Límite

4 octubre, 2017 § Deja un comentario

A mis cincuenta años, y habiendo habitado su práctica totalidad en el seno de las instituciones educativas, puede decirse que he llegado a un límite. Nadie hoy escapa del trato continuo con el aparato educativo, empezando por el carácter obligatorio de la educación hasta los dieciséis años y con la necesidad de una llamada “formación continua” que ha de acompañar el desempeño de cualquier profesión. Cursos, cursillos, másteres y doctorados, grados y formaciones. Se habla de la “sociedad del conocimiento” y de generaciones magníficamente preparadas.

Nunca antes, como hoy, nos envolvió una tan densa y pesada atmósfera de ignorancia soberbia, un orgullo de especialista, una floración masiva de opiniones gratuitas que exigen un democrático respeto. El ruido de fondo multiplicado por redes sociales, medios de información inmediata, la sobreabundancia de estímulos sin substancia no sólo hace imposible la lectura lenta y el comentario matizado. No. Exige una comunión sin fisuras con tópicos reblandecidos y estólidos que piden su incesante reiteración. El viejo gusto por la controversia o la polémica se sustituye por la desagradable sucesión de opiniones invertebradas o se exige, en su lugar, la mecánica multiplicación de doctrinas de manual, pedagógicamente organizadas. Mis alumnos se mueven entre la bárbara ausencia de los convencionalismos más rudimentarios y la exigencia de un estricta sucesión de fórmulas programadas. Entre ambos extremos hay una afinidad de fondo, bajo la barbarie informada y la falta de cortesía se encuentra un mismo orden. Es la misma subjetividad democrática.

Son los estudiantes los que demandan una exposición doctrinal que puedan abrazar como verdad sin mácula. Estudiantes de ciencias sociales o de humanidades que ruegan la auténtica doctrina sobre la naturaleza humana, la indudable verdad sobre las formas de organización social, la única e incorruptible verdad sobre la estructura de la historia humana o sobre el origen de la palabra. Si se abre espacio a la discusión se despacha como contraste de subjetividades equivalentes, tiempo perdido, regañina infantil carente de valor formativo o se lanzan, por el contrario, a la explosión de opiniones en un lodazal de soberbias egolátricas. No hay polémica real entre la exposición doctrinal, indudable y  cerrada, y la barahúnda de expresivas simplezas mil veces reiteradas. No sé cuál de ambos tipos me resulta más indeseable. El demócrata radical que entrega opiniones con la voz acerada por la soberbia o el estudiante disciplinado que reproduce sin distancia la verdad formularia y cenicienta del autor de un manual.

La educación presupone una subjetividad ordenada. Ordenada fuera y antes del acceso a un aula. Ordenada significa paciente y cauta, capaz de suspender el juicio a la espera de una matizada exposición y dispuesta a un contraste en el que se arriesgan convicciones. Pero sobre todo humilde y confiada en que la voz del docente pudiera esconder alguna enseñanza. No puedo entregarme más a un oficio cuyo aprendizaje me ha llevado décadas y que se quiere hoy reducido al burocrático quehacer del animador cultural o del lector insensible de textos pedagógicos. Como nuevo profesor no valgo nada. Me permite sobrevivir la convicción de que esta barbarie no durará siempre, pero me angustia saber que yo no conoceré tiempos mejores.

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UNIDAD O UNIVERSALIDAD DE ESPAÑA

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LOBOS TRAS EL HURACÁN

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15 septiembre, 2017 § Deja un comentario

TOROS, ANIMALES E INDEPENDENCIAS

La Casa del Padre.

12 septiembre, 2017 § Deja un comentario

Qué libertad nos da la piedra que protege murallas infranqueables. Libertad del encierro firme, mundo acotado y pleno.  No es la bárbara seguridad. Es el confín próximo bajo la acogida venerable de la piedra indestructible.

Qué valor arrostrar entonces la intemperie, con el modelo inmarcesible del hogar siempre consciente en el alcance finito de las manos. Forzado por el carácter a erigir murallas, a poblar el vasto sinfín de focos humanos. Centros de unidad compleja, trabe que sostiene el mundo. Fijando umbrales, despojar el panorama de su  pánico.

No hay otro dolor que la ruina de las fronteras y los espacios, que la caída de los confines y de los marcos. El universo abierto aterrorizó a Pascal: “una horrorosa esfera infinita cuyo centro está en todas partes y el perímetro en ninguna”. Sólo la casa del Padre mantiene el orden habitable, el hospitalario mundo bien delimitado.

 

 

El Imparcial 06/09/17

6 septiembre, 2017 § Deja un comentario

MAMÁS SIN COMPASIÓN 

El Imparcial 31/08/2017

31 agosto, 2017 § Deja un comentario

DEMOCRACIA SENTIMENTAL