Subversión

2 junio, 2014 § 3 comentarios

A Bernard de Mandeville se le conoció popularmente como Man Devil. El más conocido tergiversador o transvalorador – diría un nietzscheano – recibió el título de ministro del mal. Su consideración de los vicios (privados) como beneficios (públicos) no era, sin embargo, un hallazgo propio aunque su Fábula de las abejas se convirtió en el más popular libelo de su tiempo, promotor de esa perversión.  Hoy cualquier manual de economía (política) esconde en su neutralidad racionalista la misma consideración. Se esperaba que esa negación del bien común en nombre del interés egoísta acabara arrojando un estado de abundancia en que podría – como si nada hubiera pasado – retomar el camino recto del bien común.  Se aguardaba el “estado estacionario” o incluso decrecentista en que los hombres entregarían su vida al cultivo de fines por sí mismos valiosos. Hemos perdido toda noción de esos pretendidos fines intrínsecamente valiosos, porque – en los siglos de negación – nos hemos deshecho de la fuente trascendente de la que pudiera recibir ese valor. Porque el valor de semejantes fines no es intrínseco o inherente y ésta es la cuestión.

J. M. Keynes, el gran economista del bienestar, también selló el pacto moderno con el diablo. Sus esperanzas mundanas, históricas, de un reino del hombre en la tierra, fundado en semejante alianza, han arrojado nuestro presente. Sólo nos queda disfrutar de este Paraíso Inverso del bienestar.

“Durante al menos otros cien años debemos fingir, por nosotros mismos y por todos, que lo bueno es malo y lo malo es bueno; porque lo malo es útil y lo bueno, no.  La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses durante un poco más de tiempo, porque son las únicas nos pueden sacar del túnel de la necesidad económica y guiarnos a la luz”

(John Maynard Keynes)

Bienaventurada simplicidad

13 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Un lugar común de la sociología de todo los tiempos habla de la – al parecer – enorme complejidad de las sociedades ultramodernas, frente a la simplicidad de las sociedades que suelen llamarse tradicionales.  Viviríamos en el ápice de la complejidad, viviríamos una vida, si no riquísima, al menos múltiple y de infinitas dimensiones, una vida que exigiría un descomunal esfuerzo cognitivo y emotivo, exigiría una habilidad y madurez personal nunca antes conocida. Frente a esta vida multidimensional y heterogénea, profunda y articulada la vida del hombre tradicional, como la del indígena bajo la mirada del antropólogo, resultaría plana y homogénea, superficial y vana.

Pues bien, en nombre del valor de humildad cristiana en que fui educado, siempre me he esforzado por negar o contradecir la, por otra parte, constante y poderosa constatación de una estupidez densa y ubicua, de panfilismo sin matices, de culpable puerilidad. Una imbecilidad satisfecha que me parecía ir invadiendo todos los ámbitos de nuestra vida moderna en  estas grandes ciudades cosmopolitas que, según el tópico, debiera habitar precisamente el aprendiz de superhombre.

Hoy, dejando espacio a una culpable soberbia, creo que el lugar común sociológico debiera completarse. Admitamos que, como dice E. Mayo, acordándose de M. Holbwachs: “cuanto más simple sea la comunidad, más fácilmente, mantendrá el carácter integral de sus actividades. Cuando más compleja se vuelva, más necesario será prestar atención explícita a los distintos problemas involucrados en el mantenimiento de la integridad social” . Ahora bien, no olvidemos que “el mantenimiento del carácter integral de las actividades” de una comunidad sencilla supone una existencia personal de una enorme complejidad, empezando por la diversidad y multiplicidad de las funciones que cada persona ha de desempeñar. Por su parte, la complejidad social se corresponde con una simplificación – que puede resultar plenamente destructiva – de la existencia del individuo ultramoderno. Semejante simplificación conlleva asimismo una radical debilitación porque la complejidad social exige simplificación personal o, dicho de modo más claro: semejante simplificación es un epifenómeno de la individualización límite que supone el desarrollo social. Esta individualización pide precisamente formas adventicias de  solidarización de semejantes mónadas aisladas y/o simplificadas. Estos individuos exentos viven justamente en una vacío comunitario o personal y son números para el suicidio.

“La vida social nos ofrece el espectáculo de un esfuerzo eternamente renovado por los grupos humanos, para triunfar de las causas de desintegración que los amenazan. Esta lucha, las armas de la sociedad son las creencias colectivas y las costumbres. Cuando éstas se debilitan o tambalean, puede afirmarse que han disminuido las reservas vitales del grupo. Por lo demás, las causas de desintegración son las incapacidades de función, que pueden ocurrir en cualquier mecanismo complejo, en cualquier organismo delicado; se deben a la estructura del organismo o del mecanismo. Si las incapacidades se multiplican, o si se debilita el esfuerzo de la sociedad – y ambas cosas pueden ocurrir simultáneamente, especialmente al pasar de un tipo de vida antigua y tradicional a una nueva civilización más compleja – entonces veremos aparecer grietas en la estructura social. Es en algún lugar de esas grietas donde aparecerán los suicidio (…) El psiquiatra concentra su atención sobre lo que está sucediendo en el interior de esa grieta o de esa brecha y puesto que es una especie de laguna social o de vacío, es bastante natural que explique el suicidio por la persona que se suicida. El psiquiatra no ve que la causa real del suicidio es el vacío social que rodea a la persona que se suicida y que, si no existiera semejante laguna en la estructura social, no habría ningún suicidio” (Maurice Halbwachs. Las causas del suicidio. 1930)

Recursos Humanos (2)

11 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Y pronto la ambigüedad y confusión envueltas en la noción de “fatiga”, como en las de “hastío” o de “tedio” pidieron trascender la perspectiva especial de la fisiología o la psicología experimental – de pretensión científica – en términos propiamente metafísicos. Es cierto que la filosofía aquí ejercida resultaba asombrosamente inmediata, como suele suceder con todo lo que resulta irrenunciable.

“Estudiar a un individuo simplemente como realizador de una parte determinada de trabajo es poco provechoso; para el obrero, su trabajo forma parte de un todo, compuesto por sus múltiples interacciones ante situaciones que, reales o ideales, pueden estar por encima y más allá de su trabajo. Para algunos individuos, la vida imaginativa es más importante que la vida real. Es evidentemente imposible llegar a conocer cabalmente a un persona, pero se ha comprobado que es posible obtener el punto de vista de un individuo con suficiente precisión como para poder discernir la relación del trabajo que realiza con su actitud general frente a la vida”

 
(Smith, May.Culpin, Millais. Farmer, Eric)  A study of Telegraphist´s Cramp. Industrial Fatigue Research Board. Nº43. Londres. H. M. Stationery Office, 1927)

La metafísica asumida aquí – en la voz de los pioneros de la gestión de recursos humanos – es insondable. Baste señalar las ideas traídas sin determinación y sin análisis alguno, pero requeridas por el campo mismo sobre el que quiere recaer su asombrosa técnica: real, ideal, persona, vida…, por señalar lo más obvio.

Recursos Humanos.

10 septiembre, 2013 § 1 comentario

Vengo reiterando aquí la urgente necesidad actual de una filosofía potente, lo que presupone el desarrollo de los saberes “panorámicos” o de segundo grado, de naturaleza polémica o dialógica, a los que el sonoro título de “filosofía” vino nombrando tradicionalmente. Necesidad perentoria que se hace patente, no ya en los aulas más o menos silenciosas de las universidades o en los gabinetes de los académicos – si los hubiera -, sino en los lugares de actividad frenética y, según su propio concepto, eficazmente productiva. No ya en los lugares de decisión en los que el gobierno ha de ejercer su función, sino en los más humildes rincones de la empresa, la familia y el mercado.

Conozco la valiosa obra de algunos filósofos de nuestro tiempo y también su pugna por  intervenir y orientar la actual acción político-económica.  Sólo contando con esas amplias arquitecturas se puede responder a problemas, que los agentes de pretendidas ciencias y técnicas modernas quieren a menudo despejados y libres de filosofías. Sobre esta base pueden, no sólo abordarse realmente unos problemas que la irresolución e impotencia de esos agentes a menudo multiplica, sino que puede darse razón de la misma actitud despreciativa de la condición de la filosofía que padecen dichos técnicos y científicos (sobre todo de las ciencias y técnicas sociales o humanas pero también de las ciencias físico-matemáticas).

En numerosos puntos de la existencia diaria del ciudadano, o del consumidor, o del trabajador (que de distintos modos, aunque conjugados, se concibe al hombre moderno) se hace visible la urgente necesidad de un cierto dominio de esos saberes filosóficos. La impericia a este respecto por parte de la llamada ciudadanía, incluso su desdén ignorante, encierra un peligro creciente. Una ignorancia, hay que añadir, proporcional a la pedante vanidad de muchos usurpadores que, procedentes del llamado “mundo de la cultura”, ocupan pero no ejercitan el citado título tradicional de “filósofos” en alguno de sus recientes avatares: “intelectuales”, “escritores”… Dejemos a un lado las razones de esa ignorancia en medio de la educación universal y del neurótico afán de formación que hoy padecemos.

De entre las ciencias y técnicas en las que se sufre especialmente el citado desprecio y sus arriesgadas consecuencias acaso destaquen especialmente las técnicas de administración y gestión del capital humano. Sobre el hombre y/o el mundo se busca aplicar técnicas de optimización de su rendimiento productivo. Pero semejante proyecto supone la completa naturalización del ser humano, su reducción perfecta a un elemento de la realidad física, un contenido de la naturaleza. El programa que sostiene esa neutralización de toda dimensión metafísica puede situarse en el núcleo del proceso de modernización que desde la Europa triunfante y reformada ha irradiado al resto del mundo.

Ahora bien, su recurrente y sostenido fracaso tiene detrás la imposibilidad de reducir a un contenido de la realidad a aquello que resulta ser fuente de la misma. Un punto crítico – entre tantos – a modo de ejemplo: los esfuerzos por medir la fatiga laboral, que tienen más de un siglo y se multiplicaron en el período bélico, 1914 y 1945,  se vieron conducidos a una aporía cuyo simple planteamiento habría hecho necesario acudir a un lenguaje metafísico que repugnaba a fisiólogos, ingenieros y otros analistas – pretendidamente científicos – de la fatiga. Ante la imposibilidad de definir – en algún sentido positivo – dicha fatiga se optó por retirar el término acudiendo al ambiguo concepto de salud.  Procedente de ese latín – salus – que dice equilibrio orgánico o normal ejercicio de las funciones biológicas, pero contiene también la noción de un estado de gracia espiritual: salvación. Todo ello, sin embargo, con total inadvertencia de las enormes dificultades de la pretensión de análisis científico de la naturaleza y condición del trabajo humano.

El que fuera fundador de la escuela de relaciones humanas en el marco de la sociología industrial,  George Elton Mayo, alude en un trabajo hoy olvidado – The Human Problem of an Industrial Civilization – al recorrido de ese esfuerzo de comprensión reductiva – verdadera compresión – que, sin embargo, muy pronto conoce sus límites.

En las condiciones del importante esfuerzo productivo que supuso la guerra, se funda en 1915 el Health of Munition Workers Committee (Comité para la salud de los trabajadores de la industria bélica). Se atiende a los ritmos y condiciones de trabajo que permiten optimizar el rendimiento del valioso recurso humano que, al parecer junto a otra suerte de recursos, conforman la máquina productiva. Basta recordar que los accidentes industriales con su oneroso coste económico-social se redujeron a más de la mitad merced a la simple reducción de la jornada de 12 a 10 horas diarias, para un importante grupo de mujeres que trabajaban en la industria de munición.

El final de la guerra traería la disolución en 1917  del Comité para la salud de los trabajadores de la industria bélica, pero daría paso a la idea de extender su ámbito de estudio más allá de las duras condiciones de trabajo que supuso el esfuerzo bélico. De la convergencia de intereses del Medical Research Conuncil y del Department of Scientific and Industrial Research surgiría una institución determinante para el posterior desarrollo de los estudios de sociología industrial y, en particular, del enfoque de Elton Mayo. Se trata de la Industrial Fatigue Research Board que – desde 1917 – generaliza los análisis de la industria de guerra al conjunto de la industria en tiempos de paz. Por su parte, en 1921, en Londres se funda el National  Institute of Industrial Psychology con objetivos estrechamente análogos a los de la Junta americana. No en vano uno de sus fundadores –  el Dr. C. S. Myers – era asimismo miembro de la Junta para la investigación de la fatiga industrial.[1]

Ya en los años treinta Mayo señala que el primer acercamiento al análisis de la fatiga industrial resultó en exceso mecánico y simple. Desde una fisiología que podríamos juzgar todavía  casi mecanicista. Una fisiología que, por decirlo con extrema simplicidad, todavía se esfuerza en concebir la fisiología al margen de la acción, como independiente de la conducta y determinante de la misma. El cansancio sería un efecto de la formación de una serie de substancias en el organismo, algunas bien definidas como el ácido sarcoláctico, pero otras lastradas por una gran imprecisión, como las vagamente llamadas toxinas del cansancio. En el seno de este enfoque casi mecanicista se llego a pensar en la posibilidad de desarrollar un fármaco contra el cansancio, fantaseándose con el suministro de ciertas dosis de fosfato ácido de sodio. Esa correlación simple no tardará en ser desterrada, si alguna vez pudo contemplarse con alguna seriedad. En efecto, inmediatamente se toma nota de la cantidad apenas definida de factores – entre sí profundamente vinculados – que intervienen en la producción de fatiga y en la reducción del rendimiento laboral.

Tampoco tendría éxito el esfuerzo por articular tests que permitieran calcular la fatiga industrial. En uno de los primeros informes de la Junta de investigación de la fatiga industrial se había analizado la fisiología del ejercicio estrictamente muscular. El trabajo muscular – indicaban los análisis – genera ácido láctico en sangre, así como en el músculo activo. El ácido láctico es eliminado por el oxígeno que puede no cumplir su función si la actividad muscular alcanza una intensidad crítica, a partir de la que el ácido láctico no puede ser reducido por el oxígeno aportado; en tal caso el sujeto se ve forzado a detener su acción. Estos análisis pretendían establecer ritmos óptimos para el trabajo muscular, velocidad de la acción, pausas de descanso. Pero la ambigüedad es enorme cuando se disponen en continuidad eso que se llama fatiga muscular con eso otro a lo que se llama fatiga mental. Una disposición que hereda toda la metafísica dualista del cuerpo y el alma.

Por lo demás, se supone que en las condiciones del trabajo industrial efectivo no es posible aislar el cansancio muscular, desligándolo – en palabras del propio Myers – de factores tales como la habilidad y la inteligencia. La cuestión es si puede realizarse un aislamiento semejante en laboratorio, dado que – pareciera – que no existe el puro cansancio muscular en ningún sentido dado que, como se conoce perfectamente en los años 20 del siglo pasado, habilidad o inteligencia refieren a actividades de control nervioso superior. Habría sido preciso idear situaciones de actividad muscular libre de toda intervención del SNC. Situaciones que alcanzarían el absurdo y que, desde luego, de ningún modo podrían luego proyectarse a la circunstancia del trabajo industrial efectivo, ni prácticamente a ninguna circunstancia de la vida.

La plena conciencia de la naturaleza holística de la acción habría de manifestar que la palabra “fatiga” esconde realidades de enorme complejidad, que no es posible fragmentar en factores susceptibles de ser aislados.  Charles S. Myers pondrá en entredicho el uso del término “fatiga” luego sustituido por el no menos oscuro más patentemente “metafísico” de salud. Myers escribe:

“Si seguimos usando…la palabra “fatiga” en condiciones industriales, debemos recordar que su carácter es muy complejo, que ignoramos su naturaleza cabal, y que es imposible distinguir en un organismo intacto la fatiga menor de la fatiga mayor y la fatiga de la inhibición, separar el cansancio causado por “actos” violentos del cansancio causado por “actitudes” largamente mantenidas, o eliminar las impresiones de interés variable, excitación, sugestión y otros semejantes”

El término “cansancio” concebido en términos métricos o fisicalistas resulta obviamente absurdo ya en el terreno de la vida animal, pero lo es de otro modo en el orden antropológico. En realidad el término había venido siendo impugnado tiempo atrás. En 1928 E. P. Cathcart en su The Human Factor in Industry escribía:

“Antes de delinear el alcance de la fatiga industrial, el tema del cansancio en sí requiere alguna consideración. Es un término que se emplea con soltura, como el de eficacia, pero a la mayoría de los hombres les será difícil, por no decir imposible, definirlo. La fatiga es una condición fisiológica normal que puede llegar a ser patológica, y este aspecto del problema es el que debe considerarse en primer lugar.  ¿Qué significa la palabra fatiga? ¿Puede medirse el grado de fatiga? Trataremos de contestar primero a esta última pregunta. A pesar del acopio enrome de trabajos realizados sobre el tema, la respuesta es negativa. Aquí, en Glasgow, por ejemplo hemos llegado a la conclusión de que, hasta ahora, no se ha ideado ningún test que pueda permitir evaluar el estado de fatiga de ningún individuo. Y, con los medios de que disponemos actualmente es dudoso que algún día pueda medirse la fatiga”

Y más abajo, en el mismo capítulo:

“¿Y en cuanto a la fatiga industrial? El caso no está más claro que el de la fatiga común[2]. Y, sin embargo, aunque no podemos explicar su naturaleza, es una condición perfectamente reconocida. La mejor definición general, que no nos obliga a ninguna explicación sobre su naturaleza, es probablemente la siguiente: la fatiga consiste en una capacidad reducida para el trabajo. Nadie, absolutamente nadie, discute la existencia real de fatiga entre los obreros industriales, no en su forma excesiva, pero sí como resultado inevitable de la realización del trabajo cotidiano. Si no hay un método directo satisfactorio para determinar el grado de fatiga experimentalmente producido, cuando se encuentran fiscalizados todos los factores concomitantes, es evidente que, en la actualidad, no puede realizarse ninguna prueba directa para determinar la fatiga industrial.”

A casi un siglo de distancia esta comprensión fragmentaria de pretensión científica, sigue vigente y acaso la fragmentación – por otro nombre especialización – haya alcanzado nuevos grados. Lejos de haber hallado salida a las aporías que entonces se manifestaban estamos dejando de tenerlas a la vista, perdidos en una infinidad de informes y estudios que contribuyen a aumentar el ruido y la confusión. Ante una aporía es preciso regresar a los principios y esforzarse por alcanzar otra disposición de los mismos, acaso su misma retirada o reorientación. Habría quizás que empezar por deshacerse de expresiones intolerables del tipo recursos humanos, por no recordar el tecnicismo sin sentido: capital humano. La revolución en los principios puede, por lo demás, seguir numerosas orientaciones algunas de las cuales no han de ser necesariamente progresistas.


[1] Desde 1930 la Industrial Fatigue Research Board pasa a llamarse Industrial Health Research Board. Efecto de la sustitución de fatiga por salud.

[2] La misma distinción que Cathcart establecía entre fatiga industrial y fatiga común carece de fundamento concebida en términos fisicalistas. Ahora bien, si lo que se llama “fatiga industrial” remite a la anomia, hastío, desesperación… derivadas de las condiciones del trabajo en las modernas y maquinales instalaciones productivas, acaso habría que romper ese género “fatiga” no admitiendo la especificación “industrial” y hablar de una realidad de otro género que merecería, por lo mismo, otro nombre.

A.D.E.

3 septiembre, 2013 § Deja un comentario

Aunque no es fácil llegar a ver la íntima vinculación entre metafísica y gestión empresarial y es muy fácil pervertir dicho vínculo – como hacen los aventajados mercaderes que hoy venden sus filosofías a nuestros líderes y gestores -, es indispensable alcanzar ya alguna determinación precisa y no torcida de dicha vinculación.  Me atrevería a afirmar que esta necesidad constituye la forma más directa en que se expresa el “tema de nuestro tiempo”.

La confusión, que es enorme, no deja de crecer y el peligro de esta desorientación generalizada no puede exagerarse. Muchos acuden paradójicamente a la pretendida anti-metafísica kantiana en busca de la comprensión de dicho vínculo, pero allí sólo logran perder el rumbo. Los esfuerzos más valiosos rondan un terreno casi revolucionario (“todo hombre entusiasmado por su trabajo esconde un anarquista” ha dicho R. Sprenger) y no en vano defienden formas radicales de gestión. Es urgente afrontar la cuestión de la naturaleza y función del trabajo humano en la sociedad de nuestro tiempo.

Utilizando nada más que el título del viejo trabajo de Elton Mayo se trata de abordar los problemas humanos de una sociedad industrial. Pero la concepción de la cuestión en términos de administración de los recursos humanos, sólo permite abundar en un camino arruinado.

A mi juicio es el recurso al enfoque propio de la antropología filosófica y la imperturbable conciencia de la dimensión ontológica del problema lo que nos permitirá situar adecuadamente los términos de la cuestión.

Metafísica del “management”

3 junio, 2013 § Deja un comentario

Un signo de nuestra desorientación puede señalarse, sólo señalarse, atendiendo a la filosofía de éxito de nuestro tiempo. Podríamos discutir sobre el carácter de su éxito y sobre su naturaleza de filosofía. Pero eso me llevaría fuera del asunto.

Por un lado Reinhard K. Sprenger, que cita una frase atribuida a Henry Ford: All I want ist a good pair of hands, infortunately I must take them with a person attached. (“Todo lo que quiero es un buen par de manos, desgraciadamente sólo las obtengo unidas a una persona”)

Sprenger – de una extraordinaria inteligencia – resulta de una, asimismo fuera de lo común, inconsistencia terminológica. Pasa sin reparo alguno del individuo a la persona, por no hablar del vaivén entre los adjetivos individual, particular y singular. Pareciera no tener idea alguna de persona y, sin embargo, su aguda inteligencia no le permite desviarse de la realidad.

Por otro lado, en noviembre de 2011, otro escritor de gran éxito – Jaron Lainer – se ocupaba de estos mismos problemas. Lainier es conocido por su enorme talento para la ingeniería informática. Empresas a las que contribuyó sobremanera fueron luego compradas por Oracle, Adobe o Google. Es Doctor Honoris Causa por el Instituto de Tecnología de New Jersey en 2006. Es músico, artista gráfico y escritor. En fin, se le presenta como “la primera figura de la tecnología que ha logrado el estrellato en la cultura contemporánea”.

Toda esta presentación tiene por objeto mostrar que no es Jaron Lainier un teólogo metafísico, ni siquiera una catedrático de filosofía o una ilustre eminencia en derecho romano.  Tiene una inteligencia sólo comparable a su ignorancia en esos terrenos, comúnmente juzgados obsoletos por los atentos a la productividad. Terrenos quebradizos por arcaicos y ajenos – al parecer – a la eficacia productiva y al rumbo de la realidad. Pues bien, la parte primera de su gran éxito editorial del año 2011: Contra el rebaño digital, lleva el siguiente título: ¿Qué es una persona?. Es esta una cuestión cuya respuesta se enriquecería profundamente con el conocimiento de la más rancia tradición metafísica y teológica. Una tradición cuya actualidad no habrá que encarecer ante los que reconocen allí el valor de una filosofía perenne.

Es cierto que la polilla pseudo-erudita de una academia tomada por esa forma de escorbuto que deriva de la sola ingesta de traducciones y ensayos de relumbrón, aunque conoce los textos antiguos ignora – en la mayor parte de los casos – los problemas reales. Acaso exista la posibilidad de su verdadera renovación. Pero cuesta creerlo.

“Coaching” Ejecutivo-Organizativo

2 junio, 2013 § 4 comentarios

Creo que no hay cuestión antropológica más acuciante y fértil que la siguiente: ¿Por qué trabaja el hombre (moderno)?

Las técnicas del llamado coaching remiten a un entrenamiento que dice afianzar el liderazgo, facilitar la toma de decisiones, se supone que acertadas, promover el trabajo en equipo, la delegación y comunicación, la solución de conflictos y negociación … Cada vez más presentes, hasta hacerse imprescindibles, en la alta gestión empresarial se dirigen hoy a casi todos los terrenos de la vida.

En este campo la más rancia tradición filosófica tiene algo que decir y, recientemente, trabajos como el muy notable de P. Sloterdijk, Has de cambiar tu vida vuelven, de algún modo, sobre el tema. Ahora bien, la naturaleza y complejidad de la labor filosófica no se compadece bien con la perspectiva del entrenamiento ejecutivo-organizativo. De entrada su alcance es indudablemente mucho mayor que el de las citadas técnicas de gestión y su perspectiva no sólo trasciende, sino que invierte íntegramente, el enfoque empresarial.

Ahora bien, llegar a hacer valer estas palabras exige el conocimiento de la tradición filosófica y, especialmente, de la antropología filosófica, aunque también del triunfante discurso de los gestores y entrenadores. Desde la posición a la que se accedería desde ese conocimiento, resultaría sospechoso el fácil mimetismo de los que buscan explotar el “encuentro de la filosofía y el espíritu emprendedor”. Acaso porque esperábamos más de los eruditos y viejos conocedores de la tradición metafísica occidental. Es probable que esa atribución de conocimiento sea un error y no debiéramos esperar más de los profesores y expertos de la cosa filosófica, como no lo esperamos de nuestros politiquitos gobernantes.

Tampoco esperábamos más de algunos – de cuyos nombres no quiero acordarme – que aplican técnicas análogas desde hace tiempo a la educación pero también a la paternidad. Hoy educan el talento emprendedor. La cuestión es de enfoque y, consiguientemente, de horizonte. Ahora bien, que no quepa duda de que es necesaria la lectura de la reciente bibliografía relativa a la gestión empresarial. Me refiero, naturalmente, a las obras de éxito – dado que el éxito es su criterio de verdad – de los expertos en coaching, management , talento emprendedor, técnicas de liderazgo y el abundante resto de técnicas adecuadas a lo que – sin pudor – llaman “personas de alto potencial”.

Habrá que definir la notable inversión que se esconde en esas obras tras las constantes referencias a nombres y títulos de la tradición filosófica. Una tradición que, sin embargo, parece resultar obsoleta para los gestores de la cosa pública. Acaso, esta es la cuestión, esa obsolescencia se refiera al enfoque y al horizonte que sostuvo dicha tradición si es que, más allá de su enorme diversidad, cabe determinar un común punto de fuga. Ante la esbelta y saludable figura de la filosofía del futuro hará falta verdadera potencia filosófica acaso coexistiendo con la actitud heroica de un Diógenes de Sinope.

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