, alguna persona singular siempre advertirá contra el robo o la incautación ilegítima, o contra cualquier otro tipo de abuso. Recuerda como algún miembro del Estado Mayor sufría ante la orden de tomar rehenes, como si la acción conturbase su conciencia moral. Siempre ha de haber uno que rompe el orden homogéneo de inmediata integración en el grupo. Esta esperanza en la persona, en el singular y no el individual, acaba abriéndose a una constatación.

“¿Qué puede recomendarse al hombre, y sobre todo al hombre sencillo, para sustraerlo a esa uniformación , a la que también coopera sin parar la técnica? Sólo la oración. En ella está dado, también para el más humilde, el punto en el que entra en relación no con partes del engranaje, sino con la totalidad. De ese punto fluye una ganancia inaudita, también soberanía. Esto rige asimismo fuera de toda teología. En situaciones frente a las que lo más inteligentes fallan y los más valerosos piensan en buscar una escapatoria, a veces se ve a uno aconsejar con calma lo justo, hacer el bien…: Man kann sich darauf verlassen dass das ein Mann, der betet, ist: Se puede estar seguro de que es un hombre que reza”

Jünger E. 05/07/1940

10 septiembre, 2016 § Deja un comentario

Jünger avanzó sobre Francia tras la vanguardia mecanizada que abrió el terreno a la infantería, que llegaba tarde a un frente que se desplazaba a la velocidad del relámpago. Su figura en este avance sobre una tierra conquistada resulta simplemente ejemplar. A veces trasluce la raíz substancial de esa ejemplaridad y dignidad antropológica, el elemento de su realidad personal. Tras marchar toda la noche y parte del día cruza el Loira a mediodía por un pontón de barcazas y alcanza a alojarse en una pequeña granja: Les Cadoux. Sigue una exacta intuición del vínculo de la tierra, el tiempo anular, la herencia y la religión. Visión de la condición humana y de su potencia de universalidad… para todos los tiempos.

“Alojamienernst-junger-emboscado-emboscadura-trabajador-tempestadesto en la pequeña granja Les Cadoux. Sus dueños habían regresado a ella poco tiempo antes y estaban muy contentos de hallarse otra vez en su hogar. Aunque durante su ausencia habían perdido muchas cabezas de ganado y gran cantidad de enseres domésticos, los encontré muy alegres, más aún, llenos de una serenidad interior que me ha impresionado vivamente. En esa calma intuía yo como unas nuevas nupcias de aquellas personas con el suelo de sus antepasados, el recuerdo de aquel acto sagrado que fue la primera toma de posesión de la tierra. En ese estado conviértense en fuente de alegría todos los trabajos, todos los quehaceres – en ellos se descubre lo que es único, lo que está lleno de significado para todos los tiempos y recubre con su tejido la vida cotidiana; por detrás de los dolores brilla de súbito la Vida con una profundidad nueva y dichosa”.

Ernst Jünger. 1895-1998 / Antoine de Saint Exupéry. 1900 – 1944

6 septiembre, 2016 § Deja un comentario

Jünger es una de las pocas figuras liminares que han atravesado la puerta de fuego de las dos guerras mundiales, desde el orden de la vieja civilización ya en el trance de su crisis profunda (el “soñado jardín de la cultura liberal” lo llamaba G. Steiner) al desierto creciente y ciego, al páramo posterior a la gran guerra, páramo de la abundancia de inmundicias, infinito de desechos y trastos que está dejando ver con claridad su término en el colapso y cuya consigna podría ser la conocida: “antes la nada que el aburrimiento”. Por atender a lo esencial diría que en el tránsito a través de esa puerta de fuego se cifra el final de la condición humana. Éste es el nervio del proceso de aniquilación del que las dos guerras son el signo más evidente. Tras la última guerra la Vieja Europa puede darse por desaparecida y en su lugar se cacarea constantemente acerca de una Nueva Europa cuya naturaleza flotante y comercial es hoy fácilmente visible.

Mi conocimiento de la obra de Jünger es superficial, me consuela profundamente – sin embargo – contemplar su figura atravesando el vendaval de las dos grandes guerras. Tras ellas ha podido – él todavía – mantener erguida su estatura como una señal, un viejo faro cuya luz permitió un tiempo contemplar las ruinas del viejo orden de la civilización.  Otra figura semejante se quedó en el último paso, me refiero a Antoine de Saint-Exupéry cuya magnífica obra inacabada tiene el mismo firme y la misma estructura elemental que la obra de Jünger. El éxito de El Principito ha convertido a menudo ese texto asombroso en una mercancía sentimental y olorosa. Pero las páginas de su Ciudadela tienen la misma arquitectura gloriosa – el término teológico es el más adecuado – que las Radiaciones del gran soldado alemán. Pero Exupéry se perdió en el mar poco antes del final de la guerra y sus páginas no recibieron su sanción definitiva. Ambas se me presentan como obras de profunda religiosidad, y la religión es la substancia vital de la condición humana. Es evidente que afirmaciones tan rotundas requieren una poderosa fundamentación. Tomémoslas aquí como las sentencias graves que son, concediendo al amanuense que las pronuncia una, sin duda, excesiva confianza. Acaso tenga el tiempo para ensayar el dibujo de ese fundamento.

Voy a dejar en este vacío electrónico pasajes de ambos textos. El primer y segundo volumen de Radiaciones y de la inacabada Ciudadela. Los dejo para uso propio, como cuaderno de notas, que es la función básica que siempre quiso tener este blog. Pero servirán como testimonio de lo que acabo de decir, por si hiciera alguna falta.

El 12 de junio de 1942 Jünger da cuenta de la recepción, en Laon, de unos setecientos prisioneros franceses. Indica como organizó la custodia de los vencidos: organización del puesto de guardia, distribución de prisioneros, rancho, letrinas, reglamento… tras esto escribe lo siguiente:

“Aparte de esto dejé en paz a aquellas buenas gentes y les transmitía mis órdenes por mediación de sus jefes, los cuales eran, por así decirlo, el punto en que se apoyaba la palanca con que los movía.

Más tarde me di cuenta de que la presencia de aquellas setecientas personas no me había causado ninguna inquietud, a pesar de que a mi lado no había más que un centinela, más bien simbólico. Cuánto más terrible me había parecido aquel único francés que una mañana de niebla de 1917 lanzó contra mí una granada de mano en el bosque de Le Prête. Esto me ha sido muy instructivo y me ha reafirmado en mi decisión de no rendirme jamás, decisión a la que ya permanecí fiel en la guerra del catorce. Toda rendición de armas es también un acto irreparable, que afecta a la fuerza primordial del combatiente. Y así, yo estoy convencido de que también queda afectado su lenguaje. Esto es algo que puede verse con especial claridad en las guerras civiles; en ellas la prosa del bando derrotado pierde enseguida su vigor. Me atengo en esto a la frase de Napoleón: “¡Dejarse matar!”, claro está que esto es algo que únicamente vale para los humanos, que saben qué es lo que se ventila en la Tierra.”

 

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